Cuando Henryk Ross se puso de pie para dar testimonio en el juicio a Adolf Eichmann, ya no era más un fotógrafo activo. De hecho, hacía 16 años que no sacaba ni una sola fotografía. Sin embargo, todo su testimonio se centró alrededor de su trabajo como fotógrafo, las imágenes que fue capaz de capturar, los negativos que sobrevivieron, a pesar de que las personas fotografiadas no lograron hacerlo.

Un niño buscando algo bueno, 1940-1944

Henryk Ross fue el fotógrafo oficial de esa porción del infierno terrenal llamado el gueto de Lodz. Una vez que el gueto desapareció, su trabajo terminó. Él había documentado las realidades de la vida y la muerte dentro de los muros del gueto, e hizo todo lo que pudo para asegurar que esas imágenes sobrevivieran la guerra. Pero él nunca más volvió a tocar una cámara.

Tarjeta de identificación de Henryk Ross del gueto Litzmannstadt (Lodz), 25 de diciembre de 1941 (Galería de arte Henryk Ross de Ontario)

Ross nació en 1910 y en el momento en que comenzó la Segunda Guerra Mundial era un experimentado fotógrafo deportivo. Cuando los judíos de Lodz fueron trasladados al nuevo gueto, él fue contratado por el Judenrat (el Consejo Judío) para crear documentación para el departamento de estadísticas. Pero Ross no estaba sólo (ni principalmente) interesado en cumplir con su trabajo oficial. Su verdadera misión era capturar escenas de la vida diaria en el gueto y documentar las atrocidades cometidas por los nazis.

Caminata en la deportación de invierno, 1940-1944

Si hubieran descubierto que Ross documentaba la terrible realidad de la vida en el gueto, su propia vida hubiese estado en peligro.

Ross pudo hacer esto gracias a su trabajo oficial, su enorme coraje y la ayuda de su esposa, Stefania, quien por lo general montaba guardia cuando él sacaba esas fotografías clandestinas. La principal razón por la cual Ross tuvo un trabajo fue porque la máquina de propaganda nazi estaba bien aceitada y era descarada: fotógrafos como Ross que vivían en el gueto y conocían de primera mano los horrores que tenían lugar, debían crear imágenes ficticias y alegres que le mostraran al mundo que los guetos eran barrios agradables, en los cuales la gente se podía ganar la vida de forma decente y disfrutar. Si hubieran descubierto que Ross documentaba la terrible realidad de la vida en el gueto, su propia vida hubiese estado en peligro. Pero eso no lo detuvo. Posteriormente, él afirmo que estaba decidido “a dejar un registro histórico de nuestro martirio”.

Retrato de dos niñas, 1940-1944

Hubo una ocasión especialmente memorable para Ross, y eso fue lo que contó en su testimonio en el juicio de Eichmann:

Yo conocía algunas personas que trabajaban en la estación ferroviaria de Radegast, que estaba fuera del gueto pero unida al mismo. En una ocasión había allí trenes destinados a Auschwitz. Ese día yo logré entrar a la estación disfrazado como un empleado de limpieza. Mis amigos me encerraron en un depósito de cemento. Estuve allí desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde, hasta que los nazis se fueron y el transporte había partido. Observé cómo partía el transporte. Escuché los gritos. Observé las golpizas. Vi cómo les disparaban, cómo asesinaban a aquellos que se negaban. A través de un agujero en una tabla de la pared del depósito saqué muchas fotografías” (1).

En el verano de 1944 los nazis comenzaron a liquidar el gueto de Lodz. Ross entendió que no le quedaba mucho tiempo. Con la ayuda de su esposa, enterró más de 6.000 negativos en el patio de su casa en la calle Jagielonska. Esperaba que algún día alguien llegara a encontrarlos. Apenas se atrevía a creer que él mismo pudiera llegar a ser la persona que los recuperaría.

Una madre y un padre con su bebé, 1940-1944

El gueto de Lodz fue liberado el 19 de enero de 1945 por el ejército soviético. No fueron muchos los judíos que vivieron para ver la liberación. Había en el gueto sólo 877 personas vivas. Una de ellas era Henryk Ross. Ese mes de marzo él rescató los negativos ocultos y decidido llevárselos a donde fuera. Muchos se habían arruinado a causa de la humedad, pero suficientes sobrevivieron, permitiendo que Ross sintiera que sus esfuerzos no fueron en vano. La guerra había terminado y él había logrado crear un registro histórico de la vida en el gueto, a pesar de los nazis.

Ross y su esposa hicieron aliá en 1956. Durante el juicio a Eichmann las fotografías de Ross fueron utilizadas como una parte del testimonio en contra de Eichmann. Pero sólo después del fallecimiento de Ross en 1997 se supo que él no sólo había documentado muerte y destrucción, sino que también había intentado capturar en el gueto auténticos momentos humanos: niños jugando a “nazis y judíos”, una madre sosteniendo con ternura a su bebé, dos niñas abrazadas. Es posible que estas fotografías sean todavía más inquietantes. Ellas capturan fugaces momentos de felicidad, pero uno no puede olvidar que poco después de haber sido tomadas, esos seres humanos inocentes se convirtieron en cenizas.

Un hombre rescata un rollo de la Torá de los escombros de la sinagoga en la calle Wolborska, 1940.

Actualmente, toda la colección de las fotografías de Ross se encuentra en la Galería de Arte de Ontario. En el Museo de Bellas Artes de Boston hubo una exhibición organizada por la Galería. Allí se expusieron más de 200 fotografías tomadas por Henryk Ross. La exhibición fue llamada “Un recuerdo desenterrado: Las fotografía del gueto de Lodz de Henryk Ross”. Al escribir sobre la exhibición, el New York Times eligió una fotografía como especialmente significativa: allí se ve a un joven llevando en sus brazos un rollo de la Torá, un rollo que acababa de salvar de una sinagoga en llamas. El artículo concluía con las palabras: “Un edificio había desaparecido, pero lo más sagrado perduró”.


Notas:

(1) Álbum del Gueto Lodz, pág. 155.