"Tienes que honrar a tus padres".
Estas palabras fueron pronunciadas con grueso acento extranjero por un rabino - un extraño diminuto, de piel verde oliva, con barba blanca, vestido con un traje negro y sombrero - en una cafetería casher en la Calle 47. Si yo tuviera que señalar un acontecimiento que dividiera mi vida en un antes y un después, aquellas seis palabras serían el punto decisivo.
Yo había conocido a este rabino diez minutos antes, mientras esperaba en la fila de una cabina telefónica afuera de la Biblioteca Pública de Nueva York. Algo sobre su aspecto (yo había visto fotografías en alguna parte sobre judíos religiosos - ¿tal vez en la revista National Geographic?) había hecho sonar vagamente una campana dentro de mí, y me di vuelta para preguntar, "Usted es judío, ¿no?".
Él miró fijamente, desconcertado, y me preguntó de vuelta "¿Tú, judía?".
Y ahora él me presentaba mi religión mientras comíamos una rebanada de pastel de semilla de amapola.
En la memoria, todo esto ocurrió hace aproximadamente mil años.
Si estos eran judíos, qué posible relación podrían tener ellos con alguien como yo, cuya infancia fue vivida en el marco de un barrio residencial refinado.
El restaurante estaba en un balcón dentro de la Bolsa de Comercio de Diamantes, y la Bolsa de Diamantes era el cuarto enorme en la planta baja, llena de hombres ocupados vestidos de negro y blanco, que se veían parecidos a él, y con estuches de joyería de cristal que brillaban bajo las luces brillantes, y mujeres conversadoras con joyas de plata y oro, probándose collares y anillos de diamantes. En casi dos décadas en la tierra, yo nunca había visto nada como eso. ¿Quiénes eran estas personas? Si ellos eran judíos, qué posible relación podrían tener ellos con alguien como yo, cuya infancia fue vivida en el marco de un barrio residencial refinado, dentro de clubes de campo refinados, y contemplando con desesperanza los villancicos cantados comunitariamente en el nevado parque municipal.
A través del tablero de la mesa de fórmica, el rabino estaba escribiendo laboriosamente algo en mayúsculas en una servilleta de papel (él no había tenido mucha práctica en la escritura del inglés, eso era obvio), articulando las palabras mientras las escribía. Él anunció que estas líneas eran lo que los judíos dicen en hebreo antes de comer varios alimentos. (¿Lo que dicen? ¿Te refieres a algo como agradecer?) Él ya había dicho que yo debería trasladarme al colegio en Nueva York, vivir con mis padres (¡usted debe estar bromeando!) y trabajar para mi padre en su oficina. (¡Ja! ¿Para mi padre? ¡¿Un trabajo de oficina?!)
"Sí. En los días, trabajar. En las noches, escuela nocturna. Está muy bien. Tu padre", dijo él, "estará muy feliz".
"Sí, pero yo--".
"Tu tienes que honrar a tus padres. Ven a nuestra casa para Shabat".
"¿¡Qué!?". Yo nunca había oído aquella palabra.
"Conocerás a mi esposa. Se harán amigas. ¿Ves a esas chicas?". Seguí su mirada hacia la derecha. En la barra estaban sentadas dos muchachas fastidiosamente bonitas de alrededor de mi misma edad, riéndose tontamente y chismorreando de la típica moda adolescente. Ellas estaban con manga larga, vestidos largos hasta la pantorrilla, su pelo lustroso tomado suavemente en colas de caballo. "Esas muchachas son Ortodoxas".
Algo en mí se aflojó con repugnancia, desprecio, desconcierto, y - sin saberlo - una envidia en la médula de mis huesos. Aquellas muchachas - ejemplos supuestamente, de mi propia gente - eran miembros con tarjeta en un universo tan extrañamente inescrutable para mí como China, un club tan prohibido para alguien como yo como... mi propia ciudad natal. ¡Quién se creen que son! ¡Santurronas! ¡Qué hizo que este hombre pensara que él podría hablarme con suficiencia - era ridículo, tales ideas pintorescas, pasadas de moda! ¡Yo debería levantarme e irme! ¡Levántate y ándate! Pero... de alguna manera... era interesante, ser bombardeado por toda esta materia del siglo 19 (y en algún nivel extraño, esto golpeaba una cuerda profundamente resonante, familiar y desconocida al mismo tiempo). ¡Trabajar para Papá - como si necesitara la aprobación de mi padre! - ese sería exactamente el sentido contrario de donde tendría que ir en la vida. Toda la idea era hacerse independiente. Eso era la cosa más importante – pensar por sí mismo. Mi completo modo de ver las cosas era totalmente diferente al de mis padres. ¡Ellos eran de mediana edad! Tuve que encontrar mi propio camino en la vida - hasta ellos estarían de acuerdo con esto.
