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La sorprendente salvación de Rav Gustman

La sorprendente salvación de Rav Gustman

Historias increíbles y desgarradoras de la vida de un gran sabio de la Torá.

por David Page

Adaptado del libro original en inglés “Rav Gustman” (ArtScroll)


Rav Israel Zeev Gustman (1908-1991) era un genio del Talmud. En su juventud, se casó con la hija de un importante Rabino de Vilna, el centro de la vida judía a comienzos del siglo XX. El suegro de Rav Gustman falleció poco antes de la boda y, en consecuencia, el joven de 20 años heredó un asiento en la ilustre corte rabínica de Rav Jaim Ozer Grodzinski, el líder de los judíos de Europa antes de la Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial comenzó en setiembre de 1939, cuando el Tercer Reich atacó Polonia. Poco después la máquina asesina nazi siguió a la Wehrmacht, y comenzó el frente de exterminación masiva de los judíos. Mientras tanto, conforme al tratado secreto conocido como el Pacto Molotov-Ribbentrop, la Unión Soviética invadió y conquistó las zonas orientales de Polonia y todo Lituania.

Las cosas se volvieron cada vez más difíciles en Lituania bajo la ocupación rusa. Todo lo que era necesario no estaba disponible o se encontraba en cantidades terriblemente escasas, incluyendo botas para el invierno. Una delegación de ciudadanos se dirigió al Comisario (el líder político ruso en Vilna) con un pedido desesperado para que de alguna forma lograra obtener botas para los residentes de la ciudad, ya que de lo contrario no lograrían soportar el terrible frío del invierno lituano.

El Comisario les respondió con confianza: “No se preocupen por esto. La República Socialista Soviética, guiada por su grandioso y bondadoso padre (Iosef Stalin), provee al pueblo”.

El Comisario cumplió con su palabra. En un período relativamente breve bajo los estándares de orden y control económico soviético, entró una locomotora a la estación de trenes de Vilna con vagones cargados con botas.

Pero el resultado fue caótico: al descargarlas descubrieron que los vagones estaban llenos de botas para el pie izquierdo. ¿Qué podían hacer con miles de botas izquierdas? Entre los soviéticos nadie tenía la menor idea de lo que había sucedido. Hubo varias teorías y todas culminaban con la misma pregunta: ¿Había en alguna otra parte vagones cargados con botas para el pie derecho? De ser así, ¿dónde se encontraban esos vagones?

Rav Gustman describió su problema a Rav Jaim Ozer, quien analizó detalladamente los mapas de las vías férreas. Finalmente, Rav Jaim Ozer señaló una intersección y dijo que allí se encontraban los vagones perdidos y le instruyó a Rav Gustman ir a informarle al Comisario la ubicación de los mismos.

Rav Gustman respondió que él tenía conciencia de que las autoridades soviéticas no eran demasiado pacientes y que era posible que lo trataran como una especie de sospechoso o saboteador y lo enviaran a prisión o algo peor. Pero Rav Gustman confió en la afirmación de Rab Jaim Ozer y fue a encontrarse con el Comisario.

El Comisario lo recibió con todo el desprecio de un comunista enfrentado con una “persona supersticiosa” de la clase reaccionaria de los clérigos religiosos, quienes creen en lo que Karl Marx llamó “el opio de las masas”. El Comisario se rió de lo que llamó “las suposiciones salvajes” de un anciano rabino que de ninguna manera podía llegar a comprender las complejidades del sistema ferroviario soviético. Pero Rav Gustman se mantuvo firme y eventualmente el Comisario lo escuchó.

“Mandaremos a averiguar sobre los vagones perdidos. Pero debe saber que si está equivocado, lo llevarán al paredón y será fusilado por hacernos perder nuestro valioso tiempo durante una época de guerra y por burlarse del poder soviético”.

Poco tiempo después, el Comisario recibió un telegrama y… ¡sorpresa! Los vagones estaban donde Rav Jaim Ozer había indicado que se encontraban, marcados con las palabras: “Destino: Vilna”. Como resultado, muchos de los congelados habitantes de Vilna recibieron tanto botas para el pie derecho como para el izquierdo. De allí en adelante, el Comisario Soviético tuvo suma estima por Rav Gustman, poque él había adivinado lo que incluso el Poder Soviético había fallado en revelar.

