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Ignorancia y prejuicios de los medios occidentales en el tema palestino

Ignorancia y prejuicios de los medios occidentales en el tema palestino

Cuando se trata de cubrir el conflicto palestino-israelí, la “ignorancia es felicidad”.

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Hace poco, dos periodistas occidentales pidieron que los acompañaran a la Franja de Gaza para poder entrevistar a colonos judíos. No, no es el principio de un chiste. Los periodistas estaban en Israel a finales de 2015 y hablaban muy en serio. Imaginen su bochorno cuando les indicaron que Israel se había retirado por completo de Gaza hace 10 años.

No hay más remedio que sentir algo de lástima por ellos. Estos colegas extranjeros eran novatos que pretendían llamar la atención viajando a un sitio tan peligroso como la Franja para informar sobre los colonos que vivían allí. Sin embargo, su petición no sorprendió a nadie, ni siquiera a mis colegas locales.

Estos periodistas paracaidistas, como a veces se les llama, son lanzados a la región sin que les impartan unas mínimas nociones sobre los hechos básicos del conflicto palestino-israelí. Por desgracia, este tipo de corresponsales constituye más la regla que la excepción. Me viene a la memoria un reportero británico particularmente desinformado.

Cuando Israel asesinó al fundador y líder espiritual de Hamás, Ahmed Yasín, en 2004, un periódico británico envió a Jerusalén al periodista encargado de la crónica negra para cubrir la noticia. Para él, la región y Hamás eran territorio virgen. Sus editores le habían enviado a Oriente Medio, según dijo, porque nadie más quería ir. Bueno, pues nuestro héroe informó sobre la muerte de Ahmed Yasín desde el bar del hotel American Colony. Según se afirmaba en la data del artículo, escribía desde la Franja de Gaza y había entrevistado a familiares del asesinado dirigente de Hamás.

A veces uno siente que es una especie de imán para este tipo de historias. Otro colega mío, residente en Ramala, me contó que hace unos años recibió una solicitud de un corresponsal novato que le pedía ayuda para organizar una entrevista con Yaser Arafat. El único problema es que por aquel entonces Arafat ya llevaba muerto varios años. Recién salido de la escuela de periodismo y sin la menor idea sobre Oriente Medio, por lo visto sus editores consideraban que el reportero era un candidato estupendo para cubrir el conflicto palestino-israelí.

Algunos de ellos incluso han llegado a asegurarme que antes de 1948 aquí había un Estado palestino con capital en Jerusalén Este. Al igual que los desinformados jóvenes colegas que pretendían entrevistar a los inexistentes colonos judíos de Gaza en 2015, se quedaron bastante desconcertados cuando se enteraron de que antes de 1967 la Margen Occidental estaba controlada por Jordania y la Franja por Egipto.

¿Hay alguna diferencia entre un ciudadano árabe de Israel y un palestino de la Margen Occidental o de Gaza? Es perfectamente posible que mis colegas extranjeros no tengan ni idea. ¿De verdad la carta fundacional de Hamás afirma que el movimiento islamista pretende reemplazar Israel por un imperio islámico? De ser así, es probable que mis compañeros internacionales no puedan decírselo.

Hace unos años, una periodista memorable pidió visitar la destruida ciudad de Yenín, en la que "miles de palestinos fueron masacrados por Israel en 2002". Se refería a la operación de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) en el campamento de refugiados de Yenín en la que murieron cerca de 60 palestinos, la mayoría de ellos armados, y 23 soldados israelíes.

Al margen de la lástima que provoca, semejante grado de desconocimiento (y de dejadez profesional) resulta difícil de imaginar en la era de internet. Pero cuando se trata de informar sobre el conflicto palestino-israelí, por lo visto la ignorancia da la felicidad. Las ideas erróneas acerca de lo que sucede aquí inundan los medios internacionales. La dicotomía bueno-malo encabeza la lista. Alguien tiene que ser el bueno (papel que se asigna a los palestinos) y alguien el malo (les toca a los israelíes). Y todo es proyectado y deformado a través de ese prisma.

Pero el problema es aún más profundo. Muchos periodistas occidentales que informan sobre Oriente Medio no consideran necesario disimular su odio a Israel y a los judíos. Pero cuando se trata de los palestinos, esos mismos periodistas no ven nada malo. Reporteros extranjeros residentes en Jerusalén o Tel Aviv se han negado durante años a informar sobre la corrupción económica y las violaciones de los derechos humanos endémicos en los regímenes de la Autoridad Palestina y de Hamás. Probablemente tengan miedo de que los consideren agentes sionistas o propagandistas al servicio de Israel.

Por último, tenemos a los periodistas locales contratados por medios y reporteros occidentales para que les ayuden a informar sobre el conflicto. Esos periodistas pueden negarse a colaborar en cualquier noticia considerada antipalestina. Los únicos tópicos admisibles son el sufrimiento palestino y el mal de la ocupación israelí. Por su parte, los periodistas occidentales tienen mucho interés en no irritar a sus colegas palestinos: no quieren que se les niegue el acceso a fuentes palestinas.

Así, la indiferencia de los medios internacionales ante la actual oleada de apuñalamientos y atropellos a israelíes no debería suponer ninguna sorpresa. Uno pasaría apuros para encontrar un periodista o un medio occidental que se refiera a los agresores palestinos como "terroristas". De hecho, los titulares internacionales suelen mostrar más simpatía por los palestinos abatidos tras cometer un ataque que por los israelíes atacados.

Naturalmente, todo lo anterior no puede aplicarse a todos los periodistas extranjeros. Algunos corresponsales procedentes de Estados Unidos, Canadá, Australia y Europa están muy bien informados y son muy ecuánimes. Pero por desgracia no son más que un pequeño grupo entre los grandes medios occidentales.

Los reporteros occidentales, sobre todo los que son lanzados a Oriente Medio, harían bien en recordar que hacer periodismo en esta región no es cuestión de ser proisraelí o propalestino, sino de ser pro verdad, aunque ésta vaya directamente en contra de lo que preferirían creer.

Fuente: Gatestone Institute. Traducido por El Medio

1/2/2016

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