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Entendiendo el matrimonio

Entendiendo el matrimonio

Si una persona no tiene en claro por qué se debe casar, pues tampoco tendrá impedimento en disolver el matrimonio que la unió a otra sin una razón importante.

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En una conversación que tuve hace un tiempo con una alumna (que ya no era tan niña), le pregunté acerca de sus planes para el futuro.

Me contestó que al terminar la escuela secundaria, quería cursar una carrera, encontrar trabajo, luego de lo cual buscaría una pareja con “la cual se sintiera cómoda” y con quien podría llegar a casarse.

Cuando le pregunté por qué se casaría, pensó y contestó: “Porque todos lo hacen”.

Bueno, ¡no diría que me sorprendí!

Son muchas las personas que no se cuestionan acerca de por qué se casan. Saben efectivamente que se aman y que quieren formar una familia, pero no se preguntan por qué es necesario formalizar el vínculo entre ellos mediante una alianza (una Jupá). Es más, son a su vez muchos los que no ven necesidad alguna en establecer legalmente una pareja fija, siendo que la sociedad y la legalidad nacional aceptan hoy a los que viven juntos como un hecho natural moralmente aceptable.

Si una persona no tiene en claro por qué se debe casar, pues tampoco tendrá impedimento en disolver el matrimonio que la unió a otra sin una razón importante.

No obstante, si una persona no tiene en claro por qué se debe casar desde un principio, pues tampoco tendrá impedimento en disolver el matrimonio que la unió a otra persona sin una razón importante, porque en este caso también podrá afirmar que “todos lo hacen”, y al afirmarlo, no estaría tan lejos de la realidad (en los países “civilizados”).

Al mismo tiempo, la elección de la pareja no parece tener criterios claros.

En la mayoría de los casos, la gente se casa “porque se ama” creyendo (o declarando) que ese amor los mantendrá unidos por el resto de sus vidas, cuando en realidad no necesitan mirar muy lejos para ver que ese argumento no se sostiene en casi ninguna pareja.

Si desean ser aún más sinceros, verán que muchos de quienes dijeron amarse profundamente en algún momento de su vida, terminan odiándose con aquella misma pasión que se reserva únicamente para ex-esposos y se cometen mutuamente más daño que sus peores enemigos.

Dado que las cosas son así, y más allá del hecho que la Torá (Dvarim 24:1) permita el divorcio en ciertas circunstancias en las cuales no queda otro recurso, sería importante tomar conciencia de qué es lo que significa el matrimonio y, por qué la Torá insiste tanto al respecto.

Parshat Jaié Sará trata los temas del fallecimiento de Sará, la matriarca, de la búsqueda de una esposa adecuada para su hijo Itzjak y del posterior enlace entre Itzjak con Rivká. (Bereshit Cap. 23, 24)

A muchos nos puede parecer extraño que Itzjak no pudiera buscar novia por su propia cuenta. Los Sabios (Midrash Bereshit Rabá 64:3) nos explican que Itzjak no debía abandonar la tierra de Israel por ciertas razones espirituales, mientras que, por otro lado, las mujeres locales, que habitaban en Canaan (el nombre previo de Israel) no eran aptas para Itzjak.

Siendo esta la situación, Avraham encargó a su sirviente pidiéndole que vaya a Aram a buscar una muchacha que tuviera las características adecuadas. Pero... ¿cuáles características?

El sirviente viajó hasta Aram. Cuando llegó definió su estrategia de la siguiente manera: después de dirigirse al aljibe de la ciudad, le pediría a una doncella que le sirva agua. Si ésta respondiera que le serviría no solamente a él, sino incluso a los diez camellos que lo acompañaban (y los camellos toman mucho agua cuando tienen sed), entonces sabría que aquella era la muchacha adecuada.

¿Cómo sabía el sirviente que, por el hecho de servir agua, se trataba de “la prometida” de Itzjak? Muchos Sabios coinciden en entender aquí que el sirviente de Avraham buscó una muchacha que tuviera las cualidades de generosidad y abnegación que caracterizaban a la casa de Avraham. Todos los otros rasgos, aparecen y desaparecen con el tiempo. La generosidad es una cualidad rara de encontrar y, aun más, difícil de incorporar cuando no se aprendió y se adiestró desde la niñez.

Cuando uno sigue la lectura de la Parshá, se encuentra con que “Itzjak trajo a Rivká a la tienda de Sará su madre, se casó con ella y la amó...”. (Bereshit 24:67)

Así que lo de Itzjak y Rivká no fue “amor a primera vista” ni “estar enamorado” como lo entendemos hoy. No obstante, “y la amó” (es decir, que, a medida que estuvo casado con Rivká, la fue queriendo cada vez más).

¿Qué diferencia existe entre “estar enamorado” y “amar” a otra persona?

Estar enamorado, es una pasión que domina los sentimientos de la persona. Dios puso en nosotros la atracción física natural entre los hombres y las mujeres así como lo hizo con el resto del mundo animal. Esa pasión o infatuación es pasajera en todos los casos y no sostiene a la pareja a través del tiempo y de las dificultades.

