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Cuando Januca y Navidad colisionaron

Cuando Januca y Navidad colisionaron

Por primera vez en mi vida yo era la única judía del grupo.

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Las vacaciones de invierno cuando tenía 15 años fueron un punto de quiebre en mi vida, pese a que yo no tenía idea de lo que estaba a punto de ocurrir. Mi papá nos llevó a mi hermano y a mí a un centro de esquí y nos inscribió en un curso de esquí de una semana para mejorar nuestra técnica. Los adolescentes de nuestro grupo venían de todas partes del mundo y la mayoría de ellos esquiaban mucho mejor que nosotros. Pero nosotros les seguimos el ritmo e hicimos los agotadores ejercicios, bajamos complicadas cuestas y nos alistamos para la carrera final.

La mayoría de los chicos eran amigables pero, por primera vez en mi vida, yo era la única judía de todo el grupo. A lo largo de mi vida siempre estuve bastante protegida: fui a una escuela judía, viví en un vecindario mayormente judío y fui a campamentos de verano judíos. No estaba acostumbrada a ser la rara del grupo.

También fue uno de esos años en los que Januca y la Navidad coincidieron, así, mientras todos hablaban sobre sus planes para Navidad, mi hermano y yo simulábamos no prestar atención y nos ajustábamos nuestras botas. Evitamos también el contacto visual con el instructor, quien nos preguntó si iríamos a la fiesta esa noche. Yo, en cambio, pensé en la menorá de plata que teníamos en el salón de nuestra cabaña y en las bendiciones que diríamos esa noche.

Me sorprendió la belleza del árbol de Navidad.

Esa tarde, en el refugio de esquí, me calenté las manos junto al fuego y miré el hermoso pino, el cual estaba decorado con cientos de luces y brillantes adornos. Nunca antes había visto un árbol de Navidad tan de cerca y me sorprendió su belleza. Las luces eran simplemente hipnotizantes y cuando una de las chicas con las que había esquiado ese día se sentó junto a mí y me preguntó si iría a la fiesta esa noche, comencé a dudar. No tenía que comer ni beber nada. Podía encender la menorá con mi familia y luego pasarla bien con mis compañeros de la clase de esquí por un rato. Me parecía antisocial no ir y, técnicamente, ir no tenía nada malo, ¿o sí?

Esa noche, mientras encendía la menorá con mi papá y mi hermano, miré por la ventana el nevado paisaje nocturno y vi las pequeñas y titilantes velas reflejándose en mí. De pronto me parecieron sumamente pequeñas, como chispas de luz que eludían mi entendimiento. Escuché las familiares y ancestrales palabras de las bendiciones y las vi escurrirse como copos de nieve entre mis dedos. Cuando le pregunté a papá si podía ir a la fiesta de Navidad, él se sorprendió, pero luego simplemente asintió con la cabeza y me dijo que volviera a las once. Comimos latkes de papa en silencio y mi hermano me sorprendió al decirme que también iría.

El salón estaba lleno de guirnaldas, luces de colores y canciones que sabía de memoria gracias a la radio. Me senté con un grupo de chicas de mi clase de esquí y bromeamos sobre la carrera del día siguiente. No era la peor esquiadora del grupo, pero estaba cerca de serlo. Todos sabíamos que Ethan ganaría. Él era rubio, de ojos azules, venía de Suiza y parecía haber aprendido a esquiar al mismo tiempo que aprendió a caminar.

De repente aparecieron Ethan y su hermano frente a nuestro grupo. Estaban usando suéteres verdes idénticos y reían por algo. Luego Ethan nos preguntó si queríamos oír la broma. "¿Qué le dijo el judío al…?”.

¿Este tipo está diciendo una broma antisemita en mi cara?

Sentí que todo daba vueltas a mi alrededor. ¿Este tipo está diciendo una broma antisemita en mi cara? ¿Cómo se atreve? Hasta ese momento me había sentido bien en la fiesta. No exactamente como parte del grupo, pero casi. Ahora sentía cómo mi cara se tornaba roja, y lo interrumpí diciendo en voz alta “¡Yo soy judía!.

Todos se quedaron en silencio. Podía oír el viento por la ventana del refugio mientras todos me miraban.

—¿Eres judía? Pero no pareces judía —murmuró Ethan.

—¿Qué quiere decir eso?

Siempre había pensado que el antisemitismo era algo del pasado, que era irrelevante en mi cómoda burbuja, en la cual ser judío era un orgullo. Me fui de la fiesta de inmediato y volví a la cabaña en medio de una nevada tan densa que apenas podía ver. Pero luego las vi. Las luces de la menorá en la ventana. Se veían pequeñas y titilantes en medio de la noche invernal, pero calentaron mi confuso corazón mientras cerraba la puerta tras de mí.

Fui al salón y me miré en el espejo. ¿Qué sabe Ethan? En el espejo, vi una niña judía que me miraba. ¿Qué importa si soy rubia y tengo ojos azules? ¿Qué significa que no parezco judía? No lo sabía, pero de repente supe lo que es sentirse como un judío. Quería defender quién era y de dónde venía. Quería que todos vieran la pequeña menorá de plata que asomaba por nuestra ventana. Quería ser parte de la fortaleza y de la resistencia que representaban estas llamas ardiendo delante de mí.

El momento decisivo

Por la mañana había un incómodo silencio en la cima de la montaña. El circuito de la carrera estaba señalado con banderas rojas y negras. Yo seguía enojada. En la carrera clasificatoria esquié más rápido que nunca, y para mi sorpresa, vencí a todos los miembros de la clase salvo a Ethan. Él era mucho mejor esquiador que yo, y yo sabía que no podía ganarle.

En la carrera final nos paramos en la cima de la pista, evitando cruzar nuestras miradas, preparados para el momento decisivo. Sonó la sirena de partida y Ethan me pasó inmediatamente, pero entonces ocurrió algo milagroso. Por primera vez esa semana, Ethan se cayó. Él estaba bien, pero cuando se puso de pie yo ya estaba en la línea de llegada.

Él esquió hasta mí y finalmente me miró a los ojos. “Lo de ayer fue sólo una broma. Felicitaciones por la carrera”.

Ethan me ofreció una disculpa, pero a mí me costó mucho aceptarla. Me saqué los esquíes y caminé hacia el refugio. El gran árbol —todavía centellante— se dejaba ver a través de la ventana, pero yo era inmune a su luz. Yo era distinta, tenía mi propia luz. Nunca lo había advertido, pero estaba sosteniendo una antorcha milagrosa. Yo estaba destinada a llevarla y a correr una carrera diferente.

Di media vuelta y me dirigí a casa.

26/11/2013

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