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Simplemente no lo hagas

Simplemente no lo hagas

Mi mamá nunca tiene jet lag. Y este Rosh HaShaná, me di cuenta que yo no tengo por qué continuar con mis malos hábitos.

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—¿Estás segura que puedes arreglártelas con los niños? —le pregunté a mi madre, quien recién había llegado a Israel y todavía estaba estirando las piernas después de haberlas tenido apretujadas en clase económica durante más de 12 horas. Mi marido y yo teníamos una boda en una hora, y mi mamá aún no había comido nada ni se había cambiado de ropa o duchado después del vuelo. Le preparé un plato de comida, le serví algo para beber y nos fuimos. Me sentía sumamente mal por dejarla así.

—Estaré bien —dijo ella, al tiempo que se sentaba en el piso y repartía montones de regalos entre mis alborotados hijos, quienes ni siquiera se dieron vuelta hacia nosotros cuando salimos. Llamé a la niñera y le pedí que fuera de todas formas. —Sólo se encargará del bebé —le dije a mi madre.

—Vayan, vayan —dijo mientras nos hacía un gesto de despedida con la mano. Mis hijos ni siquiera nos vieron salir, ya que sus cabezas estaban dentro de la valija buscando regalos olvidados.

Volvimos a casa luego de una hermosa velada cuando era casi medianoche. Los niños ya habían comido, se habían bañado y estaban durmiendo; los platos estaban limpios, la casa estaba impecable y las voluminosas valijas de mi mamá ya no estaban a la vista. Mamá dormía profundamente en el sofá… y yo estaba nuevamente sorprendida por la ilimitada energía que tenía pese a estar en su sexta década de vida.

A la mañana siguiente, mi mamá nos dejó dormir mientras llevaba —ella sola— a seis chicos a la escuela; los vistió, les cepilló los dientes y les preparó los almuerzos, entre otras cosas.

—No es nada —dijo ella. Después de hacer mandados conmigo toda la mañana, llevó a los niños a Jerusalem para almorzar, con la idea de que yo tuviese un rato tranquilo para trabajar. Después, llevó a los niños mayores a cenar y me ayudó a acostar a los más chicos. Cuando me senté a trabajar —a las diez de la noche—, ella se sentó a mi lado con los ojos bien abiertos para una buena charla; yo salté de mi silla para pasar un poco de tiempo con ella.

—No puedo creer que todavía te queden fuerzas —le dije—. Llegaste anoche y desde entonces no has parado de ocuparte de los niños. ¿No tienes jet lag?

Mi mamá me miró y se encogió de hombros. —Yo nunca tengo jet lag —dijo.

—¿Nunca tienes jet lag?

—No —dijo sonriendo—. Simplemente no tengo.

—¿Cómo puede ser? —le pregunté. Pensé en todos los viajes que hice a Estados Unidos desde que vivo en Israel. Siempre me bajo del avión a tropezones con uno o más niños a cuestas y trato de mantener mis ojos abiertos durante el viaje de diez minutos hasta la casa de mis padres.

—No entiendo. El jet lag no es algo que puedes tener o no tener; es algo que ocurre y punto.

—No —dijo mi madre—. No estoy de acuerdo.

Me dí cuenta que esa breve conversación resumía una cualidad fundamental que posee mi madre. Si realmente existe el concepto de que la mente puede estar por sobre la materia, entonces ella personifica la definición misma de aquello. Ella sí estaba cansada, sólo que eligió poner su incomodidad física de lado para privilegiar algo que le era mucho más valioso: pasar tiempo con sus hijos y nietos. Y al hacer esa elección, el jet lag milagrosamente dejó de existir.

Cuando mis hijos me hacen enfurecer, puedo simplemente decir: “Yo no levanto la voz”.

Y si mi madre puede hacerlo, quizás yo también pueda hacerlo. Cuando mi vecina agranda su casa o remodela la cocina, o cuando el hijo de mi amiga tiene éxito en lo que a mi hijo le resulta difícil, ¿por qué no puedo simplemente decir: "Yo no estoy celosa"?

Y cuando mis hijos me hacen enfurecer hasta enloquecerme, puedo decir: "Yo no levanto la voz. Simplemente no lo hago".

Cuando la amiga que nunca me presta nada quiere que le preste mi hermoso vestido de noche, puedo decirme a mí misma: "Lo siento; por mucho que me gustaría hacerlo, yo no cobro venganza".

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Rosh HaShaná y el poder del libre albedrío

Rosh HaShaná, el año nuevo judío, es el primero de los diez días de arrepentimiento. Este período del año nos brinda la oportunidad de comenzar de nuevo; podemos superar incluso las partes más oscuras de nuestro ser. Rosh HaShaná es el cumpleaños de la humanidad, y lo que separa a los seres humanos de todas las otras criaturas de la tierra es el libre albedrío. Nuestra capacidad de tener esperanza, de soñar y de convertirnos en lo que sea que deseemos ser, es parte integral de este importante día del año.

Pero, ¿cómo cultivamos un deseo de cambiar para que sea más que sólo una resolución vacía?

Cuando un doctor le dice a un paciente que acaba de tener un infarto que si no deja de fumar y comienza a ejercitarse regularmente le quedará menos de un año de vida, el paciente repentinamente realizará una completa transformación física; aprovechará la capacidad latente de utilizar su libre albedrío y dejará de fumar para siempre. En Rosh HaShaná podemos hacer esto también en el ámbito espiritual.

Dado que Dios tiene más autoridad que cualquier doctor, cuando reconocemos que Dios es real, que hacer Su voluntad es el camino que nos llevará a nuestra más profunda realización personal y que huir de Él es autodestructivo, entonces recién podremos comenzar a cambiar realmente. Y ese es precisamente el significado de ‘convertir a Dios en Rey en Rosh HaShaná’. Significa elegir alinear nuestro libre albedrío con el Suyo.

Todos podemos cambiar y comenzar a hacer más de lo que realmente queremos hacer y menos de lo que —sabemos en nuestro interior— no queremos hacer. Podemos cambiar incluso las cosas que parecen imposibles de erradicar de nuestro ser.

No me digas que no puedo, porque yo no pierdo la esperanza.

25/8/2013

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