Hace poco dije el último kadish por mi madre. Han pasado 11 meses completos desde su muerte y, de acuerdo a la costumbre askenazí, uno deja de recitar kadish en ese momento.

A la mañana siguiente, alguien me preguntó en el shul:

—¿No más kadish?

—Es el Iom hafsaká —le dije—, el "día de interrumpir", como es llamado en la literatura rabínica.

—¿Tan rápido? —preguntó—. No puedo creer que ya haya pasado un año.

“No, no pasó tan rápido”, quería decirle. Fueron 11 meses sumamente largos. Cada mañana, tarde y noche corrí —literalmente— por la pequeña colina hasta la sinagoga para decir kadish; con nieve, hielo y lluvia; atravesando huracanes y con un calor insoportable. No importaba si yo estaba en casa o fuera, siempre que se reunían 10 hombres yo decía kadish por ella tres veces al día. Lo dije con mi hermano y con otros hombres en el shul, al unísono y también solo:

Que Su Nombre sea exaltado y santificado… en un mundo que creó de acuerdo a Su voluntad… que Su salvación florezca y que el Redentor venga en nuestras vidas y en las vidas de toda la Casa de Israel…

En el shul, la costumbre es que el doliente lidere la plegaria. Pero también hay otros dolientes, por lo que uno comparte la posición. Además, también hay una jerarquía, un protocolo. Cuanto más nuevo es el doliente, más urgente es la obligación; quien está dentro de los primeros 30 días de duelo tiene prioridad por sobre quien está en el año de duelo. Pero sin embargo, quien ha llegado al "día de interrumpir" vuelve a tener prioridad por sobre todos los demás. Las fechas importantes "renuevan" la aflicción.

Así, en aquella mañana hace dos semanas —cuando dije mi último kadish—, fui elegido para liderar la plegaria. Y me conecté con mi madre en aquella manera únicamente judía y distintivamente comunal por última vez.

Recordando a mamá

Mi madre era —por sobre todas las cosas— amable, incluso cuando tenía razones para no serlo.

Cuando yo tenía apenas tres años, comencé a hacerle la vida imposible en la cocina. Un día en el desayuno, ella estaba junto al horno con una sartén vacía en la mano y me preguntó:

—¿Quieres un huevo o dos?

Sólo para molestarla, dije:

—Seis, quiero seis huevos.

Ella dijo que nunca me comería seis huevos, pero yo le prometí que lo haría, por lo que me hizo un omelet de seis huevos. Era tan grande como una torta. Le di dos mordiscos y no pude comer más. Entonces me dijo amablemente:

—¿Ves?

Y luego tiró el resto, sin decir una sola palabra. Nunca lo volví a hacer.

En sus últimas semanas, le recordé esta historia. Sonrió ampliamente; la recordaba tan bien como yo.

Cuando yo tenía cinco o seis años, mi madre hizo una torta para su amiga. Puso la mezcla en un molde de torta y la dejó sobre la mesa por unos minutos. Antes de que ella pusiera la torta en el horno, metí una cuchara en la mezcla sin que se diera cuenta. La torta se horneó con una cuchara saliendo para arriba. Después de superar la impresión inicial, ella dijo sin ninguna muestra de enojo:

—Parece que tendré que hornear otra torta. Esta la comeremos nosotros.

Esa indisposición a maltratar a quien fuera era una parte esencial de su personalidad.

De adulto llegué a entender que esta indisposición a maltratar a quien fuera era una parte esencial de su personalidad. Nada justificaba una pelea. Incluso si el resto de la familia maldecía a los enemigos de mi padre o del pueblo judío, su respuesta era, con su particular acento inglés: "¡Por favor, siguen siendo personas! ¡No se puede tratar mal a las personas!".

