A mí también me acuchillaron por ser judío.

El cobarde atacante apareció por detrás y me enterró profundamente un cuchillo en la espalda, justo a la izquierda de mi omóplato derecho; el cuchillo estuvo a pocos centímetros de penetrar mi pulmón. La segunda cuchillada fue en el músculo de mi tríceps derecho, y en comparación a la primera y más devastadora herida, fue menor. Grité por la conmoción y cuando giré, vi al atacante corriendo por la calle.

Al principio el dolor no era más fuerte que un golpe y, en un comienzo, pensé que el ataque había sido sólo eso: un golpe azaroso. Confundido y sin entender qué había ocurrido, estiré mi brazo izquierdo por sobre mi hombro derecho para tocar la herida y me sorprendí al encontrar que mi dedo entraba con facilidad por la carne de mi espalda. Al ver mi mano cubierta de sangre, entendí lo que había pasado.

Como aprendí durante mi servicio en la unidad de infantería Golani de las FDI, cuando uno es herido en 'merkaz massa', en cualquier lugar del torso, tener tos con sangre es señal de que los pulmones han sido perforados y entonces es sólo cosa de tiempo para que la víctima se ahogue en su propia sangre.

Mientras buscaba en mi boca si había señales de sangre, golpeé en la ventana del edificio más cercano y pedí a gritos que alguien llamara una ambulancia.

Lo que hace que mi historia sea digna de atención no es la milagrosa forma en que evadí la muerte. Lo que hace que mi historia sea digna de ser contada es que no ocurrió durante mi servicio en las FDI en el Líbano, en Gaza o en Hebrón, ni tampoco ocurrió en los más de 15 años que he vivido en Jerusalem. Mi acuchillamiento ocurrió en la ciudad de Nueva York. Y fui acuchillado por una persona que —según me contó posteriormente la policía— necesitaba acuchillar a un judío para ser aceptado en una pandilla.

Mientras me encuentro sentado acá, en mi departamento de Jerusalem, escuchando las sirenas que se han vuelto parte de la devastadora rutina, escribo este artículo en respuesta a las publicaciones que he visto en Facebook por parte de nuevos inmigrantes que cuestionan su decisión de mudarse con sus esposas e hijos al medio de una Intifada, en la cual muchos tienen miedo incluso de salir a la calle.

Debemos abrir nuestros ojos. Puede ocurrir en cualquier lugar. En Francia, en Londres, en Seattle, en Nueva York, en Australia…

Los judíos son atacados en todas partes, con una creciente frecuencia y ferocidad, día tras día. Sólo basta con dar un vistazo rápido a las noticias para ver el alarmante aumento del antisemitismo en el mundo.

Cuando un judío es asesinado en la diáspora, se une a las millones de personas que han muerto y que han sido martirizados por causa de su judaísmo. Pero hay algo que es sumamente diferente cuando ocurre aquí, en Israel. Cuando somos atacados aquí no es sólo por nuestra identidad, sino que es por nuestra misión. Aquí no somos trágicas víctimas, sino pioneros que trabajan para cumplir con un sueño de 2.000 años de establecer el primer estado judío en nuestra amada tierra nacional.

La creencia de que podemos escapar y encontrar refugio en otro lugar no es más que una ilusión.

El hombre siempre se ha rehusado a aceptar que su salud, vida y destino no está en sus manos. Todo lo que está en nuestras manos es si las decisiones que tomamos se basan en miedo o deseo; si decidimos tener vidas ordinarias o si elegimos hacerlas extraordinarias.

Rav Stewart Weiss, de Raanana, padre del soldado asesinado Ari Weiss, me contó una historia que ilustra de gran manera este importante punto.

Él me contó que después de que su hijo fue asesinado, una mujer llegó llorando a golpear su puerta. La mujer le dijo a Rav Weiss: “Yo nací y fui criada en Israel, pero cuando mi hijo cumplió 16, mi esposo y yo decidimos irnos.

Temíamos por nuestra seguridad.

“Si estaba destinado a morir joven, debería haber muerto en un uniforme de las FDI, no en un automóvil en California”.

Sabíamos que pronto tendría que entrar al ejército israelí —y él ya nos estaba insistiendo que quería entrar a una unidad de combate—, y nosotros no podíamos soportar la idea de que corriera peligro. Así que empacamos nuestras cosas y nos mudamos a California, lejos de la zona de guerra del Medio Oriente”.

La mujer bajó su cabeza y sollozó por unos minutos hasta que reunió fuerzas para seguir hablando.

“Cuando él tenía 18, y aún soñaba con servir en las FDI con sus amigos de secundaria, le compramos un automóvil. Esperábamos que esto le subiera el ánimo y lo hiciera feliz. Hace tres meses, poco después de su cumpleaños número 21 —la misma edad que tenía vuestro hijo—, él falleció en un accidente automovilístico. Es por eso que he venido hoy a decirte cuán tonta fui por haber sacado a mi hijo de Israel”.

“Si estaba destinado a morir joven, debería haber muerto en un uniforme de las FDI, no en un automóvil en California. Debería haber sido un héroe, como vuestro hijo, y no una mera estadística”.

La verdad es que incluso con esta reciente ola de terrorismo, nos mantenemos fuertes y determinados. Por cada mensaje de miedo y duda, hay muchos otros que expresan un fortalecido compromiso.

No debemos dejar que estos malvados ataques debiliten nuestra determinación, no sólo porque eso les daría a los terroristas la victoria que tanto desean, sino porque ceder ante nuestros miedos sería traicionar el sacrificio de aquellos que nos han traído hasta este importante momento de la historia judía; un momento en el que todos y cada uno de nosotros merece ser un actor principal de la historia judía, ayudando a que la misión judía avance con el mero hecho de levantarse cada día por la mañana en Israel.

Prestemos atención a las palabras de Yehoshua, quien también se enfrentó a una difícil misión, y quien le exclamó al joven pueblo de Israel: “Sean fuertes y valientes, no teman ni se sientan abatidos, ya que Dios está con ustedes”.

Este artículo apareció originalmente en el Jerusalem Post.