Y de todos modos, ¿quién dijo que Papá me querría en su oficina?
¿Qué vestiría yo?
Él estaría avergonzado.
Y yo no podía mecanografiar sin mirar las teclas, o hacer la taquigrafía.
El rabino echó un vistazo nerviosamente a su reloj unas veces y señaló a la camarera por la cuenta. Entonces me tomé de un trago mi café y con una señal mental a mi dieta (no almorzaré) terminé el pastel. Él señaló la servilleta de la mesa en la cual había escrito y gesticuló para que yo la tomara. “Recuerda, bendice antes de comer. Será una bendición para ti".
Afuera, nuevamente en el calor ardiente, entre las muchedumbres de la hora de almuerzo en el centro de la ciudad de Manhattan, él se detuvo unos momentos en la acera para darme indicaciones hacia su casa en el Lado Este de la ciudad. El viernes por la noche, él me informó, su esposa encendería a las 7. Yo debería llegar allá un cuarto de hora antes.
¿Encender?
"Y ahora anda, dile a tu padre. Quizás comiences mañana".
Con pasos rápidos y decididos él se apresuró hacia la 47 y la 6ta, y por falta de algo mejor para hacer, yo caminé hacia la oficina de mi padre unas cuadras hacia arriba. Esperando en la esquina a que la luz cambiara, yo estaba de pie cerca del rabino (él no podía haber estado a más de 1.5 metros) cuya mente ahora estaba obviamente en otras cosas, mis ojos cruzaron la calle y se posaron en una abuela de tipo regordeta en la acera del frente. Mangas largas, cuello abrochado. Alguna clase de pequeño sombrero redondo encima de su cabeza. Con un pequeño parpadeo de satisfacción reconocí el traje entero - yo ya era una experta - e hice gestos en su dirección. ¿"Ella es Ortodoxa, también, verdad?".
"Sí", el rabino contestó bruscamente. Entonces, cuando la luz se puso verde: "Un día tu serás Ortodoxa".
¡"Ah!" Disparé atrás con una risa ácida. Las campanas de advertencia se volvieron locas. "¡Nunca!".
* * *
Entonces por $100 a la semana conseguí un trabajo en el Departamento de Anuncios Clasificados de la Revisión del Sábado, editada por mi padre, Norman Cousins, una posición que requería saber el ABC y como abrir y cerrar un archivador. Me inscribí en clases vespertinas para terminar mi carrera, me mudé a casa de mis padres, y pasé los fines de semana con ellos en casa en Connecticut.
Y una cosa asombrosa pasó: mi madre y padre estaban tan felices. Tan, tan felices. Yo nunca los había visto sentirse así.
Incluso más asombroso, yo estaba feliz. Contenta de hacerlos felices. No tuve que pensar la forma en como ocurrió, esta felicidad, sólo brotó por sí misma, como la hierba, o las flores silvestres.
Feliz como la lluvia, tan natural como la relación entre la tierra y el cielo.
Desde que yo era una niña pequeña en la escuela primaria no había sentido este tipo de felicidad, clara y simple, siendo mía, día tras día.
Desde que yo era un niña pequeña en la escuela primaria no había sentido este tipo de felicidad, clara y simple, siendo mía, día tras día. Y no se fue. De vez en cuando, yo me volteaba a ver lo que había dejado atrás, y allí, estirándome en la distancia, había un enorme y complicado laberinto gris, a la deriva en el pasado. Ahora me di cuenta que yo había estado vagando por allí por lo que parecían siglos. Hasta que un extraño diminuto había aparecido de la nada, señalando la salida y ordenándome: "¡Por allá!".
Yo podría haberlo ignorado - habría tenido sentido hacerlo; estuve muy cerca de ignorarlo. En cambio, me encontré en un paisaje, verde y montañoso, alimentado por corrientes de agua y luz de una era lejana. Como si yo hubiera entrado en un jardín que estaba justo fuera de mi puerta desde el principio, pero que yo no había visitado desde el inicio de los tiempos, y había notado entonces que mi nombre - en letras hebreas - había sido inscrito en la puerta.
