Hallel Ariel era una niña hermosa de tan sólo trece años, con una sonrisa vibrante, atlética y encantadora, ella recién había comenzado sus vacaciones de verano. “Tenía todo un futuro por delante”, se lamentaba su madre sollozando.

La noche del 29 de junio, Hallel se quedó despierta hasta tarde para aparecer en un muy anticipado espectáculo de danza. A la mañana siguiente, ella durmió hasta más tarde de lo acostumbrado. Hallel estaba durmiendo pacíficamente en su cama cuando un terrorista árabe traspasó un muro de seguridad, entró a la casa de la familia a través de la ventana del dormitorio de Hallel y la apuñaló una y otra vez.

Una de mis mejores amigas estaba trabajando en la sala de emergencias del Hospital Shaarei Tzedek de Jerusalem cuando el cuerpo sin vida de Hallel fue ingresado de urgencia. Todo el mundo lloraba, recordó. Cuando se hizo evidente que no podían hacer nada para salvarla, la madre de Hallel, Rina Ariel, comenzó a sollozar.

“No fue como ningún otro sonido que haya escuchado alguna vez”, explicó mi amiga, sacudida hasta la médula. “Sonó como si le hubiesen arrancando un pedazo de su alma”.

A medida que leía sobre el asesinato de Hallel, no podía dejar de imaginar si esto, Dios no lo quiera, le hubiese pasado a mi propia hija de 13 años. Yo temblaba de miedo ante la inimaginable barbarie. Sin embargo, muchos reportaron la muerte de Hallel no como una tragedia humana, sino simplemente como el último desarrollo político en el interminable conflicto.

NBC News explicó que Hallel vivía en un “asentamiento judío conflictivo” (la ciudad de Kiryat Arba, a unos pocos kilómetros al sur de Jerusalem), como si eso excusara de alguna manera, o por lo menos explicara su asesinato.

Reuters removió el foco de atención de Hallel por completo, centrándose en cambio en su asesino con el titular: “Palestino mata a adolescente en asentamiento israelí y luego es asesinado a tiros”. Muchos medios de comunicación presentaron el horrible asesinato como una “nota al pie” de menor importancia, apenas mereciendo una mención en las noticias.

Y obviamente, algunas agencias de noticias palestinas directamente alabaron al asesino de Hallel. La agencia de noticias oficial de la Autoridad Palestina se refirió al asesino de Hallel como un “mártir”. Y una estación de noticias locales de Hebrón citó a la madre del asesino elogiándolo con efusión, vociferando: “Mi hijo es un héroe. Estoy orgullosa... si Alá quiere, todos seguirán su camino, todos los jóvenes de Palestina. Alá sea alabado”.

El New York Times hizo lo imposible para tratar de psicoanalizar al asesino. “Él puede haber estado tratando de emular a una joven de su ciudad natal, o tal vez intentando vengar su muerte” después de que ella fue neutralizada tratando de matar judíos en un atentado previo. El Chicago Tribune hizo hincapié en la relación de Hallel con el miembro del gabinete israelí Uri Ariel (un primo lejano), e informó sobre sus puntos de vista a favor de los asentamientos, como si de alguna manera esto racionalizara su frenético asesinato.

En todos los informes sobre su muerte Hallel perdió el protagonismo y fue reducida a una caricatura, a un mero símbolo. En los reportes ella es una "colona". Un obstáculo para la paz. Alguien cuya vida es desechable, cuya muerte no nos impacta.

Es el mal el que crea una sociedad que educa e infunde odio para generar un culto a la muerte y una especie de idolatría a los asesinos de niños inocentes. Es el mal el que conduce a un terrorista a entrar en la casa de Hallel Ariel y apuñalara hasta la muerte mientras dormía plácidamente. Como Rina Ariel dijo en el funeral de Hallel: “Estoy aquí con mi corazón herido, y me dirijo a usted, la madre árabe musulmana que envió a su hijo a apuñalar a mi hija. Yo le enseñé a mi hija a amar. Y usted le enseñó a su hijo a odiar. Véanlo con sus propios ojos. Nosotros somos fuertes, estamos aquí. Y no nos iremos a ningún lado. Porque Dios, que es la gloria de Israel, no miente ni se arrepiente”.

Y también existe el mal en los medios de comunicación; tomar a una hermosa y vivaz adolescente, y justificar o racionalizar de alguna manera su asesinato para minimizarlo.

El antídoto ante este mal es recordar a Hallel, no como un símbolo, no como un factor más en un conflicto político, sino como una adolescente gloriosa que tenía todo un futuro por delante; debemos recordarla y afligirnos por su asesinato. Estremecernos ante el mal que la mató. Permite que su muerte toque tu corazón, como si fuera tu propia hija la que hubiese sido asesinada brutalmente. De esta manera, por lo menos podremos retener nuestra humanidad ante este mal absoluto.