El joven estaba preocupado y vino a pedir mi consejo como rabino.

Él estaba profundamente enamorado de una mujer que contaba con todos los dones por los que siempre había rezado. Ella era bella, inteligente, sensible y recatada; una mujer con quien podía construir un hogar judío basado en los valores de la Torá que ambos compartían. ¿El problema? Ella era una guioret, una 'conversa al judaísmo'. Había llegado a su religión por elección y no por nacimiento y, la triste verdad, es que algunas personas en el mundo judío actual consideraban su estatus no una 'insignia de honor' ante potenciales candidatos, sino algo que había que tratar con cuidado, una razón para negarse a considerarla como una posible alma gemela.

“¿Debo terminar la relación?”, me preguntó el joven. “Muchos de mis amigos y mi familia me aconsejan no seguir adelante porque ella no creció de la misma manera que yo y no tiene en su familia ninguna figura rabínica prominente, ni modelos judíos destacables. ¿Qué debo hacer?”.

La pregunta era desgarradora. Una mujer que se vio atraída hacia la belleza del judaísmo, una religión que dice sólo una vez: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, pero repite 36 veces el mandamiento de amar al converso, era condenada al ostracismo por sus correligionarios…

¿Es que no recordamos la historia de Rut, la conversa moabita que eligió unirse a nuestra fe y a nuestro pueblo y tuvo el mérito de ser la progenitora del Rey David, y del Mashíaj mismo? Mucho más importante que su pasado era su futuro; al juzgarla era mucho más significativo no de dónde venía, sino a dónde la llevarían sus valores y su compromiso.

¿Acaso quienes tratan a los conversos como parias no conocen los antecedentes del brillante Rabí Akiva, la figura rabínica que el Talmud que fue comparado con Moshé Rabenu y que era descendiente de conversos?

Nuestra tradición fue bendecida con innumerables sabios de Torá que eran judíos por elección; conversos o hijos de conversos, incluyendo a Rabí Meir de fama talmúdica y a Onkelos, quien tradujo la Torá al arameo y cuyo comentario invariablemente aparece impreso en cada texto de la Torá.

A través de los años, siempre hubo sabios que alentaron a dar la bienvenida a estos judíos por elección. Ellos hicieron eco a la preocupación de la Amidá en la cual tres veces al día rezamos pidiendo el bienestar de todos los conversos. En el Talmud, Rabí Eliezer ben Pedat dijo que la razón del exilio es enriquecer a nuestro pueblo con más conversos (Tratado Pesajim 87b). La Cábala afirma que las almas de los conversos al judaísmo son similares a chispas Divinas que retornan a su fuente Divina.

Tal vez Maimónides lo expresó con máxima claridad en su famosa carta al converso Ovadiá. Ovadiá estaba preocupado por diversas expresiones litúrgicas, tales como “Dios nuestro y de nuestros antepasados” y “Quien nos ha elegido”, que aparentemente se refieren a un pasado histórico que no le pertenecía. ¿Acaso él debía decir esas cosas?

Maimónides comenzó su respuesta estableciendo sucintamente la regla: “Debes decir todo de la manera prescrita y no cambiar nada. El principio es que nuestro patriarca Abraham fue quien enseñó e iluminó a todas las personas, permitiéndoles conocer el camino verdadero y la unicidad de Hashem. Abraham objetó la idolatría, rechazó su servicio y llevó a muchos bajo la protección de las alas de la Presencia Divina, les enseñó y los instruyó, y ordenó a sus hijos y a los miembros de su casa cuidar el camino de Dios. Por lo tanto, cualquiera que se convierte y proclama la unicidad del Nombre de Hashem, tal como lo prescribe la Torá, se cuenta entre los discípulos de nuestro patriarca Abraham y es miembro de su casa… Nuestro patriarca Abraham es el padre de todas las personas dignas que siguen su camino, él es el padre de sus alumnos, y esto incluye a cualquiera que se convierte… No hay ninguna diferencia entre tú y nosotros en ningún aspecto”.

En una carta posterior, Maimónides señala la asombrosa observación de que se nos ha ordenado respetar a nuestros padres y obedecer a nuestros profetas, pero con respecto a los conversos tenemos una obligación todavía mayor: debemos amarlos.

Le dije a este joven que contemplaba la posibilidad de romper la relación con la mujer de sus sueños debido a los sentimientos negativos de sus amigos, que debía continuar adelante con la relación y le di mi más sentida bendición.

Esta historia ocurrió hace muchos años. Afortunadamente, hoy tengo la dicha de saber que tuve razón no sólo al alentarlo a seguir adelante sino al efectuar el matrimonio entre un judío por nacimiento y un judío por elección. Es una pareja que da méritos a nuestro pueblo y alegría a la comunidad de la cual forman parte. Sus hijos son una prueba de que más que la gloria de nuestro pasado, lo que importa es nuestra capacidad para enorgullecernos de nuestro futuro.

Y de una forma remarcable, quizás Dios me recompensó también de una manera más directa. Yo soy la décima generación de una familia de rabinos y en mi pasado, así como en la genealogía de mi esposa, hay muchas figuras rabínicas importantes. Con mi esposa tenemos tres hijas y un hijo. Todos ellos nos brindan mucha alegría y najas judío. Nuestro hijo eligió como su compañera de vida a una joven judía por elección; una mujer increíble de gran espiritualidad y coraje personal, tal como Rut de la historia bíblica. Su amor por el judaísmo, la vida judía y los valores judíos inspiran a todos los que la conocen.

La amamos, la respetamos y la admiramos por todo lo que ella ha agregado a nuestra familia. Por ella me vi motivado a escribir estas palabras, palabras que espero logren recordarnos valorar a aquellos que en virtud de su propia sabiduría eligieron voluntariamente unirse a nuestro pueblo, para que podamos apresurar el día en que todo el mundo reconozca a nuestro Creador.