La amaba mucho pero, a pesar de nuestro cercano vínculo, entendía muy poco sobre ella. Ella no revelaba casi nada sobre sí misma, salvo por una pequeña historia que había ocurrido mucho tiempo atrás. Ocurrió en el año 1947, cuando ella aún no era siquiera adolescente; había conseguido el rol protagónico en una producción de Blancanieves en Bournemouth, la famosa ciudad costera de Inglaterra. Pero nunca llegó a actuar. Su padre la sacó del rol por considerarlo inapropiado para una niña judía jasídica.

A pesar de haber reconocido más tarde que en el momento había estado "desilusionada", afirmaba haberlo superado por completo. ¿Qué era Blancanieves en comparación a las "riquezas" disponibles para una virtuosa hija del pueblo judío?

Ella vivió como muchas mujeres judías de su generación: no como una entidad separada, sino más bien como una especie de lugar para que otras entidades se encontraran, lo cual me incluía a mí. Mi vida era de ella y la de ella mía, pero ella le pertenecía también a su madre, a su padre y a su esposo. Si el objetivo de la vida es separarse y convertirse en uno mismo, tanto ella como yo fracasamos miserablemente en esa simple pero difícil tarea; juntos y por separado.

Al igual que muchos hijos, me embarqué en un proyecto para intentar mejorar a mi madre durante gran parte de mi vida. Quería mostrarle que el mundo iba más allá de la cocina, el shul y el pedigrí rabínico de su familia, del cual ella estaba profundamente orgullosa. Pero ella no caía en nada de eso; tenía su propio camino. A mi parecer, ella tenía su propio contrato con la vida: sé una buena y leal hija de tus padres y del pueblo judío, una buena esposa para tu marido, vístete bien y habla apropiadamente, y el mundo te retribuirá siendo amable y decente contigo. Ella nunca se dejaba seducir por grandes deseos, ambición o arrogancia. Para ella, los pequeños placeres eran los grandes placeres: una comida de Shabat, una caminata, un episodio de una serie televisiva dramática.

Mi madre estaba dedicada a la vida. Y durante su vida, aborrecía la muerte. Era hermosa y trabajaba muy duro para permanecer y para verse joven. Su éxito era espectacular; en fotos tomadas hace 18 meses, parecía décadas menor (ella tenía 74 años). De hecho, nunca envejeció; en lugar de eso, ella se enfermó. Pero a pesar de eso, un gran enigma para mí es que no me sentí abandonado por ella cuando murió; en uno de los ingeniosos y sombríos trucos de las relaciones íntimas sentí como si fuese yo quien la abandonó a ella.

Asesinados en Majdanek

Mi zeide, su padre, me dijo hace muchos años atrás que uno tiene
"suerte" de poder recitar kadish. Sus padres fueron asesinados en Majdanek; él no sabía la fecha exacta de sus muertes y se enteró de lo ocurrido sólo cuando llegó a Inglaterra después de la guerra en base a lo que relataron los sobrevivientes. No pudo decir kadish por nadie.

Me estaba conectando con el alma de mi madre, la cual estaba suspendida sobre la tierra.

En ocasiones, durante los meses en que lideraba el kadish, no sólo sentía estar conectándome con Dios y con el cosmos, sino que también me estaba conectando con el alma de mi madre, la cual estaba suspendida sobre la tierra, levitando. A menudo, en particular al principio, podía ver la historia de su vida delante de mí. Construí un montaje, un álbum de recortes imaginario en mi mente: una vieja foto de ella, de cuando tenía 5 años y estaba disfrazada de sirena durante el bombardeo masivo en Londres. Algunas fotografías de ella cuando era una madre joven y se parecía a Jacqueline Kennedy. Y otras de cómo se veía durante sus últimos meses, cuando ya estaba terriblemente enferma.

Este último y triste capítulo, el invierno de su muerte, me llevó a pensar también en otras cosas: “No le importo a Dios —pensaba—, y a mí no me importa Él”. ¿De qué otra forma podría sentirse uno? Vi su vida menguar con gran rapidez por una brutal cepa de cáncer. Traté de olvidar, pero nunca lo logré.

