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Tefilín en el infierno

Tefilín en el infierno

Una saga de tortura, escape y reunión.

por Debbie Shapiro

Eliahu Herman parece ser el abuelo favorito de todos en Jerusalem. Sin barba y con una gran kipá bordada, no encaja en el estereotipo típico de tzadik (persona recta), pero su devoción por la mitzvá de tefilín salvó a miles —sí, miles— de judíos de la muerte.

Eliahu nació y se crió en Budapest, él tenía 15 años cuando los alemanes ocuparon Hungría. A pesar de que los países eran aliados, hacia el final de la guerra —el 14 de marzo de 1944— las fuerzas alemanas se hicieron cargo del gobierno húngaro y los judíos del país comenzaron a sentir en carne propia el peso del Holocausto. A los pocos días de la ocupación, Eichmann fue a Budapest para instituir la ‘Solución Final’. Cada día eran enviados a Auschwitz más de 12.000 judíos, la mayoría de ellos eran enviados directamente a las cámaras de gas. El cambio fue repentino y drástico y los judíos de Hungría estaban completamente desprevenidos.

"Sí, habíamos escuchado rumores sobre las atrocidades que ocurrían del otro lado de la frontera, pero creíamos que eran exageraciones. No estábamos preparados para lo que poco tiempo después se convertiría en nuestra nueva realidad", dijo Eliahu.

"Rav Aaron de Belz escapó de Galicia junto con su hermano, el Bilgoray Rav, y se fue a vivir al departamento adyacente a nuestra Ieshivá. Yo tuve el privilegio de recibir una bendición directamente de él, y…" —al llegar aquí su voz titubeó— "…estoy seguro de que por su mérito fui salvado y pude mantener mis tefilín conmigo, incluso en el infierno de Mauthausen y Gunskirchen, dos de los peores lugares de todo el planeta Tierra".

Trataron de advertirnos

"Había 15 refugiados polacos en mi Ieshivá. Ellos habían tratado de alertarnos sobre lo que estaba ocurriendo del otro lado de la frontera. El asistente del Belzer Rebe, Rav Dovid Shapiro, también trató de advertirnos, pero no les creímos. Vivíamos en un mundo de ilusiones y no podíamos imaginar que tales horrores fueran posibles. Pero no pasó mucho tiempo hasta que nos percatamos de nuestro error”.

"Cuando llegaron los alemanes, nuestro maestro, Rav Jaim Alter Berkowitz —que su sangre sea vengada— nos ordenó cerrar las guemarot y volver a casa. Mientras corría por las calles, vi una imagen que me aterra hasta el día de hoy. Unos soldados armados llevaban a una larga fila de judíos en dirección al Río Danubio. Oí disparos a la distancia. Luego me enteré que les habían ordenado desvestirse y los habían obligado a tirarse al agua. La mayoría se ahogó —era un río ancho y profundo— y a los que no se ahogaron, les dispararon”.

Obligaron a los judíos a desvestirse y luego les ordenaron tirarse al agua.

"Tuve la fortuna de encontrar trabajo en una fábrica alemana. Unos pocos días después, los nazis reunieron a todos los residentes judíos de nuestro edificio. Gracias a mis papeles de trabajo pude salvar a mi familia de ser ahogada en el río junto a nuestros vecinos. Mis padres sobrevivieron la guerra —hallaron refugio en una de las casas seguras de Raúl Wallenberg— y luego, en 1953, escapamos de Hungría y nos mudamos a Israel. Mi padre, que está enterrado en Jerusalem, abrió esta sastrería y ahora que él ya no está, soy yo quien trabaja aquí".

"Pero mi hijo no es un sastre —dijo orgulloso—. Es un rabino, un verdadero erudito de Torá".

En el mérito de los tefilín

Unos cuantos meses después, los alemanes agarraron a Eliahu en la calle y lo llevaron a una fábrica de ladrillos. "Es imposible describir lo que era aquello. Miles de judíos yacían indefensos en el barro. Una mujer anciana extendió su brazo para intentar tomar un pedazo de pan, pero un soldado húngaro pateó el pan con sus brillantes botas de cuero. En mi inocencia, pensé que él estaba tratando de acercárselo a la hambrienta mujer; sin embargo, él continuó pateándolo hasta que estuvo completamente fuera de su alcance. Unos minutos después, la mujer sucumbió por inanición”.

"Poco después de mi arribo, llegó un camión lleno de judíos provenientes de un hogar de ancianos y del hospital judío. Los ancianos apenas podían caminar; los soldados los empujaron cruelmente al barro y les dispararon”.

"Después de unos cuantos días de ese infierno, los alemanes nos ordenaron dejar la fábrica y comenzar a marchar. Comenzó a llover, y pronto la lluvia se convirtió en nieve. Nuestros 'amistosos' vecinos se pararon a ambos lados del camino burlándose de nosotros mientras nos tiraban piedras cubiertas con nieve. Algunos ponían sus manos alrededor de sus cuellos, haciéndonos saber que seríamos asesinados".