Una puerta que se había abierto ante mí a otra dimensión... más grande que yo misma, enorme... algo así, y esta me pertenecía a mí. La reconocí.
* * *
Un ritmo diario se estableció. Durante las mañanas de días de semana, yo me despertaba temprano y me juntaba con mi padre para el desayuno en el hotel al frente de la calle, ordenábamos el café en vasos desechable y disfrutamos los dos huevos a la copa diarios de papá, dos rebanadas de pan de trigo entero. Yo comía casher ahora, una forma de abstención que encajó amablemente con mi dieta, y me hizo sentirme espiritualmente elevada entre los consumidores de tocino y salchichas de las mesas circundantes. Entonces tomábamos un taxi a la oficina. Como dos colegas.
Yo nunca había tenido tanto tiempo a solas con él.
Tampoco lo había visto alguna vez en el trabajo, tan de cerca. Era una revelación. Él trabajaba con tanto esfuerzo, yo nunca lo había notado. Allí él era responsable de sacar la revista cada semana, semana tras semana. Pero durante todo el día, la gente no dejaba de llamar a su puerta, quejándose, implorando, suplicando, exigiendo. Él era como un padre amable para su personal así como él era amable en casa. En una ocasión, el jefe de publicidad me dijo que en 30 años como el redactor de la revista Saturday Review, mi padre nunca había despedido a nadie. "Y créeme, él ha tenido situaciones problemáticas con el personal, pero tu padre – él no puede llegar a hacerle eso a nadie. ¿Sabías eso?".
Negué con mi cabeza dócilmente. Si mientras yo crecía, yo hubiera apartado la vista del profesional que era mi padre, abrigando un resentimiento nebuloso hacia toda aquella gente con quien fui obligada a compartirlo. No leí sus editoriales, o sus libros – esto era casi un punto de orgullo; un asunto de política personal. De algún modo yo no podía articular - y nunca había tratado de entender – parecía ser que ignorar su personalidad pública me ofrecía una especie de protección.
"Bien", continuó el jefe de publicidad, "deberías estar muy orgullosa. Le digo a él, 'Norm, deshazte de este payaso, él no vale la pena'. Y tu padre con sólo aquella mirada en sus ojos, como si estuviese pensando en su próxima editorial, cambia el tema. Tu padre es un príncipe".
Afortunadamente para mí, porque a pesar de que a estas alturas (aunque nadie me lo había dicho en la cara) la hija del jefe había estropeado algunos detalles cruciales de una columna de Clasificados, a la llegada a la oficina una mañana, descubrí que había sido promovida. Mi nuevo cargo, dos cubículos más arriba: Asistente para la Competencia Anual de Fotografía. Mi trabajo: numerar las inscripciones mientras llegaban y mantener una lista de los nombres y direcciones de los fotógrafos.
Finalmente, para mi permanente vergüenza, también fallé en este departamento, aún más excesivamente que en Clasificados. Considerando un desafío el mantenerme al ritmo de cientos de inscripciones, decidí una tarde llevar a unos cuantos cientos de ellas a casa conmigo en la bolsa de compras de la tienda Macy’s, y terminar de numerarlos en la mesa de comedor de mis padres. Llámenlo el Misterio de las Fotografías Perdidas, pero en algún sitio en el metro, entre la 52 y la 34, aquel bolso se me perdió.
* * *
Yo me daba cuenta que ellos esperaban el momento en que yo pasaría esta fase, tal como había pasado mi fase de meditación Zazen y la etapa de de canto japones Nam myo ho.
Mientras Mami y Papi probablemente se daban cuenta de que todos estos sucesos armoniosos (incluyendo la bolsa perdida) estaban relacionados con que yo me convertía en una persona religiosa observante, nuestro nuevo acuerdo no estaba libre de tensión. Nunca se rebajarían a decir tal cosa, pero yo me daba cuenta que ellos esperaban el momento en que yo pasaría esta fase, tal como había pasado mi fase de meditación Zazen, y la fase de meditación trascendental, y la etapa de canto japonés Nam myo ho, despojándome de las sucesivas disciplinas espirituales, una tras otra, como tantas quemaduras de sol descascaradas. Porque aunque había tomado la mitzvá de honrar a mi madre y a mi padre como parte integral – o para ser más exacta, como pilar central – de mi observancia de Torá, casi cada cosa que hacia religiosamente parecía perfectamente calibrada para preocuparlos y provocarles dolor.
