Tenía 8 o 9 años. Me había quedado a dormir en la casa de mis abuelos. Estaba acostada al lado de mi abuela. Ella ya dormía, pero yo no lograba cerrar los ojos. No podía dejar de acariciar suavemente la marca azul verdosa sobre el brazo de mi abuela. Yo ya la conocía, sabía que esa era la marca de Auschwitz. Pero ese día no podía dejar de mirarla, de estremecerme al pensar cómo la habían hecho. Pasaba mi dedo sobre esa señal de monstruosidad y le prometía a mi abuela que nunca iba a olvidar lo que había pasado. En el brazo de mi abuela habían grabado A11770.

Mi abuela (la primera a la derecha en la segunda fila) con sus hermanos. 1935

Mi abuela Aranka nació en Cerzgov, un pueblito en la frontera entre Hungría y Checoslovaquia que todo el tiempo pasaba de manos de uno a otro, y por eso en la escuela ella estudiaba intermitentemente checo o húngaro. Eran trece hermanos y si bien no eran ricos, dentro del pueblo eran una de las familias “acomodadas”. Tenían una fábrica de cerveza y lavaban las botellas a mano antes de envasarla.

Cuando mi abuela era chica era buenísima con las matemáticas (Siempre lo fue. En eso no salí a ella). Pero su trauma era que no sabía dibujar. En la escuela tenía una amiga que le hacía los dibujos y ella le hacía los deberes de matemática. Cualquier mamarracho que yo dibujaba para mi abuela era una obra de arte.

Mi abuelo nació en Leipzig y llegó al pueblo de mi abuela con un grupo de jóvenes para una hajshará, para aprender a trabajar la tierra para prepararse antes de hacer aliá a Israel. Así fue como se conocieron. La familia de mi abuelo decidió irse de Alemania después de Kristallnacht, la noche de los cristales rotos. Mi abuelo estudiaba en una escuela naval y cuando lo echaron por ser judío, se fue a estudiar a Italia. Finalmente regresó a Alemania y su familia logró escaparse de Alemania a último momento. Él invitó a mi abuela a irse con ellos, pero ella no quiso dejar a su familia… Probablemente no pudo imaginar ni creer la tempestad que se acercaba.

Cuando los alemanes llegaron al pueblo, la familia de mi abuela se escondió en un sótano que tenían para guardar cosas. Tenían que estar todo el tiempo acostados y en completo silencio. Solamente de noche podían comer y a veces salir un poco. Finalmente algún vecino los denunció y entonces los deportaron a Auschwitz. Mi abuela decía que estar en ese refugio fue peor que estar en el campo.

Cuando se escondieron, los vecinos que hasta entonces eran sus amigos se hicieron cargo de “cuidarles” las cosas de valor. Después “olvidaron” que los conocían y nunca les devolvieron nada.

Mi abuela estuvo en el campo con dos de sus hermanas y dos primas menores que llegaron unos días más tarde. Muchos años después, cuando viajé a Israel, conocí a estas primas. Una de ellas, Adina, me contó que cuando llegaron al campo mi abuela se les acercó y les dijo que mintieran respecto a su edad (tenían 12 y 13 años). Así lograron salvarse.

Mi abuela no contaba mucho sobre el campo. Yo fui reuniendo información de a pedacitos, un poco de ella, un poco de lo que le contó a mi mamá, de lo que me contó su prima Adina… Cada año invitaban a mi abuela a encender una vela en la ceremonia de Iom HaShoá, pero año tras año ese día mi abuela no se sentía bien.

Sé que las hicieron cargar piedras muy pesadas de una punta a otra del campamento y que cuando terminaron de pasar todas las piedras las obligaron a cargarlas nuevamente a donde estaban en un primer momento.

Sé que cuando mi abuela era chica una vez se quejó porque “otra vez había pollo”, y que después, en el campo, lamentó mucho haberse quejado de la comida que tenía (Esto se lo dijo a mi mamá cuando era chica y no quiso comer lo que le había preparado).

Sé que cuando no tenían nada para comer y sufrían retorcijones de hambre, intercambiaban entre ellas recetas de cocina.

