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¡No vas a salir de la casa vestida así!

¡No vas a salir de la casa vestida así!

¿Acaso aceptar las elecciones de nuestros hijos implica estar de acuerdo con ellas?

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Ahí estaba, un sombrero de plástico azul brillante, y mi hijo de dos años había encontrado su tesoro. A él le fascinan los sombreros.

Mi esposa estaba de viaje, yo estaba preparando a mis hijos para ir a la pizzería a cenar y mi hijo insistía en ponerse su nuevo sombrero azul. Sus dos hermanos mayores no querían tener nada que ver con eso. “No vamos a ir si él se pone eso”. Yo, por otro lado, estaba completamente en paz con ello. No había ninguna razón para sentirse avergonzado porque nadie podía culparme de haber escogido su atuendo.

Cuando tu hijo tiene dos años es relativamente fácil no avergonzarse por su elección de atuendo, pero ¿qué pasa cuando tiene 12 años o más? Entonces no es tan simple.

La ropa suele ser una fuente de tensión en muchos hogares. Los padres y sus hijos adolescentes discuten sobre cómo es aceptable vestirse. Realmente tenemos que tomarnos un momento y preguntarnos: ¿vale la pena la pelea?

La primera cosa que sugiero que hagamos es introspección sobre cuál es la verdadera motivación que hay detrás de nuestra batalla. ¿Estamos peleando porque sentimos que no es sano para el niño vestirse de esta forma o lo hacemos porque estamos avergonzados sobre qué dirán nuestros vecinos y amigos? Para esto se necesita una buena cantidad de honestidad, pero si llegamos al reconocimiento de que realmente lo que nos preocupa es nuestro propio honor, entonces probablemente lo mejor sería que renunciemos a nuestro honor por el bien de nuestra relación con nuestro hijo.

Si no estamos preparados para renunciar a nuestro honor, entonces sugiero que al menos seamos honestos con nuestro hijo y le digamos que nos sentimos incómodos cuando se viste de esa forma en lugar de escondernos detrás de otras motivaciones. Cuando los padres predican aquello que no está alineado con su verdadera motivación, sus hijos pueden sentir la falsedad y esto hiere su habilidad de confiar y escuchar a sus padres más adelante.

Ahora, digamos que le permites a tu hijo vestirse de una forma que te molesta (o que él no te da mucha alternativa), ¿cómo vamos a lidiar con esta situación más adelante?

Podemos hacer comentarios despectivos cada vez que nuestro hijo baja las escaleras, “No vas a salir a la calle así, ¿verdad?”, pero ¿qué ganamos con eso? Solamente crear una separación entre nosotros y nuestro hijo. Recuerda, el recurso número uno que tienen los padres para ayudar a sus hijos a desarrollarse es una relación cercana, y la crítica y desaprobación constantes solamente dañarán ese recurso. Ellos ya saben que no nos gusta su gusto en ropa, ¿para qué discutirlo constantemente?

Acepta a tu hijo como es.

Tenemos que aprender —lo cual es probablemente el aspecto más difícil de la educación de los hijos— a aceptar a nuestro hijo como es. Los padres suelen confundir las siguientes palabras: ‘aceptación’ y ‘aprobación’. Tememos que si aceptamos a nuestro hijo como es entonces pensará que aprobamos todo lo que está haciendo.

Pero esas dos palabras claramente no son lo mismo. Puedo odiar ese sombrero azul que tienes puesto, pero amarte enormemente. Puedo incluso desaprobar tu conducta y aún así amarte enormemente. Las dos palabras nunca deben confundirse, y cuando se confunden, comienzan los problemas. Cuando confundimos estas palabras y le mostramos a nuestro hijo menos amor porque no nos gusta lo que está haciendo, entonces le habremos hecho un daño profundo y lo único que lograremos será debilitar nuestra posibilidad de ayudarlo más adelante.

Creo que la mayoría de nosotros seriamos excelentes ayudando al hijo del vecino si nos lo asignaran. Encontraríamos una forma de aceptarlo a pesar de sus desafíos y fallas actuales. Podríamos mostrarle amor y paciencia, y hacer un trabajo experto en ayudarlo a crecer. Es con nuestro propio hijo donde la ansiedad y las frustraciones nos dominan, llevándonos a reacciones y conductas poco sanas. Al hijo del vecino puedo llevarlo felizmente por la calle, incluso cuando tiene puesto su gracioso sombrero azul, pero con mi propio hijo no puedo soportarlo.

Esto es algo que debemos superar si queremos ayudar a nuestro hijo. Tenemos que darnos cuenta de que él no es “nuestra propiedad”, no somos sus dueños y no lo vestimos como nos parece, él es de Dios y a nosotros simplemente nos asignaron la tarea de tomarlo de la mano y guiarlo con gracia y orgullo.

No te preocupes por los vecinos; ten confianza y sé feliz sabiendo que estás siguiendo las directrices de Dios al cuidar con amor al precioso niño que Él te confió. Tu hijo te dará suficientes razones para estar orgulloso.

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