Antes que nada, la vajilla. Recuerdo estar parada frente a la cocina en el apartamento rentado de mis padres en Manhattan, esperando que algunos de los cuchillos, cucharas y tenedores de mi madre hirvieran en su sartén de acero inoxidable. Había esperado una tarde en que ninguno de los dos fuera a llegar a casa, pero repentinamente me di cuenta de la presencia de alguien detrás de mí y me di vuelta.
“¡Oh!”, exclamé entusiasta. ¡No sabía que estabas aquí!”.
Mi madre estaba mirándome con ojos ligeramente estrechos; los labios separados como si fuera a hablar, pero no emitió ningún sonido.
Unos cuantos momentos pasaron.
“Sara…” dijo en voz baja. “¿Qué estás haciendo?”.
“¡Oh! ¡Sólo estoy casherizando algunos cubiertos! ¡Tan solo tengo que hervirlos!”.
“Así veo”. Ella todavía estaba mirándome a los ojos. Más silencio. Entonces: “¿Tú realmente crees que a Dios le importa?”.
La pregunta me atravesó.
Todo lo que sabia, en ese momento, era que a mí me importaba, por razones que todavía no podía articular. ¿Le importaba a Dios? ¿De verdad? La opinión de mi madre era obvia – ella, cuyas opiniones y gustos y creencias habían siempre sentado las bases para las mías.
¿Entonces cuál era la respuesta? Yo quería verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Cinco años después, le hubiera explicado que separar leche y carne es la forma que tiene la Torá de fomentar la ética y la compasión entre los seres humanos, basada en la prohibición de cocinar a un niño en la leche de su madre. Diez años y hubiera dicho, “Esta es la forma en que un ser humano puede conectarse con lo que es eterno e infinito, precisamente porque va más allá de la explicación racional”. Veinte años y sería: “Dios nos entrega mitzvot físicas como una forma de hacer que Su presencia sea una realidad en nuestras vidas”.
Treinta años, y sería: “Sí, Mami, a Dios le importa”.
Pero para entonces, ella ya no estaba.
Y estaban además los momentos de cuando ella cocinaba. Es solamente ahora, como madre de niños grandes, que puedo imaginarme cuan descorazonador, cuan irritante debe haber sido para ella cada vez que yo me negaba educadamente a participar de algo que ella había preparado. “No, gracias”, a su sopa de pollo con verduras de su jardín orgánico, y a su pan de hierbas casero que siempre me encantó, y a su ensalada de repollo.
“¿Quieres un poco de estos ejotes? No les puse nada, tan sólo un poco de mantequilla”.
“Lo siento Mami… yo…”
Y por sobre todo… Shabat.
Cuando llegaba la tarde del viernes y los tres nos subíamos al auto para el regreso a casa en Connecticut, ellos en el asiento delantero y yo atrás, hablando y hablando, cantando nuestras canciones familiares favoritas todo el camino hasta Nueva Canaán… era una alegría, era maravilloso.
Pero mis dos pequeños candelabros de imitación de plata que había comprado en un quiosco en la calle 72 - ¿donde podía prenderlos para asegurarme que no los apagarían o moverían sin querer? ¿Y porque tenía que hacer tanto escándalo por encender justo a tiempo? Me imaginaba que ellos estaban pensando, ¿Tú realmente piensas que a Dios le importa? Y destornillar la ampolleta del refrigerador, ¿Cómo podía hacer eso sin molestarla a ella? Y las luces que dejaba encendidas en la cocina y en el salón, las cuales alguien inevitablemente apagaría sin pensar. El pollo que traía del negocio Meal Mart de la calle 72, y el delicioso hígado picado, y el quiche de brócoli… quería compartirlo todo, ¡por supuesto! ¡Nada me habría dado más orgullo! Pero nueve de diez veces, alguien terminaría utilizando un cuchillo o un tenedor taref, y yo no podría comerlo, y ellos se angustiarían.
Los problemas aumentaron a medida que llegó el invierno. Cuando los viernes se hicieron más cortos y ellos partían hacia Connecticut demasiado cerca de la puesta de sol, yo me quedaba en la puerta y les decía adiós tristemente. “Pero Sara, ¡estarás sola!”. Recuerdo los ojos preocupados de mi padre. “¿No puedes venir? ¡Tú no estás manejando!”.
Lo siento tanto, Papi. Lo siento, Mami.
