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Los judíos y los griegos

Los judíos y los griegos

¿Por qué los griegos querían que todos fueran como ellos?

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Se sabe que la revuelta de los macabeos contra el helenismo fue en el año 138 A.E.C.

Sabemos que los judíos, liderados por Yehudá el macabeo, se levantaron contra el gran y fuerte ejército griego para defender su monoteísmo. Pero ¿Cómo eran los griegos de esa época? ¿Por qué eran tan poderosos? ¿Por qué querían que todos fueran como ellos? ¿Cómo lograron los judíos revelarse ante la atractiva y fuerte cultura helénica siendo mucho menos y viviendo oprimidos?

Encontraremos las respuestas a continuación:

Alejandro Magno, también conocido como Alejandro III, rey de Macedonia, sucedió muy joven a su padre, Filipo II, quien fue asesinado en el año 336 A.E.C. tras haber creado un poderoso ejército logrando unir a todas las ciudades/estado griegas en un poderoso imperio.

A Filipo II le era muy importante que su hijo se preparara, desde muy joven, para reinar en forma firme. Por lo que le encargó al gran Aristóteles (filósofo, lógico y científico) que educara a Alejandro con experiencia militar y formación intelectual.

Alejandro Magno dedicó los primeros años de su reinado a imponer su autoridad sobre los pueblos sometidos a Macedonia, que habían aprovechado la muerte de Filipo II para rebelarse. Y en el año 334 lanzó a su ejército contra el poderoso y extenso Imperio persa, continuando así la empresa que su padre había iniciado poco antes de morir.

En el año 331 A.E.C. Alejandro, ya conocido como Magno (El Grande), derrotó al Imperio persa con la muerte de su emperador, Darío. El Imperio griego abarcaba desde Egipto hasta India, con seis ciudades llamadas Alejandría, pero únicamente la de Egipto sobrevivió. Tras las conquistas, los griegos que se asentaban en los nuevos territorios y luego transmitían e imponían su cultura, lenguaje, arte, arquitectura, literatura y filosofía.

Alejandro tenía como objetivo construir una potencia universal en el que las diversas creencias y culturas de occidente y oriente se fundiesen conformando una unidad.

Existen registros sobre la presentación de Alejandro Magno ante el Sumo Sacerdote judío, Shimón el justo: Talmud (Yomá 69a) Antigüedades judías del historiador judío Flavio Josefo (XI, 321-47). En ambos documentos está escrito cómo el Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalem, temiendo que Alejandro fuera a destruir la ciudad, salió a su encuentro antes de que llegara a ésta. Cuando Alejandro vio acercarse a Shimón, se bajó de su caballo y se arrodilló ante el Sabio judío.

Alejandro explicó a sus sorprendidos hombres que cada vez que salía a las batallas, tenía una misma visión: Un hombre que se veía como el Sumo Sacerdote conducía sus tropas a la victoria.

Alejandro interpretó la visión del Sumo Sacerdote como un buen presagio, y por lo tanto se apiado de Jerusalem, fue un gobernante generoso absorbiendo pacíficamente a la tierra de Israel en su creciente imperio.

Como tributo a su conquista apacible, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro, el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy. Y el día de aquel encuentro, 25 de Tevet, fue declarado una festividad menor.

Alejandro Magno murió a la edad de 33 años en 313 A.E.C. traspasando el mayor imperio conocido hasta entonces, el cual se repartieron sus generales creando los llamados Reinos helenísticos (Egipto, Siria y Mesopotamia) que prosperaron hasta que los romanos se apoderaron de todos los territorios que habían pertenecido a los griegos, integrándolos en su imperio como provincias.

Israel se encontró bajo el dominio de la dinastía seléucida, reyes griegos que reinaban desde Siria con su rey Antíoco.

El Helenismo se impuso con su religión, arte, arquitectura, filosofía y organización militar.