Sé que en diferentes épocas, ella o una de sus hermanas trabajaron en la cocina y así podían “conseguir” un poco más de “comida” para sobrevivir (como por ejemplo, algunas cáscaras de papa).

Sé que una vez cuando estaba trabajando en la cocina hubo disparos. Todas siguieron trabajando pero una jovencita que acababa de llegar al campo se asustó y trató de esconderse en una leñera. La única bala que entró a la cocina mató a la joven que estaba en la leñera. Mi abuela siempre decía: “Cada bala tiene escrita su dirección”.

Sé que una vez le pregunté si pensaba que lograría reconocer a Menguele si lo encontraba y me dijo que nunca podría olvidar la frialdad de sus ojos.

Sé que al final de la guerra tuvo tifus y la arrojaron con los muertos. Las hermanas la encontraron, la sacaron y la escondieron en una litera superior. Entonces un día escuchó que la gente cantaba. Se arrastró hacia una ventana y vio que había gente cantando y bailando y pensó que había muerto y que estaba viendo ángeles. Los rusos habían liberado el campo.

Sé que después de la liberación los aliados encontraron depósitos repletos de panes y se los repartieron a los prisioneros. Mi abuela cambió su pan por cigarrillos. Al día siguiente era una de las pocas que seguía viva. Los panes estaban envenenados.

Después de la guerra mi abuela estuvo en Francia hasta que se recuperó. De los trece hermanos, dos se habían ido a Argentina antes de la guerra. Del resto sólo se salvaron mi abuela y sus dos hermanas. Hubo un hermano que sobrevivió a los campos, pero se murió de hambre cuando estaba volviendo al pueblo.

Mis abuelos con mi mamá

Mi abuelo la buscó y se puso en contacto con ella. La familia de mi abuelo vivía en Bolivia. La hermana y el hermano de mi abuela estaban en Córdoba, Argentina. A mi abuela no le dieron permiso para quedarse en Argentina y viajaba rumbo a Bolivia. El tren que llegaba a Bolivia pasaba por Córdoba. Entonces pasó algo que para mí es increíble. No sé cómo lo logró. Si supiera filmar películas, esta es la escena que rodaría. Mi abuela iba en el tren. No conocía el idioma. No sabía en dónde estaba. Habían pasado muchos años, años terribles. No era fácil reconocerse. De pronto anunciaron que el tren estaba en Córdoba. Me imagino que sus hermanos gritaban desde el andén su nombre: “¡Aranka! ¡Aranka!”. De pronto ella entendió que ahí estaban sus hermanos y decidió que quería quedarse con ellos. Se bajó del tren cuando estaba por partir, sin llevarse su valija con las pocas cosas que tenía en este mundo (sin duda no eran muchas ni muy valiosas en ese momento). Así mi abuela se quedó en Argentina, “ilegalmente”. Después mi abuelo llegó desde Bolivia y se casaron.

Mis abuelos tenían un almacén. Cuando mi abuela descubrió el dulce de leche comió tanto que después no pudo volver a probarlo durante toda su vida.

Cada año, cuando llega Iom HaShoá pienso en mi abuela. De mi abuela aprendí la resiliencia, que siempre hay que seguir adelante y sentirse orgulloso de ser judío. Tal vez por ella siempre tuve la necesidad de entender qué era ser judío, qué había en este pueblo para que tuviéramos que experimentar cosas tan diferentes al resto de los pueblos del mundo. Así fue que emprendí mi búsqueda y mi camino de teshuvá.

Pienso que yo y mis hijos somos su venganza de los nazis. No sólo porque seguimos vivos, sino porque seguimos siendo judíos orgullosos de nuestra herencia.

Cuando enciendo las velas de Shabat, abro los ojos, observo las llamas y le digo a mi abuela: “Le ganamos a Hitler. Mis hijos estudian Torá, mi cocina es kasher como lo era la de tus padres. Cantamos las mismas canciones. Celebramos las mismas festividades. Am Israel Jai, abuela”.

Leilui nishmat de Fraidel Aranka bat Mor y Simón ben Iosef