Y en realidad, me sentía como una judía errante, una judía en búsqueda, una judía en mi propio desierto personal – aquellos Shabat completamente sola, quedándome atrás en el apartamento arrendado en la Ciudad de Nueva York. Viernes por la noche y todo el sábado, con un recipiente de ensalada de repollo y pollo frío de Meal Mart para acompañarme, junto con el periódico The New York Times… Sin poder utilizar el ascensor hacia arriba o hacia abajo nueve pisos… Considerada una persona rara por los empleados por quedarme una vez más atrapada detrás de una puerta de seguridad…
Señorita, lleve la llave con usted, me aconsejaba el recepcionista.
Es que verá, no puedo cargarla afuera…
¡Oh, todas las miradas extrañas, y tiempos solitarios!
Pero una fría y lluviosa tarde de viernes, mientras mis dos velas ya estaban parpadeando en la ventana y mis padres estaban por irse, mi padre repentinamente se detuvo en la puerta. “¡Ellen, casi me olvido! ¿Dónde está el collar?”.
“¡Aquí está!”. Ella lo sacó de su cartera.
Era de una joyería, y cuando levanté la tapa de la pequeña cajita, ahí estaba, enfrente de mí… una estrella de David.
* * *
No había yeshivot para judíos que volvían a su religión en esos días, al menos no que yo conociera. Yo me las arreglé con un libro grande y negro que encontré en una tienda de libros por ahí, con la palabra “JUDAISMO” en el lomo en letras mate de color dorado, por Meir Meiseles.
Recuerdo sentarme sola en mi escritorio en el Departamento de Avisos Clasificados (oh, discúlpenme, en el Departamento del Concurso Anual de Fotografía) con mi yogurt Dannon o mi sándwich de atún… y recuerdo como solía apoyar mi viejo libro negro contra la máquina de escribir marca Selectric para leer durante la hora de almuerzo, cuando todos los demás empleados ya se habían ido alegremente al restaurante más cercano. Y yo leía:
Honra a tu padre y a tu madre, que tus días serán prolongados sobre la tierra que el Señor tu Dios te ha otorgado.
Éxodo, 20:12
Deberá temer, todo hombre, a su madre y a su padre, y mis Shabatot respetarás; Yo soy el Señor tu Dios.
Levítico, 19:3
¿Cómo podía ser que el deseo de mi corazón, por sobre todo, era hacer dos cosas que Dios quería – honrar a mis padres y observar el Shabat – pero ambas parecían ser mutuamente excluyentes?
¿Cómo podía ser que el deseo de mi corazón, por sobre todo, era hacer dos cosas que Dios quería, pero ambas parecían ser mutuamente excluyentes?
Estos eran los años 70, cuando hacer felices a tus padres no estaba en la agenda de la Nueva Era de nadie. Ser un adulto con auto-respeto significaba convertirte en un hombre independiente, digo, mujer. Tenías que estar orgullosa de ser mujer, y no actuar de manera servil. Las mujeres no querían ser hombres, por supuesto, ellas solamente querían tener el mismo sueldo, y ser respetadas como hombres, y llevar faldas mini y trajes de pantalón. Y no estar encargadas de lavar los platos y la ropa.
Los Sabios, escribió el Rab Meiseles, enseñaron que cuando un hombre honra a sus padres es como si hubiera traído la Presencia Divina a morar con ellos y honrara a Dios mismo. Pero cuando un hombre hace sufrir a sus padres, Dios retira Su presencia de entre ellos para no resultar, por así decirlo, herido también.
* * *
Yo había estado trabajando en la oficina unos seis meses cuando mi padre fue demandado. Una escritora veterana del equipo había fallecido recientemente, y había estipulado en su testamento que lo que quedara de su pensión fuera regresado a la compañía. Ahora su hijo estaba alegando que su anciana madre había sido presionada para renunciar a lo que le correspondía, privándolo así de su legítima herencia.
Mi madre me comentó – para su desagrado y para el mío también – que Papá no quería desafiar el alegato de este hombre. Ella mantenía lo contrario, a pesar del hecho de que en la opinión jurídica del abogado de la revista Saturday Review, los cargos infundados serían refutados con rapidez en la corte con el testimonio de mi padre, y la revista prevalecería.
En el día de la audiencia, camino hacia el centro de la ciudad en un taxi, Mamá y yo aún estábamos tratando de cambiar la opinión de Papá mientras atravesábamos el tráfico del centro. Él solamente escuchaba pensativo, sin cambiar de opinión, y al llegar a la corte, fue convocado a un lado por el abogado para consultas de último minuto. Así que Mamá y yo, impresionadas por este mundo injusto, fuimos a buscar asientos en la parte delantera, gruñendo.