La interacción inicial entre judíos y helénicos parecía ser positiva. Para los judíos, los griegos eran una nueva y exótica cultura con filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles. Con amor por la sabiduría, la ciencia, el arte y la arquitectura que los separaban de otras culturas con las que los judíos habían interactuado antes. El idioma griego fue considerado tan hermoso, que el Talmud lo llamó en cierta forma el más hermoso de todos los idiomas y los rabinos declararon que un rollo de la Torá incluso podría ser escrito en griego.

Para los helénicos, los judíos eran la única nación monoteísta que tenía un concepto de un Dios único, que no se ve, no se representa, es infinito, ama, se preocupa por su creación e interactúa en la historia. Los judíos tenían tradiciones legales y filosóficas increíblemente profundas y complejas. Tenían una tasa de alfabetización y una infraestructura de bienestar social nunca antes vista en el mundo antiguo. Los helénicos, estaban tan fascinados con los judíos, que el rey Ptolomeo II en el año 250 A.E.C. obligó a 70 rabinos a traducir la Biblia hebrea al griego, conocida como la Septuaginta, que significa 70 en griego.

Esta maravillosa y respetuosa situación se terminó ya que el rey Antíoco IV, tenía la finalidad de que todos sus súbditos vivieran bajo la forma de vida helenista amenazándolos física y espiritualmente borrando todo vestigio de la religión judía. El Gran Templo fue invadido, profanado, y sus tesoros saqueados. Un gran número de inocentes fue masacrado, y los judíos que se mantenían bajo sus tradiciones eran humillados, asesinados e inclusive empobrecidos por los altos impuestos que tenían que pagar.

Antíoco se autoproclamó a sí mismo dios tomando el nombre de Antíoco Epifanes (el divino), pero sus propios seguidores que no tenían respeto ni escrúpulos se burlaban de él, llamándolo Antíoco Epimanes (el loco).

Los griegos y las altas esferas gobernantes veían a los judíos que rechazaban el estilo de vida helenista como una forma de rebelión.

Algunos judíos sí adoptaron la cultura helenista, inclusive llegaron a renegar de su identidad judía y trataron de atraer a su nueva forma de vida a los judíos que se mantuvieron leales al judaísmo.

Las interesantes y atractivas diferencias que alguna vez sirvieron como fuente de atracción entre las dos culturas, ahora eran la razón de conflicto que llevaría a una guerra civil.

Fue en la pequeña aldea de Modiin, unas millas al este de Jerusalem, donde un aislado acto de heroísmo marcó el destino de los judíos para siempre.

Matitiahu, el patriarca del clan sacerdotal jashmoneo, desafió al poderoso ejército griego. Apoyado por sus cinco hijos y un pequeño ejército atacaron a las tropas, y destruyeron los ídolos. Al grito de Mi laHashem elai (‘Quienes están con Dios, que me sigan’) retrocedieron a los montes, donde reunieron fuerzas para derribar la opresión de Antíoco y sus colaboradores.

El ejército de Matitiahu, ahora bajo el mando de su hijo Yehudá, crecía en número y fuerza. Con el lema bíblico Mi kamoja baelím, Hashem (‘¿Quién es como Tú, Dios, entre los poderosos?’), iniciales de MaKaBI, grabados en sus escudos, solían abatirse sobre las tropas enemigas. Siendo apenas 6.000 hombres, derrotaron a un fuertemente armado batallón de 47.000. Avanzaron a Jerusalem, liberaron la ciudad y recuperaron el Gran Templo. Limpiaron de ídolos el Santuario, reconstruyeron el altar y se prepararon para reanudar el Servicio Divino.

Los pocos triunfaron sobre los muchos con fuerza y espíritu”.

Dentro del templo la Menorá seguía en pie, pero sucedió el “milagro” de Januca, el milagro para la reinauguración del Templo. El aceite para mantener viva la flama de la Menorá que únicamente alcanzaba para un día alcanzó para ocho.

Al año siguiente nuestros Sabios proclamaron oficialmente la festividad de Januca como una celebración de ocho días, como evocación perpetua de esta victoria de un pequeño ejército cargado de fuerza y fe sobre un imperio que buscaba eliminar al pueblo judío en forma espiritual y física.

Publicado: 1/12/2013


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