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Cuando sientes que ya no puedes más

Cuando sientes que ya no puedes más

No podemos olvidar que Dios está aquí con nosotros.

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Creíamos que estábamos un poco más calmados… después de la guerra del año pasado, los misiles a diario, los atropellamientos y la terrible masacre de la sinagoga de Har Nof, por fin teníamos una gotita más de calma. Volvimos a salir a casi todos los lugares, volvimos a caminar de noche por las calles de Jerusalem, volvimos a ir a los parques con los niños sin miedo.

Sin embargo, parece que no era esa la idea: no deberíamos habernos quedado tranquilos, no deberíamos haber “olvidado tan rápido” todo lo que pasó.

En la víspera de Rosh HaShaná, cuando todo el pueblo judío se preparaba para entrar al juicio de Dios, lo que creímos que ya “había pasado” volvió: un hombre murió cuando unos terroristas le tiraron piedras a su auto. ¡Cómo rezamos este Rosh HaShaná! “¡Dios, danos un año de paz! ¡Danos vida buena! ¡Ayúdanos para salir adelante de las dificultades! ¡Danos salud! ¡Ayúdanos a vivir con fe y seguridad!”.

Salimos de Rosh HaShaná, nos preparamos durante 10 días hasta llegar a Iom Kipur, cuando nuestros rezos en Neilá ya no podían ser más fuertes y hermosos, cuando con alegría absoluta construimos las sucot, cuando nos sentamos por primera vez en nuestra sucá y recitamos la bendición de shejeianu, cuando estábamos tan alegres en Sucot —la fiesta de la alegría—, todo cambió de un día para otro, de un segundo para otro. En medio de Sucot, en donde tenemos una obligación de estar alegres, trece niños se transformaron en huérfanos. Cuatro de estos niños vieron cómo los terroristas mataron a sus padres delante de sus ojos, a solo unos centímetros de ellos…

¿Cómo podíamos seguir disfrutando de la fiesta? ¿Cómo no se nos va a romper el alma al escuchar al niño de nueve años diciendo kadish por sus padres? ¿Cómo voy a sentarme a comer en la mesa con mis amigos, cuando un hombre corrió a ayudar a su hermano judío que estaba siendo acuchillado por un terrorista y el terrorista lo mata, dejando a siete hijos sin su padre? No sabíamos cómo; no supimos cómo. Terminamos Sucot con sentimientos encontrados, por un lado, éramos capaces de decir “qué lindo Sucot” por otro lado, se nos llenaban los ojos de lágrimas cuando nos acordábamos lo que había pasado.

Seguimos caminando, volvimos a la rutina, o por lo menos eso creíamos… después de unos cuantos días y nuevamente… acuchillamientos, disparos, masacres, un terrorista de sólo trece años acuchillando a otro niño de la misma edad, quince veces, sí, ¡Quince veces!

No podemos dormir tranquilos, revisamos si la puerta está cerrada varias veces. Por las mañanas, rezamos para que hoy sea un día tranquilo, me subo al auto y comienzo a andar por la carretera 443 para llegar al trabajo. Durante el viaje recito los pocos salmos que me sé de memoria, escucho canciones inspiradoras y miro a todos los autos que pasan al lado mío para ver quiénes son, todos tenemos algo en común: la velocidad es mucho más rápida de lo normal y a la policía que está controlando no le importa, en estos momentos, no están preocupados de eso.

El viaje de regreso es lo mismo. Tratando de llegar rápido. Hacemos lo posible por pasar la tarde en casa sin salir a los parques, caminar por las calles no es lo mismo que antes, nos da miedo. Si salimos durante el día, vamos como agentes secretos mirando para todos lados, incluso nos damos vuelta para mirar para atrás de vez en cuando.

En los barrios de Jerusalem vemos escenas de guerra: en las paradas de buses hoy en día hay soldados con sus M16, listos para actuar por si Dios no quiera algo pasa.

Creíamos que había pasado, pero no fue así. Se transformó en algo mucho peor, y lo peor de todo, es que por un minuto podemos pensar que lo están logrando. Sí, están logrando que tengamos miedo, tanto miedo. Están logrando que no queramos salir, están logrando que nuestros niños tengan miedo, están logrando que nos demos por vencidos, están logrando que sintamos que ya no podemos más.

Pero cuando sentimos que ya no podemos más, cuando me repito una y otra vez que no puedo vivir así, con este miedo constante, cuando ya ni puedo dormir por la situación, “Dios es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a temer, Dios es la fuente de fuerza de mi vida, ¿de quién me asustaré?” (Salmos 27).

Durante todo el mes de Elul, durante las Altas Fiestas, repetimos este salmo una y otra vez. Dios nos estaba preparando para lo que venía “repitan a la mañana y a la noche estas palabras, díganlas todos los días, entiéndalas, siéntanlas, grábenlas en sus corazones, porque en cualquier minuto las van a necesitar”.

Durante un mes, Dios nos hizo repetir una y otra vez, que si entendemos que Él es nuestra luz, que Él es la fuente de vida, no podemos temer, porque Él está con nosotros, porque Él cuida a su pueblo, porque no hay nada ni nadie más grande que Él. “Si tienen miedo, ¡acuérdense de Mí! ¡Estoy acá!, repitan este salmo una y otra vez y dense cuenta que jamás los abandonaré, ¡que siempre estaré con ustedes!”.

Podemos tener miedo, tenemos que hacer nuestra parte y cuidarnos, pero no podemos olvidar que Dios está aquí con nosotros, que sabe que estamos sufriendo y rezando para que esto pase rápido.

Nosotros sabemos que tenemos un arma mucho más poderosa que los cuchillos, que las bombas molotov, que las piedras y que los disparos, tenemos el arma de la ajdut, ‘unión’. Cada vez que nos unimos, cada vez que les damos comida a los soldados que están en nuestros barrios, cada vez que le sonreímos a alguien, cada vez que decimos buenos días al vendedor de la tienda, al chofer del bus, cada vez que nos damos cuenta que al final, lo que realmente importa no es el tamaño o el color de la kipá, el largo de la falda, nuestro apellido, el lugar donde vivimos, o el colegio donde van nuestros hijos, lo que sí importa, es que somos todos parte del mismo pueblo, que hoy en día, después de un pequeño descanso de pocos meses, estamos nuevamente luchando contra un pueblo que nos quiere exterminar, que trata como héroe a cada uno de sus miembros cuando matan a un judío, que no le basta con hacer daño, sólo desean destruir. Pero nuestra arma es la más poderosa de todas, con la ajdut, no sólo este periodo oscuro va a terminar, sino que, con ella vamos a ser capaces de traer de una vez por todas, el reino de Dios al mundo.

Cuando sientas que ya no puedes más, acuérdate que Dios es tu luz.

Cuando creas que no tienes armas para defenderte, haz algo bueno por otra persona, por tu esposo, por tus hijos, por tu hermano, por tu vecino, por tu amigo o por alguien que no conoces. Porque a través de toda la historia de nuestro pueblo, hemos aprendido que la única forma de vencer al que nos quiere destruir, es con fe y unión.

El pueblo judío vive.

3/11/2015

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