Los procedimientos de la corte todavía tenían que ponerse en marcha cuando un hombre alto y desgarbado de unos 40 años, se deslizó hacia la fila delante de nosotras, y cubriendo con su brazo el asiento vacío a su derecha, se dio vuelta con una sonrisa amistosa. “Hola Eleanor”, saludó a mi madre con simpatía. “¿Cómo estás?”.
La postura de mi madre se endureció. “¡Muy bien!”, respondió ella.
“¿Y la familia? ¿Todos bien?”.
Sentí a mi madre erizándose, y desde el costado podía ver su mirada de ojos verdes eléctrica. ¡Me di cuenta de que este debía ser el tipo que estaba demandando a Papi! El procedió a conversar sobre esto y aquello, pero Mami – su cara es incapaz de esconder sus sentimientos como un libro abierto – se sentó ahí en ahogado silencio.
“Tú sabes, mi madre… ella no era una mujer fácil”, dijo él, como reconociendo el tema tabú del lugar. “Incluso antes de estar enferma”.
Mamá emitió cierto gruñido.
“Así que es… tú sabes, una situación difícil, para todos. Sin resentimientos, espero. Ella mantuvo a Bob, mi hermano, informado de lo que estaba ocurriendo, pero… yo, tú sabes, yo estoy en la Costa Oeste, y… tú sabes como es a veces con la familia. Ella y yo estábamos separados”. Hubo una larga pausa. “Ella me odiaba”.
De reojo, vi la boca de mi madre abrirse.
“Ella era tan apegada a la revista. Siempre decía, esas personas son como familia. Ellos vienen de visita, hacen esto, hacen lo otro. Y a ella le gustaba ese Dr. Shriff o Shiffman, que Norman consiguió, el oncólogo. No me malentiendas. Apreciamos todo lo que Norman hizo por ella… lo que todos ustedes hicieron por ella. De verdad. Pero… es mi dinero. Era mi dinero, hasta que… ocurrió esto”.
Con un brazo aún cubriendo de forma casual el respaldo de la banca de la corte, el tenía una extraña y titubeante media sonrisa, y estaba suplicando con sus ojos. “Tengo que conseguir algo de vuelta, Eleanor. Esta era mi única opción. Siento que haya tenido que ser así, pero… estoy…” Su voz se fue apagando.
Por alguna razón recuerdo la imagen de sus largos, pálidos y nerviosos dedos curvados con indecisión en el respaldo del banco de madera, saliendo del puño de su chaqueta azul marino. Pero no puedo recordar cómo siguió la conversación después de eso, solamente recuerdo que él se cambió de asiento, luego mi madre se puso de pie rápidamente y yo corrí detrás de ella. Nos dirigimos rápidamente hacia donde Papá y su abogado estaban reunidos.
El maletín abierto del abogado, lleno de papeles, estaba apoyado sobre sus piernas.
“¡Norman!”, exclamó mi madre, sus manos apretadas sobre su corazón. “¡Paul! No vas a creer lo que (por supuesto que voy a censurar el nombre aquí) nos dijo recién”. Ella procedió a repetirlo todo, y luego miró al abogado. “¡Esa es la prueba que necesitamos!”.
Mi padre se sentó ahí, sin responder como yo consideraba apropiado. “¡Papi!” Me metí yo. “¡Eso prueba que está mintiendo!”.
Él continuó sentado sin hablar.
“Por favor Norman”, suplicó mi madre, a lo cual él respondió calmadamente: “No puedes hacer eso”.
“¡A qué te refieres!” Demandé yo, presintiendo lo que venía. “¿No puedes hacer qué?”.
“Hacer público algo como eso. No puedes repetir algo como eso, que un hombre te dice acerca de su madre”. Mi padre dio un leve y decisivo movimiento de cabeza, no.
No era un juicio con jurado. Primero habló un abogado, luego el otro. El juez se puso de pie; se retiró a su recamara; salió un cuarto de hora después; ordenó que el demandante y el acusado se pusieran de pie frente a él. Y entonces…
En mi mente, veo la imagen de mi padre, esperando el veredicto en esos momentos: él se paró derecho, con su mandíbula levemente levantada, las manos juntas en la espalda, con a decir verdad, una expresión serena y alegre en su cara de serenidad por opción consiente. Y veo la expresión de Papi mientras el juez dio su veredicto: la imparcialidad sólida como roca adecuada para un hombre que ha emergido victorioso de un alegato legal engañoso.
