Hace más de 2.000 años, en la época del Segundo Templo, los macabim escribieron una página en la historia de nuestro pueblo, dando inicio a la festividad de Jánuca.

Ellos comprendieron el valor profundo de encender la menorá en el Templo, esa era la prioridad. Tomaron la decisión de actuar, de levantarse y luchar por la supervivencia de nuestro pueblo.

Dios se encargó del resto.

Los macabim tenían la necesidad de expresar su luz interna. Para ellos encender la menorá era algo indispensable. Nunca imaginaron que su acción se convertiría en un legado para el pueblo judío.

En una época de caos, lograron mantenerse firmes en cuanto a sus creencias. Por eso el milagro más grande de esa época, fue su convicción por llevar a cabo un ideal y hacer hasta lo imposible para lograr su objetivo.

No cuestionaron, ni tampoco se dieron por vencidos. Simplemente confiaron en ellos mismos, porque sabían que Dios confiaba en ellos.

Las fiestas judías

Las fiestas judías, más allá de ser una conmemoración de los hechos, son oportunidades de crecimiento y desarrollo en distintas áreas de la vida misma. Cada una de ellas viene a enseñarnos un mensaje propio, para aplicar en nuestros días. Hay tiempos de reír y otros de llorar, tiempos de reflexión y de perdón, tiempos de alegrarnos en la Sucá y otros de liberarnos comiendo matzá. Hay tiempos de luz y otros de obscuridad.

Jánuca es la fiesta de los milagros.

Los acontecimientos de cada época se transforman en un legado para las generaciones. Por eso el milagro de Jánuca nos acompaña en la actualidad.

Conocer nuestra historia nos permite comprender el presente. Estos días son tiempo de introspección.

La vida está llena de distracciones. Estamos saturados y sin darnos cuenta nos hemos convertido en parte de una sociedad que muchas veces nos hace olvidar la razón de nuestro existir.

Encender las velas de Jánuca, es darle vida a nuestra espiritualidad, y recordar que tenemos la responsabilidad de lograr que nuestros actos causen un impacto para la eternidad.

Jánuca nos enseña que no debemos esperar a que ocurran los milagros, sino simplemente actuar para que sucedan, anteponiendo nuestros ideales y valores frente a cada circunstancia que se nos presente.

Los macabim nos enseñaron que el judaísmo debe mantenerse vivo y latente siempre. Ahora nos toca fortalecer nuestras raíces. Encender una luz propia y compartirla para dejar una huella profunda en este mundo.

Son nuestras acciones las que nos definen como individuos y como pueblo, y a través de ellas la historia se continuará escribiendo para permanecer en el recuerdo de las futuras generaciones.

Dios confió en los macabim. El también confía en ti, en mí y en cada integrante de nuestro pueblo.