El Talmud tiene un hermoso relato de Eliazar Bendura, un comerciante que siempre llevo una vida llena de superficialidades y sin sentido cuando se ve confrontado a cambiar, corre a culpar a todos lo que le rodean, pone pretextos y justificaciones por sus bajas acciones y al ver que no obtiene resultados llora con todo su corazón, hasta el punto que su alma sale de su cuerpo. Finalmente deja la autocompasión y llora con un sincero y profundo arrepentimiento. Así obtuvo su lugar en el mundo venidero.

Los compañeros de escuela de mi hijo son una mala influencia

Es más fácil y cómodo culpar a otros que admitir los errores y las acciones propias que están equivocadas; ni hablar cuando se trata de nuestros hijos, ellos son buenos, inteligentes y si hacen mal es solo porque otro lo forzó, nuestros hijos son especiales. Generalmente cuando vemos a un niño llorar o lastimado, nuestro primer instinto es buscar siempre un malhechor, encontrar una causa injustificada, pensar en alguien, otro, que no es nuestro hijo, es el mal portado, agresivo pegón y molesto o alguien que alborota a todos los estudiantes, nuestros hijos son bien portados y jamás hacen daño.

Puede ser, ¿por qué no? Pero a decir verdad, también puede ser posible que ni todos los otros sean tan malos, ni solo los nuestros sean tan buenitos. No juzgar, tener compasión y prudencia, ser respetuoso no solo son ingredientes para poder ser una buena persona, son valores esenciales que todo padre debe de enseñarle a sus hijos para que puedan sobrevivir y desarrollarse en el mundo de hoy.

La Receta

Concentrándose en uno mismo más que en los demás.

Ingredientes:

  • 2 tazas de humildad
  • 1 taza de reconocimiento
  • 1 cucharada de buena actitud y ojo benévolo
  • 2 rebanadas pequeñas de introspección
  • 3 gotas de valor para aceptar los propios errores

Condimentos:

Perspectiva, realismo y flexibilidad

Recomendación del chef:

Concéntrate en encontrar y trabajar en tus propias fallas antes de buscar la de los demás.

Modo de preparación:

    1. Aceptar los propios errores conduce a mejorarlos y por lo tanto a crecer. Estar al pendiente de lo que hacen los demás, buscar errores y criticar constantemente solo crea enemigos, alimenta la soberbia y evita concentrarse en uno mismo lo que conduce a perder oportunidades para desarrollarse.

    2. Cada persona es valiosa y tiene algo bueno que aportar. Cuando uno se concentra en los atributos y cualidades propias y de los demás, crea un mundo positivo, ligero y tranquilo. El que busca lo bueno lo encuentra, sin embargo el que espera hallar lo negativo también lo obtiene. Desafortunadamente, esto último se contagia y se perpetúa.

3. Los mensajes son más importantes que los eventos que se desarrollan. Quizá hay actitudes inadecuadas y molestas que pueden causar incomodidad o malestar, sin embargo cuando uno se puede concentrar en el mensaje (respeto, amistad, cooperación, armonía) la fuerza del malestar se diluye y se disminuye.

“Aquellos que siempre se lavan las manos, echándoles la culpa a los demás, solo engrandecen su egoísmo y pierden las mejores oportunidades para hacer los cambios necesarios para mejorar su vida.”

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