Ese viernes el clima era esa singular combinación israelí de aire fresco de invierno y sol tibio. Mi hija y yo nos maravillamos por lo rápido que habíamos terminado de cocinar para Shabat. Pero la paz se interrumpió repentinamente cuando mi hijo irrumpió por la puerta principal y exclamó frenéticamente: “¡Iehudá se cayó!”

Algo en la urgencia de su voz nos impulsó a mi esposo y a mí a bajar a máxima velocidad los cuatro pisos de escaleras del edificio.

Durante meses, mis hijos estuvieron construyendo con sus amigos una casa de juegos arriba de un cobertizo con techo plano que hay junto a nuestro edificio. Corrimos hacia allí y encontramos a nuestro hijo de siete años tirado boca abajo en los fríos escalones de piedra junto al cobertizo, su cabeza hacia la parte baja de la escalera y de allí brotaba un rio de sangre que fluía hacia el empedrado.

Aparentemente Iehudá perdió el equilibrio y cayó de espaldas de una altura de dos metros y medio, aterrizando de cabeza sobre las implacables escaleras de piedra. En ese momento uno de nuestros vecinos salió a tirar la basura y llamó de inmediato al servicio de emergencias. Cuando nosotros llegamos a la escena, un médico voluntario ya estaba evaluando la condición de Iehudá y había una ambulancia en camino.

Me quedé allí parada, impotente. Iehudá estaba a mis pies, silencioso e inmóvil. Con mi entrenamiento en primeros auxilios, entendí que si sobrevivía no había garantía de que volviera a caminar, o que fuera capaz de pensar normalmente. Mientras lo observaba, con un nudo en la garganta, pensé lo siguiente.

Iehudá. El nombre “Iehudá” deriva de “hodaá” la palabra en hebreo que significa agradecimiento. En el brit milá de Iehudá, mi esposo dijo que el nombre “Iehudá” tiene el propósito de ser un recordatorio constante de agradecerle a Dios por los miles de regalos que Él generosamente nos dio, y en especial por el regalo de ese precioso hijo. Incluso cuando nos despierte en medio de la noche (¡de nuevo!). Incluso cuando le digamos por la tercera (¡o vigésima!) vez que se ponga el pijama. Incluso cuando lo encontremos rayando las paredes (¡con plumón permanente!). Incluso entonces debemos mantener nuestro foco en la apreciación por nuestro maravilloso hijo.

¿Viví de acuerdo con este mandato?, me pregunté. En ese momento fui sumamente honesta. No, admití con vergüenza. A menudo caí en la trampa de anhelar las cosas que siento que me faltan en vez de enfocarme en mis innumerables bendiciones.

Por favor, Dios, rogué sin palabras. Devuelve a Iehudá una salud completa y yo haré el máximo esfuerzo por agradecerte siempre. Por Iehudá y por todas las muchas bendiciones que me has dado.

Justo en ese momento, mi hijo empezó a llorar. ¡Estaba consciente! Unos segundos después, mientras el médico esperaba que le trajeran un soporte ortopédico para inmovilizar su cuello, Iehudá giró la cabeza hacia el otro lado y luego, asombrosamente, se sentó.

Iehudá pasó ese Shabat en el hospital con mi esposo a su lado y milagrosamente la lesión más grave que tuvo fue un gran tajo en la cabeza que requirió puntos. Unos pocos días más tarde regresó a la escuela y el Shabat siguiente celebramos con una fiesta de bendiciones para los niños del barrio, para dar gracias, hodaá, a Dios por nuestro milagro.

Después... la vida continuó. Enseguida después del accidente yo sólo tenía que mirar la cabeza de Iehudá para recordar: “Tengo a Iehudá, sano y completo. ¿Cómo podría querer algo más?” Sin embargo sabía que para que esta inspiración echara raíces, tenía que nutrir cuidadosamente los nuevos y tiernos brotes de gratitud que acababan de ser plantados.

A Iehudá le sacaron los puntos... y mi mente comenzó a regresar a sus habituales patrones de pensamiento, enfocándose en mis problemas, fantaseando por cosas que me gustaría tener. Pero hice un esfuerzo consciente por mirar hacia abajo y ver las manchas de sangre aún discernibles entre las piedras para recordar canalizar mis pensamientos hacia direcciones más positivas, más honestas.

Pasaron semanas y luego meses. El sol y la lluvia destiñeron las manchas en el suelo y la cicatriz de Iehudá quedó escondida bajo su cabello. Pero yo noté que mi mente gradualmente se había entrenado a contar mis bendiciones en vez de recordar sólo las cosas de mi lista de deseos.

Ya pasó un año pero este no es un desafío que puedo marcar como “cumplido”. Llegué a un punto en donde siento que puedo pararme frente a Dios y decir honestamente: “Escuché Tu mensaje. Estoy intentando cambiar mi enfoque, estoy trabajando sobre la gratitud, estoy mejorando”.

“Y, lo más importante: gracias, Dios”.