"Dejamos la ciudad y continuamos caminando, caminando y caminando. Cada noche dormíamos en otro lugar: sobre grava dura, pavimento, barro e incluso dentro de una pocilga. Los alemanes no nos daban comida ni agua; sólo nos obligaban a caminar, hasta que finalmente llegamos a la ciudad de Sopron, en la frontera entre Alemania y Austria".

En Sopron, Eliahu y los otros prisioneros fueron colocados en camiones para transporte de ganado y fueron enviados al oeste —en dirección al interior de Austria—, lejos del Ejército Rojo que se acercaba. Treinta y cinco mil hombres habían dejado Budapest; los cinco mil que quedaban fueron llevados a Mauthausen.

"Llegamos en la víspera de Pesaj. Mauthausen estaba ubicado en un antiguo castillo en la cima de una montaña muy alta. Al entrar al edificio sentimos como si hubiéramos atravesado los portones del infierno. Mientras una banda tocaba una entusiasta marcha militar, miramos horrorizados a los seres esqueléticos que habían sido vestidos —a modo de burla— con pijamas".

Eliahu, un estudiante de Ieshivá de tan sólo 15 años de edad, le dijo al comandante del campo que era un sastre de 28 años.

Antes de entrar a Mauthausen, Eliahu decidió esconder sus preciados tefilín, por lo que los ató cuidadosamente a su pierna. En la selección, alguien le susurró que debía mentir sobre su edad y profesión. Eliahu, un estudiante de Ieshivá de tan sólo 15 años de edad, le dijo al comandante del campo que era un sastre de 28 años. "Me enviaron hacia la derecha, a la vida, mientras que los otros muchachos de mi edad fueron enviados hacia la izquierda, a la muerte".

Cuando fue enviado a la ducha, Eliahu se las ingenió milagrosamente para esconder sus tefilín bajo una roca. "Esa fue la última vez que me separé de mis tefilín. Los mantuve conmigo durante la guerra y después de ella. Hoy, los llevo conmigo adonde sea que vaya" —dijo al tiempo que señalaba la pequeña bolsa de terciopelo que estaba apoyada sobre el mostrador.

"Esa noche dormimos en la nieve vestidos sólo con unos delgados pijamas. La nieve fue nuestro colchón, nuestra frazada y nuestro alimento. En casa, una empleada me lustraba los zapatos. Ahora no tenía zapatos. No lejos de nosotros había lo que parecían ser cinco pequeñas cabañas; cuando desperté me horroricé al descubrir que en realidad eran cinco enormes pilas de cuerpos congelados. No había combustible para quemarlos".

Llévame

"La primera mañana en ese infierno me puse mis tefilín y le recé a Dios para que me llevara; no podía tolerar el sufrimiento. Pero a pesar de que yo no era mejor que los demás, Dios quiso que permaneciera con vida".

Eliahu sobrevivió y continuó poniéndose sus tefilín y recitando una rápida plegaria todas las mañanas antes de salir a trabajar. Debía ser cuidadoso; si los nazis lo descubrían con los tefilín, lo matarían inmediatamente.

Si los nazis lo descubrían con los tefilín, lo matarían inmediatamente.

 

"El comandante del campo disfrutaba muchísimo torturando a los prisioneros. Luego, volvía a su casa —que estaba ubicada en las instalaciones del campo— y escuchaba música clásica con su esposa... ¡escuchaba a Mozart!".

Eliahu recuerda la especial providencia Divina que tuvo para poder esconder sus tefilín: "Dos veces al día, cuando pasaban lista, los soldados de la SS nos rodeaban y chequeaban con sus perros. Aunque esos perros siempre paraban para oler mi pierna, en la que tenía atados los tefilín, los nazis nunca los descubrieron. Sólo puedo describirlo como un milagro, no hay otra explicación".

Eliahu pasó unas ocho semanas en Mauthausen.

"Las fuerzas aliadas se acercaban. Un día los nazis hicieron una selección: enviaron a la mayoría de la gente al crematorio, pero a mí me eligieron para la vida. ¿Vida? Fuimos forzados a marchar durante 12 días bajo una densa lluvia hasta que llegamos a nuestro destino, Gunskirchen. De los 33.000 que dejamos Mauthausen, 20.000 habíamos logrado llegar a Gunskirchen”.

"Yo estaba seguro de que no podía haber un lugar peor que Mauthausen. Pero estaba equivocado. Gunskirchen era mucho, mucho peor. Lo primero que hicieron los nazis cuando llegamos fue arrojar tres inmensos pastores alemanes sobre mi amigo Jaim; los perros lo mataron en el instante".

"Gunskirchen no era un campo de trabajos forzados. No hacíamos nada en todo el día a excepción de quitar cuerpos sin vida de nuestra barraca y de esperar que pasara el tiempo. Un par de veces por semana los nazis nos daban un poco de comida y agua".

