Al parecer, Oprah Winfrey siempre sabe exactamente qué preguntar para llegar a conocer a sus entrevistados. Ella dijo que una de sus preguntas favoritas es esta:

“Si pudieras invitar a alguien de toda la historia a una fiesta que tú organizas, ¿a quién elegirías?”

Los judíos tuvieron esa idea mucho antes y ofrecieron una respuesta colectiva durante la feliz celebración de Sucot. Sucot es un momento en el cual salimos de las murallas de nuestros hogares para sentarnos en bellas cabañas abiertas a amigos, invitados y extraños. En la estación de la cosecha deseamos compartir con los demás. Para expresar la mitzvá de hajnasat orjim (recibir huéspedes) contamos con un ritual conocido como ushpizin. Durante siete días invitamos a diferentes héroes bíblicos para que se unan como nuestros “huéspedes de honor” en la sucá.

¿Cómo responden los judíos a la pregunta de Oprah?

Espero que aprovechen la oportunidad de invitar a estos huéspedes recomendados por la tradición judía: Abraham, Itzjak, Iaakov, Iosef, Moshé, Aharón y David. Para algunos, la invitación es una forma de reflexionar sobre su rol en la historia de nuestro pueblo y el significado de sus vidas como una clave para nuestra identidad espiritual. Para aquellos con más inclinaciones místicas, los cabalistas enseñan que las almas de estos invitados literalmente vienen y hace contacto con sus descendientes, reafirmando el nexo entre pasado y futuro.

Los judíos no carecemos de héroes. ¿Por qué fueron escogidos estos siete para esta singular distinción en Sucot?

Permítanme ofrecer mis sugerencias personales y referirme a cada figura. Estos héroes bíblicos nos hablan en el idioma que necesitan los judíos del siglo XXI, y nos enseñan cómo volver nuestras vidas más significativas y espirituales.

Abraham, Itzjak y Iaakov, por favor, tome cada uno de ustedes un día y compartan con nosotros la dicha que descubrieron cuando fueron los pioneros del concepto de la plegaria.

El Talmud nos dice que fuiste tú, Abraham, el primero que habló con Dios con la plegaria de Shajarit, el momento de la mañana en el cual abrimos nuestros ojos a la gloria del universo y sentimos la necesidad de responder con infinita gratitud. Fuiste tú, Abraham, quien nos hizo comprender que si no nos tomamos cada día el tiempo necesario para contar nuestras bendiciones, nos convertimos en receptores desagradecidos de la bondad de Dios y sólo llevamos la cuenta de nuestras desgracias. De no dedicar este tiempo cada día, nos concentraríamos en lo que no debemos y sólo lograríamos entristecernos porque nunca tendremos lo suficiente.

Fuiste tú, Itzjak, el primero que rezó la plegaria de la tarde, minjá, cuando el sol comenzó a ponerse. De ti debemos aprender cómo enfrentar los momentos en los que la vida parece perder su brillo y volverse oscuridad, cuando el éxito parece volverse un fracaso, cuando nos deja de sonreír la buena suerte en cada decisión y vivimos días que desafían nuestros logros y nuestro bienestar. Itzjak, el hombre que se sentía tan cerca de Dios que estuvo dispuesto a entregar su vida en el altar si eso era lo que Él deseaba, él es el huésped que quiere inspirarnos cuando nuestra fe comienza a tambalear y nos asegura que después de un día oscuro siempre sigue otro día soleado.

Y fuiste tú, Iaakov, quien estableció maariv, la plegaria de la noche, el momento de miedo, de terror, de pavor y ansiedad. La plegaria nocturna requiere más fe que todas las demás. Maariv fue la plegaria de todos aquellos que en los últimos meses enfrentaron huracanes e inundaciones, temblores y terremotos, así como pérdidas inimaginables. Necesitamos que Iaakov comparta con nosotros el secreto de su fuerza personal que lo mantuvo ante los ataques de Esav durante su juventud, de las tribulaciones de la historia de Iosef y del primer exilio judío en Egipto durante su ancianidad.