Amar no es algo natural, sino que requiere una fuerza de voluntad para privilegiar los intereses del otro antes que los propios.

“Amar” por otro lado es el sentimiento altruista generado por el intelecto y el deseo de hacer el bien, que lleva a la acción de entrega desinteresada. Amar no es algo natural, sino que requiere una fuerza de voluntad para privilegiar los intereses del otro antes que los propios. Este amor genuino une a las personas y, aun más, al matrimonio.

Bajo la Jupá, los novios se comprometen a brindarse mutuamente en toda circunstancia imprevisible hasta el momento. En la medida que ambos cónyuges repiten su preocupación por el bienestar del otro miles de veces a través de la vida se van uniendo cada vez más.

Para aquellos que se aman auténticamente los problemas económicos —como así también todas las circunstancias de adversidad— presentan nuevas oportunidades para hacer uno el bien por el otro y apoyarse mutuamente.

El repetido argumento que “las parejas se separan por problemas económicos” es una falacia de una sociedad que mide todo con el ojo del egoísmo que la caracteriza en este “postmodernismo” occidental.

Gran parte de la dificultad en mantener unido el matrimonio radica, entonces, en que crecemos creyendo que la vida “normal” debiera ser siempre placentera sin interrupciones en el goce perfecto, ni momentos ingratos. No estamos aprendiendo a vivir con frustraciones y fracasos. A nuestros ojos, la culpa de todo lo que no nos agrada la tienen siempre los demás, porque nosotros somos perfectos.

Incluso encontrando la otra “media naranja” se requiere una dosis continua de esfuerzo para mantenerse unidos.

La publicidad omnipresente de bienes que son inalcanzables para nuestro presupuesto y para nuestro corazón insaciable, alimentan continuamente nuestra insatisfacción en el ámbito material. Con esta mentalidad hedonista, es muy difícil que dos personas se sostengan, aun cuando fuesen fieles observantes de otros aspectos de la Torá, más aun, si no lo son. Podemos entender, entonces, qué significa que el amor entre Itzjak y Rivká fue aumentando a lo largo de sus vidas. Encontrar una persona con ideales afines a los que profesa uno mismo, con una escala de valores análoga, con proyectos de vida correspondientes, etc. no es fácil. Sin embargo, aún encontrando la otra “media naranja”, por más compatibles que fuesen espiritualmente, requerirán una dosis continua de esfuerzo para mantenerse unidos.

No obstante y volviendo a lo anterior, nos queda la pregunta del porqué de la formalidad y obligación de fidelidad del casamiento.

Parte de la respuesta está en que cuando Dios creó al ser humano (a diferencia del resto del reino animal, del cual creó a priori muchos machos y hembras) dice el versículo que creó un “ser” inicial que luego dividió en dos, para que, en adelante, se volviera a unir (cuando una pareja contrae enlace) y “vehaiú le’basar ejad” (Bereshit 2:24), se convirtiera en una carne. Esto no se refiere a la unión física de los géneros para procrear, que no difiere de los animales. Respecto a los seres humanos, Dios los creó de “una pieza” para que mantuvieran una relación de mutua comprensión en la medida que se casaran y crecieran juntos.

La necesidad de casarse es, no solo para la crianza de los niños quienes necesitan de la presencia y del cuidado de ambos padres para crecer mentalmente sanos (en el caso del judaísmo, es aun más importante, dado que nuestra conexión con Sinaí corre por vía de nuestros padres que nos la transmitieron), sino, incluso, para el propio desarrollo moral íntegro de cada hombre y mujer, que no se llaman “tov” (completos) hasta el momento de contraer matrimonio.

No es de sorprenderse entonces, que de este mismo versículo se aprendiera en el Talmud Bavlí, (Sanhedrín 57) acerca de la prohibición universal del incesto, adulterio, homosexualidad y cualquier otra aberración sexual. La particularidad en la manera de cómo fueron creados los seres humanos habla de su misión espiritual ineludible que pasa por el matrimonio.

Habiendo enunciado todo esto, nos queda la preocupación de transmitir a nuestros hijos los recursos para que el día de mañana puedan establecer hogares con armonía. Depende mucho de nuestro estilo de vida, el conseguir que nuestros hijos puedan permanecer exentos de las influencias individualistas en boga, y seguir la tradición de construir un “Bait ne’eman be’Israel”.

En el caso de nuestro patriarca Avraham, pudo expresar tras el fallecimiento de su esposa Sará, que habían sido “kulam shavim letová” (todos parejos para bien, Bereshit 23:1 Rash”í). A pesar de todos los momentos difíciles (las mudanzas de un país al otro, el hambre, la guerra, Sará fue estéril y también raptada dos veces, los problemas con la sierva, los vecinos de Sdom y Lot, etc.), Sará mantuvo su tranquilidad. A su vez, cuando Itzjak encontró esta misma virtud en Rivká, “quedó consolado tras la muerte de su madre”. Si lo logramos emular, entonces alcanzaremos el verdadero Najat (satisfacción) al que debiera aspirar todo padre judío.


Extracto del libro Tovim Hashnaim, de Rav Daniel Oppenheimer

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