Yo nunca criticaría a los sobrevivientes del Holocausto. Incluso si no estoy de acuerdo con ellos, prefiero el silencio antes que la desaprobación.

Su dolor vence mi juicio. Su angustia supera mis sentimientos.

No me atrevo a hablar mal de Eva Mozes Kor, cuya historia se volvió viral el último mes. ¡Y vaya que tiene una historia! Eva actualmente tiene 83 años y sobrevivió al infierno de Auschwitz y al famoso médico nazi Josef Mengele, quien llevó a cabo espantosos “experimentos médicos” en los prisioneros que tenían la dudosa distinción de ser mellizos. Escuchar lo que ella sufrió es demasiado doloroso para expresarlo con palabras.

Miriam, la hermana melliza de Eva, eventualmente sucumbió a su tortura. Pero Eva, quien sigue viva, llegó a una decisión prácticamente increíble. Esa es la razón de la sorprendente popularidad de su video llamado “El poder de vivir y perdonar”. Finalmente Eva eligió perdonar a su torturador, el hombre conocido como “el ángel de la muerte de Auschwitz”.

Eva relata: “Imaginé que Mengele estaba conmigo en la habitación. Tomé un diccionario y escribí 20 palabras desagradables que leí en voz alta y con claridad a ese supuesto Mengele que estaba en la habitación. Y al final dije: ‘A pesar de todo eso, te perdono’. Me sentí bien”.

Como una decisión personal para sí misma, no puedo más que alegrarme de que haya encontrado una medida de autocuración. Si eso es para ella una fuente de confort, debo respetar sus deseos. Sin embargo, lo que no puedo aceptar es el veredicto de millones de espectadores que sugirieron que ahora Eva se ha convertido en la personificación de la víctima ideal del barbarismo nazi: un alma sagrada en virtud de su disposición a olvidar y perdonar, un modelo perfecto para el resto de los sobrevivientes o para los estudiantes de la demasiado reciente historia moderna.

Para unas pocas personas selectas, el perdón en esta situación puede ser la mejor opción para su propia curación personal y su supervivencia psicológica. Pero no tiene fuerza teológica ni es moralmente aceptable.

El hecho de perdonar a aquellos que de forma personal no expiaron por sus pecados implica afirmar que en verdad el arrepentimiento no es necesario.

Mengele murió siendo un pecador que nunca se arrepintió. Él nunca expresó ningún remordimiento, vergüenza o arrepentimiento. Nunca manifestó ninguna disculpa por sus acciones, ni intentó sinceramente expiar por sus crímenes. Perdonar el mal sin exigir una admisión de culpa es respaldarlo y otorgarle una legitimidad que le da más fuerza en vez de ayudar a crear las condiciones para que sea rechazado.

El hecho de perdonar a aquellos que de forma personal no expiaron por sus pecados implica afirmar que en verdad el arrepentimiento no es necesario. ¿Acaso puede haber algo más inmoral que alentar el mal al abstenerse de condenar a aquellos que lo cometieron?

La reacción positiva al video de Eva está en sincronía con los modelos contemporáneos del comportamiento psicológicamente correcto, así como de los actos justos “aprobados por la religión”. Al día siguiente de la masacre en la escuela secundaria de Columbine, un grupo de estudiantes anunció que perdonaba a los asesinos. Poco tiempo después del atentado en Oklahoma, algunas personas emitieron un llamamiento para perdonar a Timothy McVeigh. Y el 12 de setiembre, inmediatamente a continuación de la tragedia del 11 de setiembre, en varios campos universitarios de los Estados Unidos hubo grupos que suplicaron que se perdonara a los terroristas responsables de los espantosos eventos del día anterior.

Estos fueron gestos profundamente equivocados de compasión que tenían consecuencias potenciales trágicas. El mal que no es cuestionado es un mal perdonado. Perdonar y olvidar, como lo expresó tan bien Arthur Schopenhauer, “implica arrojar por la ventana una experiencia valiosa”. Y sin el beneficio de las lecciones de las experiencias vividas, estamos prácticamente condenados a repetirlas. Por eso, perdonar a quienes no se arrepintieron antes de morir es convertirse en un cómplice de sus futuros crímenes.

Artículos recientes han tomado nota del fenómeno contemporáneo de “la vergüenza de no perdonar”. Perdonar, sin importar cuál sea la ofensa original, ha alcanzado tal glorificación moral que aquellos que se niegan a unirse al coro de “te amo sin importar lo que me hayas hecho” se han convertido en quienes deben justificar su postura o ser avergonzados por la comunidad por su rígida “intolerancia”.

Jeanne Safer, una destacada psicoanalista y psicoterapeuta escribió respecto a una colega que se vio expuesta a comportamientos perturbados y agresivos de su hermano, quien nunca pidió disculpas por sus actos. “De forma contraria a la sabiduría convencional, negarse a perdonar o a tener más contacto con un pariente abusivo que no se ha arrepentido, es terapéutico. Si bien por lo general se cree que el perdón promueve la salud mental y alivia la depresión, hacer lo contrario puede expresar el derecho de la persona a vivir”.

Elizabeth Bernstein escribió en The Wall Street Journal: “En un primer momento ayuda a la persona que fue herida dejar de lado su ira, su resentimiento y su deseo de venganza. Pero perdonar también puede alentar al transgresor a volver a hacer lo mismo. Los expertos dicen que llegar al verdadero perdón es un camino que toma muchos años. Y a veces es mejor no perdonar”.

Jeffrie Murphy, un profesor de derecho, filosofía y estudios religiosos en la Universidad del Estado de Arizona, quien escribió sobre este tema durante muchos años, advierte que no se debe asumir que el perdón sea siempre la respuesta correcta y que aquél que no logra perdonar “no sea una buena persona o no tenga salud mental”.

Más y más voces comienzan a oírse afirmando que el perdón se debe ganar y que “perdonar para curarse a uno mismo”, sin recibir ninguna expresión de arrepentimiento, puede ser destructivo.

Algunas cosas son imperdonables. Los asesinos no arrepentidos son imperdonables. El genocidio es imperdonable. El holocausto es imperdonable. El ángel de la muerte, el Dr. Mengele de Auschwitz, nunca debe ser perdonado, aunque yo perdono a Eva Kor por escoger esa opción para sí misma mientras que prácticamente la mayoría de las víctimas la rechazan.