Querido trabajador árabe inocente,

Te veo todos los días. Tú repones las repisas en el supermercado, sacas las hojas de la acera, y recolectas las bolsas de basura en el camión. Te haces cargo de las cosas que necesito, pintas mis centros comunitarios y desinfectas los baños de mi clínica local.

Probablemente eres un padre de familia. Apuesto a que te gusta el café turco y una dosis diaria de hookah. Trabajas duro, largas horas para mantener a tu familia, generalmente haciendo un trabajo por el cual nadie te da las gracias. Seguramente disfrutarías de un poco de reconocimiento, de una chispa de humanidad.

En mi infancia en Nueva York, mis padres me enseñaron a tratar con gran respeto tanto a los trabajadores judíos como a los gentiles. Sonreíamos, los halagábamos y les ofrecíamos algo frío para beber. Adorábamos a nuestras amas de llave y nuestros empleados de mantenimiento, les comprábamos regalos de navidad, los ayudábamos a enviar a sus hijos a la universidad.

Cuando te veo, esforzado trabajador árabe, quiero hacer lo mismo. Quiero saludarte, decirte “gracias”, enseñarle a mis hijos que todos los seres humanos fueron creados betzélem Elokim, ‘a imagen de Dios’, y que merecen el mayor de los respetos. Quiero expresarte mi apreciación por tu trabajo, por tu esfuerzo.

Pero con cada acuchillamiento, con cada masacre en una sinagoga, con cada “accidente” de automóvil, tu gente me está quitando esta oportunidad. Me están quitando la oportunidad de mostrar una cuota de decencia básica.

Mis hijos tienen miedo y no se atreven a saludarte. En lugar de eso, cuando escuchan tu acento árabe y te divisan a lo lejos, entierran sus cabezas en mi falda y aceleran el paso, dándome codazos para indicarme que mejor crucemos a la acera opuesta. Yo quiero decirles “Está bien niños, estos son árabes buenos. Estos son árabes que sólo quieren ganarse su sustento”. Pero en lugar de eso, trago con dificultad y sigo caminando lo más rápido posible.

No es difícil esconder un cuchillo.

“¿Todos los gentiles son malvados?”, me pregunta mi hijo de cuatro años. “¿Todos los gentiles quieren herir y acuchillar a los judíos?”.

“¡No!”, exclamo yo. “Hay muchos gentiles que son maravillosos y preocupados. ¡Hay millones de ellos!”.

“Está bien, ¿pero hay gentiles buenos en Israel?”, pregunta mi hijo mayor.

¿Qué debo responderles?

Estimado árabe compasivo: Estoy segura de que existes en algún lugar. Estoy segura de que en algún lugar de las calles de Belén, Nazaret y Ramala hay muchos árabes inocentes que están cansados de los asesinatos de madres, padres y bebés, que quieren tener vidas pacíficas y productivas.

Pero cuando te veo en la calle, ¿cómo puedo estar segura de que eres uno de “ellos”?

La democracia establece que el acusado es inocente hasta que se pruebe lo contrario. Pero aquí, en las ancestrales calles de Jerusalem, no podemos darnos ese lujo. Cuando el trabajador de construcción que tu vecino ha conocido hace más de una década lo apuñala en el pecho; cuando el joven que apilaba los tomates de tu verdulería entra a tu sinagoga con un hacha, cuando el técnico de Bezeq que instaló tu línea telefónica atropella con el vehículo de la compañía a un rabino erudito de Jerusalem, ya no podemos otorgar el beneficio de la duda.

Es demasiado lo que está en juego.

Querido y esforzado trabajador árabe: muéstrame tu humanidad. Distínguete entre los sanguinarios terroristas. Rechaza el repulsivo adoctrinamiento que no ha hecho nada por tu pueblo. Ama a tus hijos más de lo que odias a los nuestros. Dame la oportunidad de enseñarles a mis hijos que eres moral y decente.

Y la próxima vez que te vea en la calle, nos detendremos, te ofreceremos una cálida sonrisa, algo frío para beber y te diremos: “Gracias, te valoramos”.