A pesar de que en realidad, la compañía de mi padre había sido ordenada a pagar al demandante $25,000 dólares.
Recuerdo el cordial movimiento de cabeza de mi padre al juez, sin quejarse, antes de voltearse para salir, y su cortés sonrisa mientras decía, “Gracias su señoría”.
El verdadero amor requiere una completa identificación con el compañero, había leído en mi escritorio un día en el departamento de Concurso Fotográfico, mientras comía mi sándwich de atún, con el gran libro negro abierto ante mí, un completo entendimiento de sus necesidades y dificultades. Aquel que se beneficia del deshonor de su amigo pierde su derecho en el futuro. Como Rav Moshé Ben Maimón, el Rambam, comentó, el amor hacia el compañero significa ser tan cuidadoso con su honor y dinero como si fueran el propio. Nos enseña que ningún precio es demasiado alto para proteger a un hombre de la vergüenza.
Después, en nuestro camino de regreso a la oficina, los tres veníamos sin hablar en el asiento trasero de un taxi, cuando mi madre se acercó y besó a mi padre en la mejilla. “Tenias razón Norman”.
Él le tomó la mano.
* * *
Los años pasaron. Mis padres se pusieron más viejos. Y así, por supuesto, también yo.
Me mudé a Israel, me casé, tuve hijos, y la conversación con mis padres acerca del judaísmo continuó. Tuvimos enojadas discusiones sobre la evolución, y sobre el Pueblo Elegido; desacuerdos sobre las raíces del antisemitismo, conflictos sobre el tema de los ritos y la superstición. Pero nuestro dialogo continuó, nuestro amor creció, y nuestro respeto mutuo se hizo más profundo. Y un día en 1988, recibí una carta:
Querida Sara,
En el curso de ocuparme de asuntos en conexión con mi testamento, ha surgido un asunto que me siento obligado a compartir contigo. No quiero que pienses que algo está pendiente o que tengo presentimientos, es simplemente prudente tomar los pasos necesarios para evitar la mayor cantidad de confusión y malentendido posible.
Luego mi padre me informó que está planificando ser cremado, y me dijo lo que tenia intención de hacer con sus cenizas:
Me gustaría – dada las preocupaciones que han dominado mi trabajo los últimos treinta o cuarenta años – que mis cenizas fueran diseminadas sobre Hiroshima.
La razón para esto es que mi padre había estado profundamente involucrado, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en proveer ayuda a sobrevivientes de la Bomba de Hiroshima.
Me doy cuenta que pueden haber cosas sensibles para ti en este punto, pero espero que concuerdes que, dada mi inclinación filosófica, esta es una elección apropiada y aceptable.
Tus sentimientos y respuestas me importan más que lo que quizás he podido alguna vez expresar. No quiero hacer este tipo de decisión sin discutirlo contigo. Me importa mucho saber que cuento con tu apoyo y comprensión.
Con amor, Papi
Llamé a Rav Noaj Weinberg para pedirle consejo. “¿Cómo debo responder?” Supliqué. “¿Que puedo decir?”.
El Rav Weinberg preguntó: “¿Querría tu padre herirte?
“Nunca”.
“Dile que si él hace esto, te dolería, y tú sabes que él no querría hacer eso”.
Mi respuesta fue la siguiente:
Querido Papi:
Que me preguntes acerca de esto antes es un regalo por el cual no puedo agradecerte adecuadamente.
Solamente tengo que decir que pienso que espolvorear tus cenizas sobre Hiroshima es una idea terrible y si mi voto tiene poder de veto, yo voto NO. Renunciar tan frecuentemente a tu presencia durante mi infancia por las personas de Hiroshima puede ser que haya sido mi principal contribución a la paz mundial, pero entregarles a ellos tus restos físicos también, es totalmente impensable. Una niña debe ciertamente aprender a compartir sus juguetes pero no veo razón por la que deba compartir el cuerpo de su padre.