Escape

Eliahu recuerda su último día en el campo: "Era un viernes a la noche. Estábamos encerrados en nuestra barraca y oímos que los alemanes habían puesto explosivos alrededor de ella. Querían matarnos y ocultar toda la evidencia. La gente moría rápidamente y yo sabía que si los alemanes no detonaban la barraca, igualmente moriríamos de hambre. Les dije a mis amigos, los hermanos Klein, que se unieran a mí y que escapáramos juntos. Entonces, comenzamos a escalar los cuerpos hasta llegar a la puerta”.

"Frente a la puerta vi a un hombre llamado Itzjak que yacía en el piso. Él se había convertido al cristianismo antes del Holocausto. Me agaché y le pregunté: ‘¿Quieres volver al pueblo judío?’. A pesar de que él ya no podía hablar, sus ojos me dijeron que sí. Mis amigos se enojaron conmigo, pero yo no podía dejarlo así. Dije el Shemá con él. Murió con la palabra 'ejad', uno”.

"De alguna forma encontramos la fuerza para romper la puerta y escapar de ese cuarto que estaba lleno de muerte. Obviamente yo tenía mis tefilín conmigo. Una vez que estábamos en el bosque, tiramos nuestros pijamas de prisioneros —que estaban infestados de piojos— y nos pusimos unos uniformes de la SS que le quitamos a algunos soldados muertos".

"De repente, oímos el sonido de un auto. Cuando vimos que era un jeep estadounidense, salimos de nuestro escondite y nos paramos al costado del camino. Tres soldados bajaron del jeep, nos apuntaron con sus armas y nos pidieron que les mostráramos nuestros documentos. ¿Documentos? Ni siquiera teníamos ropa, ¡ni hablar de documentos!".

Eres el Mesías

"No tenía documentos, por lo que le mostré al soldado mis tefilín. ¡Primero pensaron que era una granada! Pero luego, uno reconoció que eran tefilín y me preguntó: '¿Du bist a yid?' (¿Eres judío?)”.

¡Primero pensaron que era una granada! Pero luego uno reconoció que eran tefilín.

"Comencé a llorar, y le dije: '¡Eres el Mesías!'. El soldado me ordenó que recitara una plegaria judía, por lo que recité el Shemá. Entonces, él me abrazó y comenzó a besarme. Cuando le dije que los dos soldados alemanes que estaban conmigo también eran judíos, también los abrazó y los besó a ellos”.

"Les di directivas para llegar a Gunskirchen. Si bien el campo no estaba lejos de donde estábamos, era difícil de encontrar. El soldado judío telefoneó inmediatamente a su comandante y le informó que había encontrado el campo que buscaban. 'Por favor, salva a los 35.000 judíos que quedan allí', le imploré. 'La mayoría de ellos están al borde de la muerte y si no llegas rápido, probablemente morirán. Cada minuto es crucial'".

"El ejército mandó inmediatamente atención médica a Gunskirchen y, gracias a esto, miles de vidas fueron salvadas. Mis tefilín salvaron mi vida y la vida de miles de judíos, porque en su mérito el ejército norteamericano llegó al campo con rapidez", dijo Eliahu con emoción.

Eliahu fue enviado a un hospital local; cuando llegó allí, pesaba 36 kilos y estaba ardiendo de fiebre.

"Perdí la consciencia casi inmediatamente después de llegar al hospital; cuando desperté, mis tefilín estaban bajo mi cabeza. Pregunté por el soldado judío que había salvado mi vida, pero nadie lo pudo identificar. Eso fue lo último que escuché de él por casi 70 años. El año pasado le pedí a la embajada norteamericana que me ayudara a encontrarlo; sugirieron que llamara al Vaticano, ¡vaya ayuda!".

Eliahu se dirigió a la prensa. "Telefoneé a una de las estaciones de radio más populares, esperando que publicaran mi historia. Después de explicar mi pedido, el hombre al otro lado del teléfono dijo: 'Todo lo que me dijiste fue transmitido a todo el país. Seguramente alguno de nuestros oyentes te contactará con información'".

Ninguno de los oyentes lo hizo, pero un importante periódico israelí sí lo contactó, y un largo texto sobre su pedido apareció en la edición del viernes. El sábado por la noche sonó el teléfono en la casa de los Herman y, cuando Eliahu atendió el teléfono, un extraño preguntó:

—¿Es usted el hombre que estaba en Gunskirchen hace 65 años?

Eliahu contestó afirmativamente.

—¿Recuerda lo que le dijo a ese soldado judío? —preguntó el extraño.

—Le dije: “Eres el Mesías”.

A los pocos días, Eliahu y el Rabino Meyer Birnbaum z''l —un conocido erudito en Jerusalem y autor del libro Lieutenant Birnbaum (Teniente Birnbaum)— se encontraron en el hogar de Birnbaum en Jerusalem. Obviamente Eliahu llevó consigo sus tefilín; siempre están con él.

Reimpreso con permiso de Jewish Lifestyle Magazine.

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