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La Lámpara de Piel Humana

La Lámpara de Piel Humana

¿Serán tus hijos capaces de transmitir la historia de nuestro pueblo?

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La tapa de la revista me llamaba a gritos; su imagen en blanco y negro había llamado mi atención instantáneamente. Leí una y otra vez sin poder creer lo que estaba viendo. Pero ahí estaba, y yo estaba perpleja por las palabras que leía.

El artículo hablaba de un muchacho que estaba vendiendo cosas encontradas en los escombros del huracán Katrina.

¿De qué está hecha esta lámpara?”.

Está hecha de piel de judíos”, contestó el muchacho.

¿¡Qué!?”.

Hitler le sacó la piel a los judíos”, contestó. “¿La quieres? Vale 35 dólares”.

La imagen de la lámpara traslúcida fotografiada en la New York Magazine me atormentaba. ¿Acaso esto es cierto? ¿Puede ser ésta la historia de mi pueblo? ¿Mis abuelos, pequeños primos, tíos y tías murieron en las llamas y ahora por 35 dólares puedes comprar una lámpara hecha de piel de judíos?

¿Quién contará nuestra historia?

Hoy estamos en una encrucijada. Pronto no quedarán muchos sobrevivientes capaces de transmitir sus dolorosas memorias. El Holocausto se convirtió en una cosa del pasado, irrelevante para demasiados judíos. No estoy hablando de quienes nos odian y tratan de negar el intento de aniquilar a nuestro pueblo.

El holocausto se convirtió en una cosa irrelevante para demasiados judíos.

Estoy hablando de nosotros y de nuestra responsabilidad como padres de transmitir lo inexpresable.

Estoy hablando de nuestros hijos, ‘la próxima generación’.

Vivimos en un mundo en donde tratamos de proteger a nuestros niños de las dificultades. Leemos sobre cómo resguardar a nuestros niños de los últimos peligros y buscamos en Internet consejos para criar buenos niños. Pero en nuestra búsqueda de proteger a nuestros hijos a como de lugar, temo que no sólo hemos aislado sus cuerpos, sino también sus corazones.

Conocí una pareja que decidió llevar a sus hijos adolescentes a unas vacaciones familiares a Israel. Cuando volvieron, me contaron sobre su increíble viaje a Tierra Santa. Escuché sobre aventuras en un 4x4 en el desierto, descenso de montañas, flotar en el Mar Muerto y escalar las cascadas de Ein Gedi. Sí, también visitaron el Muro Occidental en Jerusalem y varios museos.

Pero había una cosa en lo que esta pareja era inamovible. De ningún modo dejarían que sus hijos fuesen expuestos al dolor del Holocausto. Nada en el mundo justificaría que sus curiosos y brillantes adolescentes escuchasen sobre campos de concentración ni sobre el deseo de Hitler de destruir a nuestro pueblo. Ninguna historia de fortaleza o de plegarias en llantos mientras tanto jóvenes como viejos devolvían sus puras almas a nuestro Creador.

“¿Por qué no?”, pregunté.

“Es demasiado deprimente”, contestaron. “Es demasiado. Queremos que nuestros hijos sepan sólo de tiempos felices. ¿Para qué llorar por nada? Que aprendan sobre Moshé y los judíos en Egipto, o algo así. Incluso que escuchen sobre la destrucción del Templo en Jerusalem está bien. Pero no hay razón para que tengan que soportar historias de nuestro pueblo sufriendo el Holocausto. Realmente no tiene nada que ver con nosotros. No es nuestra historia”.

Pensé en sus palabras y me preocupé por nuestro pueblo.

Si no es nuestra historia, ¿de quién es?

Si nosotros olvidamos, ¿quién recordará?

¿Podemos simplemente decir que es demasiado triste, que ya pasó, y que es tiempo de continuar?

Mientras Ahmadinejad amenaza otra vez con destruir a nuestro pueblo, ¿nos atrevemos a decir que no es sobre nosotros?

Sólo si sabemos de dónde venimos, sabremos adónde vamos.

Entiendo que todos queremos darles a nuestros hijos una vida de risas y felicidad. Nadie quiere ver a nuestros hijos llorando y sintiendo dolor. Pero la vida no es Disneylandia, y estamos aquí como una nación que ha soportado mucho sufrimiento. Hemos viajado por los cuatro rincones de la tierra, y hemos sobrevivido a pesar del fuego, de la persecución y de la opresión. Es por la gracia de Dios que estamos aquí, y nuestros hijos deben saberlo.

Somos una nación de milagros.

Sólo si sabemos de dónde venimos, sabremos adónde vamos.

¿Siente tu hijo empatía por su pueblo?

Hay un incidente grabado en mi memoria, el cual ocurrió cuando yo era tan sólo una pequeña niña. Estábamos en la casa de mis padres y había una mujer de visita. Siendo que mi padre era rabino y mi madre rebetzin, nuestra casa siempre estaba llena de gente.

Mi padre recibió una llamada. Una niña de la congregación se había accidentado. Estaba seriamente herida.

Mi madre juntó a los niños. “Ésta niña está lastimada. Necesitamos rezar por ella ahora”.

Los niños nos sentamos juntos en el sofá y nos unimos a nuestros padres en una recitación de Salmos, mientras la mujer contemplaba la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos.

“Rebetzin”, dijo la mujer. “¡Esto es demasiado! ¡Estos niños se pondrán a llorar en cualquier momento!”.

Nunca olvidaré la respuesta de mi madre.

Con los ojos centellantes, y llena de convicción, recuerdo su cara y aún escucho sus palabras. Estas palabras me acompañan hasta el día de hoy.

“Algunos niños lloran por un chocolate. Mis hijos llorarán por el dolor de su pueblo”.

“Algunos niños lloran por un chocolate. Otros lloran por juguetes. Mis hijos llorarán por el dolor de su pueblo”.

Debemos preguntarnos si hemos hecho justicia con el dolor de nuestro pueblo.

¿Hemos transmitido el legado, la fe a pesar de las probabilidades, la capacidad de aferrarnos a Dios y descubrir la luz en los momentos más oscuros?

Si no nos interesa, o no nos sentimos afectados, ¿qué podemos esperar de nuestros niños?

No, no tenemos que mostrarles constantemente tragedias ni escenas gráficas que les causen pesadillas. Pero tenemos la responsabilidad de Izkor – de recordar.

Pregúntale a tu padre y él te contará, a tus ancianos, y ellos te relatarán”.

La Torá nos ruega que preguntemos. Descubre tus raíces, explora las generaciones que han estado antes de ti.

¿Qué pasará si nuestros niños no tienen a nadie a quien preguntarle porque nosotros simplemente no sabemos?

¿Quién quedará para contar la historia de nuestro pueblo?

Publicado: 23/12/2012


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