“Sostenga firmemente las piernas del bebé mientras hago la circuncisión”, me dijo el mohel mientras colocaba a mi primer nieto sobre mis rodillas.

Su orden me sorprendió. Todo lo que experimentaba en ese momento era nuevo. Mi esposa y yo estábamos felices de habernos convertido en abuelos, de ser testigos de la creación de la siguiente generación y de ver a nuestra hija asumir el sublime rol de ser madre.

Era la primera vez que yo era sandak, que recibía el honor de sostener al recién nacido sobre una almohada en mi falda durante el brit. Estar en primera fila no me asustaba, de ninguna manera planeaba mirar. Mis ojos permanecerían cerrados, tal como se mantuvieron durante las circuncisiones de mis propios hijos.

De repente, cuando el mohel me instruyó sostener con firmeza las piernas del bebé, me colocó en un rol activo que le dio todo su color a la realidad de lo que estaba aconteciendo. La experiencia me dio la comprensión visceral de que convertirse en un miembro acreditado del pueblo judío tiene lugar a través de un acto de mesirut nefesh, la voluntad de estar dispuesto a entregar todo lo que amas, incluso tu vida misma, para hacer lo correcto.

¿Por qué la unión al pueblo judío y el evento que nos permite entrar al pacto con Dios tiene lugar a través de un acto de sacrificio personal?

La pregunta me recordó lo que me llevó a explorar el judaísmo de la Torá cuando era un adolescente tratando de encontrar mi lugar en el mundo. Crecí en un cómodo hogar de clase media alta en Toronto, y rápidamente comprendí que el materialismo y la comodidad económica no serían mi pasaje de entrada a una vida significativa. Y yo ansiaba una vida repleta con el máximo significado, una vida que de alguna manera se elevara por encima de los placeres y las emociones pasajeras que desaparecerían como el humo, dejándome sintiendo vacío y añorando algo real y duradero. No veía la hora de terminar la escuela secundaria y pasar un año en Israel, formulando las grandes preguntas sobre la vida. No estaba seguro adónde me llevaría eso, pero sabía que el camino en el que me embarcaba era importante.

En la ieshivá disfruté el intenso ambiente de estudio en el cual la gente se apasiona con las preguntas, las ideas y el deseo de crecer. Eventualmente llegué a entender que mi ansia por sentido sólo podría saciarse conectándome con algo que trascendiera lo finito, una verdad con V mayúscula, algo eterno y real. Todo eso surgía de una dimensión infinita que estaba por encima de lo transitorio, de la fugaz experiencia que subyace a la mayoría de las cosas de este mundo finito y pasajero.

Mesirut nefesh literalmente significa “entregar la vida”, es un reconocimiento de su dimensión eterna. Por lo general pensamos que el sacrificio personal alude al martirio. A lo largo de la historia judía los judíos arriesgaron sus vidas y murieron por ser judíos, cumpliendo con el máximo acto de morir “al kidush Hashem”, santificando el Nombre de Dios.

Pero mesirut nefesh significa más que entregar la vida. Es demostrar que hay cosas que son incluso más importantes que tu vida. ¿Qué puede ser más importante que tu misma vida?

Lo único que trasciende la vida es el reino infinito que va más allá del tiempo y del espacio, que es eterno y absoluto y empequeñece todo lo que existe en nuestro mundo pasajero. Vivir una vida judía significa elevar la existencia mundana entrelazándola e insuflándole una conexión con Dios, la Fuente Infinita de la existencia. Al subliminar nuestros deseos más bajos a través del cumplimiento de los principios y los valores de la Torá, entablamos una relación con Dios y nos conectamos con un reino que es eterno y absoluto.

Controlar nuestros impulsos naturales y evitar dar rienda libre a nuestros apetitos porque eso va en contra de los dictámenes de la Torá, es una forma de mesirut nefesh. Estamos cediendo a una parte de nuestro ser (nuestros deseos), porque hay algo más grande que eso, una dimensión moral que trasciende nuestras vidas.

Quizás es por eso que nuestro ingreso al pacto entre Dios y el pueblo judío tiene lugar a través de un acto de sacrificio personal. Esta es la esencia misma de lo que se supone que debe ser la vida de un judío.

Mesirut nefesh también tiene un rol central en la festividad de Jánuca. No es por accidente que la historia de Jánuca comienza con un pequeño grupo de macabeos dispuestos a sacrificar sus vidas luchando contra un ejército que los supera en todos los sentidos, dispuestos a defender su forma de vida acorde con la Torá. Este acto no sólo dio lugar a los milagros de ganar la guerra y de que el aceite ardiera durante ocho días, sino que también encapsula la batalla ideológica entre el pueblo judío y los griegos.

Los griegos fueron pioneros en filosofía, arte y ciencias, utilizando sus facultades de razonamiento para entender y controlar el mundo. Pero de acuerdo con su perspectiva, no existía nada que estuviera más allá de la comprensión humana. Ellos vivían en un universo que se contenía a sí mismo: si la mente no podía percibirlo, no existía.


En el brit: Cuatro generaciones

La creencia judía en el monoteísmo significa que hay una dimensión Infinita más allá de nuestro mundo finito, algo que ningún ser humano puede llegar a captar completamente con su mente. Esta realidad superior queda aludida por el número ocho, el día en el cual el bebé es circuncidado y el número de días que dura Jánuca. El siete representa la perfección que se puede lograr en el mundo natural; el ocho va más allá de los límites de la naturaleza y trasciende hacia la dimensión de lo Infinito que está por encima del tiempo y del espacio.

Al sostener en mis brazos a mi bello nieto y observar sus maravillosos ojos, me maravillé ante la inexplicable creación de esta nueva generación que ahora forma parte de la continua odisea del pueblo judío que de alguna manera trasciende al tiempo.