Los tres primeros días de Sucot, días en los cuales renovamos el contacto con nuestros patriarcas, hacen que nuestras plegarias de la festividad sean mucho más significativas. Sus vidas sirven como la mejor respuesta a la pregunta que una vez me formularon: “¿Qué esl o que ganas al rezar regularmente a Dios?”

Respondí: “Déjame contarte qué es lo que pierdo: enojo, ego, codicia, depresión, inseguridad y miedo a la muerte”. A veces la respuesta a nuestras plegarias no es aquello que ganamos, sino aquello que perdemos, lo que en última instancia es nuestra ganancia.

No olvidemos de invitar a Iosef, el único al que la tradición judía se refiere llamándolo hatzadik, el justo. Iosef, enséñanos cómo fuiste capaz de superar los intentos de seducción de la esposa de tu empleador. ¿Cómo fuiste capaz de mantener tu fe no sólo en Dios sino en la bondad del hombre después de que tus hermanos te vendieran como esclavo? Quizás todavía más relevante para nosotros en el mundo contemporáneo: ¿cómo lograste impedir que tu éxito inimaginable destruyera tu carácter ético? Lo más sorprendente de todo: ¿cómo fuiste capaz de perdonar a tus hermanos por su espantoso crimen y pudiste perdonarlos en tu corazón por su pecado? Ama a tu prójimo como a ti mismo, ¿incluso después de que te trata tan mal? Acompáñanos en la cena, Iosef, y permítenos saber cómo lo lograste.

Moshé y Aharón, en un momento en que desesperadamente necesitamos líderes dignos de su puesto, ansiamos que estén en nuestra mesa. Moshé, tú eres el único que habló con Dios “cara a cara”. ¿Cómo fue? ¿Puedes revelarnos algo más de lo que Dios te enseñó sobre Sus trece atributos de misericordia? ¿Cómo te enfrentaste con un pueblo rebelde que nunca te valoró tanto como lo merecías? Moshé, ni siquiera sabemos dónde fuiste enterrado porque Dios no quiso que adoráramos tu tumba en vez de tu Torá. Ayúdanos ahora a volvernos mejores judíos al llegar a conocerte mejor.

Y Aharón, recuérdanos cómo te ganaste el amor del pueblo como el gran sacerdote que se preocupaba por cada uno, incluyendo a los pecadores, y quien (como dice el Talmud) incluso estuvo dispuesto a mentir para restaurar la amistad entre los judíos. “El hombre a quien consideras tu enemigo me dijo cuán angustiado está y cuánto lamenta este malentendido. Él desea con desesperación pedirte perdón, pero no lo hace porque está muy avergonzado”. Esto era lo que Aharón le decía a quienes se habían peleado, a pesar de que no fuera cierto. Aharón creía que había circunstancias en las cuales la verdad podía verse comprometida en pos del amor, cuando una mentira incluso podía convertirse en una mitzvá si podía lograr que dos adversarios se volvieran amigos.

Sucot reúne a los siete gigantes de la historia judía cuyos valores e historias de vida nos convirtieron en lo que somos y representan la clave para nuestra supervivencia.

La festividad no estaría completa si no reserváramos un día para el rey David. David está destinado a ser el ancestro del Mashíaj. Sin duda él se ganó esa distinción con sus innumerables contribuciones a la historia judía. Su reinado fue ejemplar. Su Libro de Salmos es una obra maestra de plegaria y poesía. Pero en mi opinión, hay algo que sobresale por encima de todo. Al ser confrontado por el profeta Natán respecto a su pecado con Batsheba, David se quebró y sin vergüenza respondió con una palabra: jatati – he pecado. Sin explicaciones, sin excusas, sin ninguna afirmación de poder. Sin colocar al rey contra el profeta. David reconoció públicamente que Dios es más grande que cualquier rey y que la ley Divina supera a cualquier falla humana.

En una época en que se glorifica el poder, de culto a las personalidades y adoración a las celebridades, de “selfies”, la confesión del rey David quizás sea la mejor manera de dar cierre al período festivo que nos alienta a acercarnos más a Dios durante el nuevo año.

En el judaísmo, el número siete representa la completitud, la santidad del Shabat. Sucot reúne a estos siete gigantes de la historia judía cuyos valores e historias de vida nos convirtieron en lo que somos y representan la clave para nuestra supervivencia.