¿Alguna vez escuchaste que no se debe llorar por la leche derramada? ¿Por qué entonces los judíos nos sentamos en el suelo cada año el nueve de av y lamentamos la destrucción del Templo que ocurrió hace tantos años? Si bien: “y vivieron felices” es un gran final para las historias infantiles, nosotros, adultos cínicos, nos reímos ante esta idea. Ya estuvimos suficiente tiempo en este mundo como para saber que no hay finales felices. Entonces, ¿qué es esta esperanza ingenua en la llegada del Mashíaj?

Y esta esperanza no es una nota al pie del judaísmo que podamos aceptar o ignorar. Maimónides enumera la creencia en la llegada del Mashíaj como uno de los Trece Principios de Fe. ¿Por qué es algo tan fundamental?

Una vida de añoranza

Ir más allá del cinismo para poder esperar la llegada del Mashíaj implica entender que el juego tiene un plan. La vida no es dar vuelta las hojas del calendario eternamente, emerger de la nada y retornar directamente a más nada.

Hubo un comienzo (el éxodo de Egipto) y habrá un final, un momento en el cual reclamaremos la relación de amor que comenzó allí. Durante la larga parte intermedia de esta historia, nos aferramos a la visión que tuvimos en el Sinaí, nos aferramos a ella para poder seguir viviendo. Una vez experimentamos ese amor y lo añoraremos eternamente.

Esto se parece a lo ocurrido con la esposa de un famoso refusenik a quien le permitieron salir de la ex Unión Soviética años antes que a su marido. Durante esos años, no hubo ni un día en el cual ella no se dedicara a intentar conseguir que su esposo fuera liberado. Ella vivía en el mundo libre, sin duda durante esos años comió y durmió, tal vez ocasionalmente fue de compras, pero toda su existencia estaba definida por su añoranza para reunirse con su esposo.

Yo te extrañé tanto. ¿Acaso tú me extrañaste? ¿Aguardaste cada día Mi retorno?

Nos dicen que después de morir nos preguntarán: “¿Tzipita laieshuá?” – “¿Ansiaste la redención?”. Dios nos dirá: “Yo te extrañé tanto. ¿Acaso tú me extrañaste? ¿Aguardaste cada día Mi retorno? ¿Agonizaste por Mi ausencia?”. Y en proporción directa con nuestra añoranza experimentaremos la alegría de la reconexión. Si no nos importa que Tú estés allí y nosotros estemos aquí, traicionamos la intimidad de nuestra experiencia en el Sinaí.

Sí, tenemos vidas que vivir, trabajos que efectuar y, por supuesto, vivimos nuestras vidas con alegría. Pero a través de todo esto, el judío nunca olvida que hay algo que falta. Incluso en una boda, instantes antes de comenzar a cantar y bailar rompemos un vaso de vidrio para recordar que aunque esa boda es un destello feliz de la unidad del futuro, siempre habrá un rincón en nuestro corazón que se niega a reconciliarse con Tu ausencia. Una parte de nuestro ser siempre Te añora.

Reconocer la prisión

En su obra clásica, Shaarei Teshuvá, Rabenu Iona cita un midrash:

El rey sentenció a algunos criminales a prisión. Cuando estaban encarcelados, los prisioneros lograron cavar un túnel para escaparse. La mayoría aprovechó la oportunidad para escaparse, pero hubo uno que se quedó. Cuando llegó el carcelero, comenzó a golpear al prisionero que se había quedado. “Tenías el camino abierto. ¿Por qué no te escapaste?”

Podemos imaginar que el prisionero protestó: “¡Un minuto! Busca a los que se escaparon y pégales a ellos. ¿Por qué me gritas a mí? ¡Yo soy el bueno que se quedó donde lo pusieron!”

La respuesta del carcelero fue: “¡No! Al quedarte traicionaste la libertad. ¡Tú eres el problema! Los otros entendieron que estaban en prisión y aprovecharon la primera oportunidad para escaparse. Tú, al quedarte, has declarado que estás cómodo con las cosas como son. ¡Tú has negado la prisión!”

Nos sentamos alegremente en el exilio y decoramos la celda, ponemos un poco de música… La pasamos bárbaro.

“Yo quitaré tu corazón de piedra y lo reemplazaré con un corazón de carne”, dijo Ezequiel. ¿Pero quién necesita un corazón de carne? Un corazón de piedra es mucho más cómodo. ¿Quién desea preocuparse demasiado? ¿Quién quiere guardar duelo? ¿Quién desea tener consciencia de lo que nos falta? ¡Sigan adelante con el programa! ¡Vuelve a sonreír y regresa a la pista de baile! Sin embargo, a veces el dolor y el duelo es lo que nos quita la pasión por lo superficial y nos obliga a cavar más profundo en busca de la verdadera fuente de la felicidad.

Dios espera que nos demos cuenta que estamos en prisión.

Por eso Dios hace que el exilio sea un poco menos cómodo. Notamos que hace más calor y corremos a ajustar el aire acondicionado. Estamos bien. Lo logramos. Todo está bajo control.

Dios espera. Él espera que nos demos cuenta que estamos en prisión. Él espera que dejemos que el dolor nos catapulte hacia Sus brazos.

El profeta Zejariá nos llama asirei tikvá, “prisioneros de la esperanza”. Estar en un estado constante de esperanza y añoranza es una forma difícil de vivir. Es difícil vivir en este mundo como extranjeros en una tierra extraña. Nunca encajamos por completo, nunca nos sentimos del todo en casa. Todos los demás bailan al ritmo de la música y parece que les va muy bien. Sólo nosotros (incluso mientras bailamos) mantenemos nuestros ojos pegados a la puerta, amarrados por el amor con cuerdas de esperanzas por otro mundo, otra realidad. Cuando esa realidad llegue, lo que nos unirá a la Fuente de la felicidad serán todos esos años de añoranza, esos años de duelo por lo que una vez tuvimos, todos esos años de esperanzas para el futuro.


Este artículo apareció originalmente en el “Jerusalem Post”.