Más al punto: la cremación está prohibida para el judaísmo. Aunque años atrás pudiera haber descartado la tradición como sin sentido, ahora diría: Incluso si esto es solamente una tradición, vamos, únete al club. Cuando nuestro tiempo llegue, unámonos a la prospera y creciente comunidad de los felizmente muertos a lo largo de la historia, cuyos cuerpos han agraciado cementerios judíos desde tiempos inmemorables, desde la antigua Egipto hasta Levittown, hasta nuestros propios y familiares suelos en New Jersey. El cementero Judío Mt. Lebanon puede que no sea mi idea del mejor lugar para pasar la eternidad, pero vayamos de polvo a polvo, no de polvo a cenizas. Y si en realidad – inescrutable para nosotros los mortales – existe una relación espiritual entre el alma y el cuerpo, la cual es promovida por la transformación gradual de nuestros cuerpos en el cuerpo mayor de la Madre Tierra, como recomienda la Torá, no nos perdamos la oportunidad.
Yo quisiera un lugar para ir a visitarte, para hablar contigo, y me dolería no tenerlo, y estaría tan triste si mis hijos no lo tuvieran. Por favor no me prives de esto. Es probablemente uno de los instintos humanos más básicos.
Habiendo dicho todo lo anterior, no puedo aceptar nada menos que Mami y tú juntos vean a mis hijos crecer, y verme a mí personalmente llegar a la madurez y más allá, y – quizás, quien sabe – incluso a la senilidad. Te suplico por favor, Papi, usa esa tan conocida voluntad tuya para vivir para satisfacer mi extrema necesidad de tu presencia.
Me disculpo más de lo que puedo decir por estar poniendo un obstáculo para ti y dificultarte el llevar a cabo lo que crees. Por favor perdóname.
Con amor, Sara
Su respuesta llego unos cuantos días después, por correo expreso.
Querida Sara Kit,
Por favor quédate tranquila. Voy a cambiar mi testamento y todo está bien.
Con amor, Papi
* * *
A finales de agosto de 1990, tres meses antes de la muerte inesperada de mi padre de un ataque al corazón, mis padres y yo estábamos un sábado por la noche en Jerusalem buscando un lugar agradable para cenar. Pero Shabat termina tarde en el verano, y todos los establecimientos casher aún estaban cerrados. En la compañía de varios pequeños nietos cansados y malhumorados, estábamos conduciendo de un lugar a otro, mi madre y padre poniéndose visiblemente cansados de estas correrías nocturnas alrededor de la Ciudad Santa, cuando finalmente, desde la ventana trasera de su auto arrendado, divisé lo que parecía ser un lugar casher de bagels. Todos nos alegramos, mi padre encontró un estacionamiento, y nos fuimos, los niños saltando felizmente delante de nosotros.
Al llegar al restaurante, sin embargo, una inspección más cercana indicó que no era lo que estábamos buscando.
“Pero Sara”, imploró mi padre, perplejo. “Dice casher”.
“Lo siento Papi. No es casher. Es estilo-casher”. De vuelta nos metimos todos en el auto.
Partiendo de nuevo, repentinamente caí en cuenta que el Hotel Milton tiene un restaurante lácteo, un nivel más abajo que el vestíbulo, que seguramente estaría abierto ahora.
“Estoy alegre de que estés llevando una vida religiosa”, dijo él. Sentí como se abría mi boca. “¿Lo estás?”
Media hora después en el ascensor del hotel, habiendo tocado en vano las puertas cerradas de la oscura Cafeteria Kumsit, nos íbamos elevando por las entrañas del Milton cuando noté la cara pálida de mi padre y me sentí terrible. Sus ojos se encontraron con los míos.
“Estoy alegre de que estés llevando una vida religiosa”, dijo él.
Sentí como se abría mi boca. “¿Lo estás?”
“Si”, dijo él con ese pequeño movimiento de cabeza suyo, de certeza. “Es consistente con mis valores”.
Mi madre lo miró a él y luego a mí.
Ese fue el final de eso, y ya que esa fue la última vez que lo vi, no hubo oportunidad de discutir el tema nuevamente. Pero años después cuando mi madre y yo lo hablamos, ambas pensamos que Papi había visto como incluso sus nietos estaban dispuestos a pasar incomodidad física y emocional por el bien de un ideal, y que esto no era diferente a lo que el había buscado hacer en su propia vida.
Para mi, honrar a mis padres – una idea que para mí como niña había parecido tan curiosamente antigua – fue el punto por el cual tenía que pasar. Fue suficiente por si mismo para transformar mi mundo, y me sirvió desde entonces como el inamovible centro de un benevolente, e indescriptiblemente bello universo. De la oscuridad a la luz, ese punto fue mi Estrella Polar, y me guió de regreso a casa, y a Dios.








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