Pensé que debía salvar a mi madre mientras aún vivía, pero obviamente no pude; ¿cuán absurdo es pensar que podría salvarla ahora que está muerta? Y sin embargo, ésta es exactamente la idea del kadish: un hijo debe decir kadish para salvar a su madre del gueinom, del infierno. El kadish tiene el propósito de elevar el alma del difunto desde las profundidades, de alivianar su "castigo" y de "enfriar" los fuegos del más allá; de alivianar su carga. Decir kadish es la obligación sagrada de un hijo. Sabemos por tradición que, salvo las personas muy malvadas, nadie permanece en el gueinom más de 11 meses. Por ende, el kadish es recitado sólo durante 11 meses. En la muerte, al igual que en la vida, un hijo se siente obligado a salvar a su madre.

La ira hacia Dios y hacia el comportamiento del mundo me dio, por lo menos, energía cuando decía kadish; pero peor, mucho peor que eso, fueron los períodos en los que aparentemente no tenía ningún sentimiento. El kadish a menudo pareciera ser en sí mismo un castigo, superpuesto y fuera de lugar. Obsequiosas y compelidas alabanzas al Creador de la vida y la muerte, parecía una doctrina para adormecer la mente y el alma, Dios no quiera. El canturreo del doliente.

Gracias a Dios, estos períodos de "carencia de vida" no caracterizaron mi muy "buen" año de luto. De hecho, fueron fuerzas poderosas puestas en acción hacía mucho tiempo las que me llevaron una y otra vez a liderar las plegarias, para decir kadish y para hacerlo bien, con sentimiento.

Mirando hacia atrás, hacia los últimos 11 meses, puedo ver que hubo placeres o satisfacciones fortuitas al decir kadish. Me hizo enfrentar, a los 49 años, mi propia incursión a la vejez: pasar a ser un hombre mayor, con canas y pérdidas irrecuperables, alguien que podía ser llamado ocasionalmente en el shul para decir algo sabio a pesar de no ser un rabino.

Durante esos meses, a pesar de la incredulidad, la ira y el aletargamiento, dije kadish con un objetivo en mente: decir una hermosa plegaria en nombre de una hermosa mujer, mi madre. En general tuve éxito, y multitudes se pararon detrás de mí respondiendo mi kadish al unísono: “Yehé shemé rabá meboraj lealam ulalmei almaiá”, que Su gran nombre sea bendito por siempre, para toda la eternidad.

Puede que yo, que no pude salvarla en vida, la haya salvado en la muerte. Pero eso ya terminó.

Ella y yo debemos ahora vivir una separación más horrible aún. El kadish ya no nos unirá. Ella ya no necesita mi rescate. Durante estos últimos 11 meses, ella necesitó mi plegaria. Puede que yo, que no pude salvarla en vida, la haya salvado en la muerte. Pero eso ya terminó. ¿Qué será de mí y de ella? El tiempo seguramente tratará de romper esos lazos; el tiempo siempre pareciera ganar. Pero no estoy convencido. El tiempo y la consciencia existen en dos ámbitos diferentes. Los años pasan, pero un hijo recuerda.

En cierto sentido, la plegaria de kadish era para mi madre: una mezcla de rectitud, entereza y piedad, el equivalente espiritual a la "inmutabilidad". A pesar de todo, Dios existe. Aunque no lo veamos, queremos verlo; así es como es visto. Hay un antiguo dicho del Rebe de Kotzk:

—¿En dónde está Dios? —le preguntó un hombre.

—En donde sea que dejes que esté —le contestó el Rebe.

Mi madre seguramente hubiese estado de acuerdo con el maestro jasídico.

La primera mañana en el shul después de mi Iom Hafsaká, todo estuvo tranquilo después del servicio. No hubo kadish. Y el silencio fue, inesperadamente, absolutamente hermoso.

Este artículo apareció originalmente en el sitio Tablet Magazine (sitio en ingles).