Salvar la vida

Rav Gustman relató que durante toda la época de la Guerra recitó el Vidui (la confesión previa a la muerte) cientos de veces, porque a menudo la muerte parecía estar muy cerca. En esas ocasiones, él usaba la forma abreviada del Vidui porque no estaba seguro de lograr vivir el tiempo necesario para terminar de recitar la forma completa.

En una ocasión, los nazis decidieron “liquidar” a todos los judíos de un campo de trabajo de Vilna. Rav Gustman y otros judíos fueron llevados al bosque Fonary en las afueras de Vilna y los hicieron pararse al borde de una gran fosa. Un hombre de la SS fue caminando a lo largo de la línea de judíos y les disparó en la cabeza a uno por uno, luego de lo cual cada uno caía al foso. Cuando el hombre de la SS llegó frente a Rav Gustman, también le disparó a la cabeza. Rav Gustman sintió la bala y cayó al foso como los demás, asumiendo que estaba muriendo.

Pero una vez dentro de la fosa, descubrió que podía mover sus brazos y sus piernas. ¡Estaba vivo! Permaneció inmóvil hasta que los nazis terminaron su trabajo, entonces logró liberarse de los cuerpos y salir del foso. Rav Gustman atribuye su salvación en ese momento a un milagro revelado: la bala en verdad entró a su cráneo, pero era invisible y aparentemente no le infligió ningún daño.

En otra ocasión en el bosque de Ponary, Rav Gustman estuvo presente cuando llevaron familias judías. Habían cavado una fosa y separaron a un lado de la fosa a los hombres y del otro lado obligaron a pararse a las mujeres y a los niños. Entonces los nazis arrancaron a los niños de los brazos de sus madres, los arrojaron al aire y les dispararon mientras estaban en vuelo. Los pequeños cuerpos caían dentro de la fosa o los pateaban hacia allí. Las madres corrían hacia los nazis suplicándoles que las mataran primero para no ser testigos de la muerte de sus hijos.

Al ver esa espantosa escena, Rav Gustman no pudo controlarse y decidió que hablaría a los corazones de los ejecutores. Se acercó al oficial nazi que estaba a cargo de la masacre y le pidió permiso para hablar con él. En respuesta, el nazi lo golpeó en la cabeza con la culata de su rifle y Rav Gustman cayó al suelo, con una herida sangrante en la cabeza.

Posteriormente, al vivir en Jerusalem, Rav Gustman acostumbraba a observar a los niños que marchaban cada año por las calles el día de Jerusalem. Él explicó: “Mis ojos que han visto a niños asesinados pueden valorar la visión de niños judíos marchando alegres por las calles de Jerusalem”.

El asesinato de su único hijo

Rav Gustman tuvo un único hijo, Meir (que Hashem vengue su sangre), a quien él llamaba Meirke. Él era la niña de sus ojos, un niño más dulce y bello de lo que alguien puede llegar a imaginar. Durante una Aktion contra los niños judíos en el gueto de Vilna, la SS encontró el improvisado escondite que Rav Gustman había dispuesto para Meirke de 4 años. Rav Gustman levantó al niño y lo sostuvo en sus brazos para protegerlo. Pero los nazis golpearon al niño una y otra vez mientras Rav Gustman lo sostenía, hasta que todo el cuerpo del padre quedó cubierto de sangre. Cuando estuvieron convencidos de que el niño había muerto, empujaron a Rav Gustman y a su hijo hacia una pila de estiércol.

Rav Gustman lavó y enterró el cuerpo de su amado hijo y le sacó los zapatos, los cuales cambió por pan para su esposa y su hija que estaban hambrientas. El procedimiento habitual era dividir los alimentos que lograba conseguir, darle la porción mayor a su hija, la siguiente a su esposa y la más pequeña la dejaba para él mismo. Pero esa vez no fue capaz de consumir su porción de pan. Él sintió como si estuviera comiendo la carne misma de su hijo, como está escrito en Deuteronomio 28:53: “Y comerás la carne de tus hijos”.

Salvado del gueto

Una noche la hija de Rav Gustman le dijo a su padre que en el gueto se estaban muriendo de hambre y que debían escaparse. Rav Gustman sabía que tratar de escapar del gueto podía resultar mortal. Muchos lo habían intentado y les habían disparado (incluyendo al hermano de Rav Gustman). Pero la pequeña niña insistió que debían escaparse. Tras escuchar las súplicas desesperadas de hija, Rav Gustman decidió que se escaparían.

Los Gustman lograron escapar a través de una pequeña apertura en la cerca sin que los nazis los vieran. Caminaron por el borde del camino hasta llegar al bosque cerca de Vilna. Poco después los nazis “liquidaron” el gueto de Vilna, asesinando a los judíos que todavía quedaban allí vivos. Los Gustman lograron escaparse antes de la catástrofe final.

Una vez, cuando estaba escondidos en el bosque, Rav Gustman encontró una arveja sin la vaina. Él se preguntó cómo debía dividirla en tres partes para alimentar a su esposa, a su hija y a él mismo, que estaban sufriendo terrible hambre. Finalmente decidió dividir la pequeña arveja en dos partes y darle una mitad a su esposa y la otra mitad a su hija, y ceder a su porción. A partir de este episodio y otros similares, Rav Gustman decía que había aprendido el valor de la comida.

Un partisano en el bosque

Cuando Rav Gustman llegó al bosque, su plan era convertirse en un partisano para luchar contra los nazis y defenderse a sí mismo y a su familia. Sin embargo, para ser aceptado como partisano había una condición: la persona debía llegar con un arma.

La oportunidad de Rav Gustman llegó cuando vio pasar a un soldado nazi por un lugar silencioso del bosque. Rav Gustman saltó sobre el soldado, arrojó su rifle lo más lejos que pudo, y lo mató con sus propias manos. Años más tarde, Rav Gustman miraba sus manos y decía: “Yo cumplí la mitzvá de matar a Amalek con mis propias manos”.

A veces cuando los partisanos se escondían en las profundidades del bosque para salvarse de la Wehrmacht, los alimentos y el agua eran tan escasos que sus labios se partían y sus lenguas les pesaban hasta perder la capacidad de hablar. Para ser capaces de comunicarse cuando era necesario, los partisanos se veían obligados a frotar en sus labios excrementos de los pájaros para recuperar la capacidad mínima de hablar.

Salvado por las plantas

Antes de la guerra, en una ocasión Rav Gustman viajó a las afueras de Vilna con su maestro, el sabio Rav Jaim Ozer. Rav Jaim Ozer señaló una cueva y le dijo: “Recuerda esta cueva”. Rav Gustman no entendió a qué se refería.

Al seguir adelante, Rav Jaim dedicó mucho tiempo a señalarle a Rav Gustman diversas plantas, explicándole qué especies podían comerse y cuáles eran venenosas. En ese momento, Rav Gustman se sorprendió: ¿Qué había llevado a Rav Jaim Ozer, cuyo único propósito en la vida era estudiar Torá, a dedicar su tiempo a una lección de botánica?

Durante los años de la guerra, cuando Rav Gustman y su familia se ocultaron de los nazis en el bosque, para mantenerse vivos dependían de la nutrición de las plantas salvajes que podían encontrar. Entonces comprendió la importancia de esa lección y acreditó a Rav Jaim Ozer con una visión profética al haberle instruido sobre técnicas de supervivencia.

Después de la guerra, Rav Gustman vivió en los Estados Unidos y eventualmente se mudó a Jerusalem, donde dirigió una importante Ieshivá. Hasta el final de sus días, como una señal de gratitud hacia las plantas, a las cuales les debía la vida, Rav Gustman se ocupó personalmente del cuidado del jardín del edificio de la Ieshivá en Jerusalem.


Adaptado del libro original en inglés “Rav Gustman” (ArtScroll)

11/4/2018

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