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Israel a los 70: Más que una nación start-up

Israel a los 70: Más que una nación start-up

La bandera de Israel da testimonio de nuestra milagrosa misión, aún no concretada.

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Cuando visité por primera vez Israel era un joven de 24 años, un norteamericano orgulloso que adoraba la estatua de la libertad y el 4 de julio. Me impresionó ver flamear banderas israelíes en todas partes, desde los edificios gubernamentales hasta las casa privadas y las ieshivot. Después, al estudiar Torá y seguir las huellas de Abraham y del rey David, comencé a valorar de qué manera esa bandera (con su estrella de seis puntas y sus dos franjas azules) representaba un ideal floreciente, sin paralelo en la historia humana.

La idea se vio reforzada algunas semanas más tarde cuando finalmente fue liberado Natan Sharansky (después de pasar una década en la terrible prisión soviética por tener la audacia de desear ir a Israel). Esa misma noche me uní a cientos de judíos eufóricos en el Muro Occidental, levantando a Sharansky sobre nuestros hombros con un grito triunfante: ¡Am Israel Jai - el pueblo judío está vivo!

¿Cuál era el secreto de esta tierra mágica?

Cuando se declaró la independencia del estado de Israel, el mundo observó con gran expectativa. Todos sabían el increíble impacto que habían tenido los judíos, desde los grandes rabinos Maimónides y el Gaón de Vilna, hasta la obra innovadora de Freud, Einstein e incontables personalidades laureadas con el Premio Nobel. Si los judíos pudieron lograr eso a pesar de su difícil existencia (Cruzadas, Inquisición, pogromos y Holocausto), entonces al reunirse en su antigua patria sin ninguna duda transformarían el mundo.

El renacimiento del pueblo judío en su patria es algo sin precedentes en los anales de la historia.

Los primeros 70 años de Israel no han sido nada menos que sorprendentes. Israel creció de una población de 800 000 habitantes en 1948 a 8,6 millones en la actualidad, multiplicándola más de 10 veces. (En contraste, la población de los Estados Unidos apenas se incrementó un poco más que al doble en ese mismo período). Antes del holocausto, hace 80 años, sólo el 3% de los judíos del mundo vivían en Israel. Hoy viven allí el 45% de los judíos y por primera vez en 2000 años, el mayor centro de población judía es Israel.

En un sentido amplio, la creciente influencia económica, militar y diplomática de Israel la colocan como una de las 10 potencias del mundo. Israel ha logrado lo inimaginable al revivir al hebreo como un lenguaje hablado y “reunió a los exiliados” de forma milagrosa: cerca de un millón de inmigrantes de los países del Medio Oriente, y otro millón de la ex Unión Soviética, además del dramático retorno de los judíos de Etiopía y las “tribus perdidas” del lejano oriente.

El renacimiento del pueblo judío en su patria es algo sin precedentes en los anales de la historia.

Junto con la destacada emergencia de Israel como una nación de start up, en el campo de la educación de Torá el moderno Israel ha sido testigo de una explosión, con ciudadelas como Ponevitch, Jevrón y Mir, la mayor ieshivá del mundo con 9000 estudiantes. Allí es donde se le da forma a la ética judía: el equilibrio entre los derechos individuales y comunitarios, los asuntos relativos a los enfermos terminales y el código moral de la guerra moderna. También allí los judíos aprenden sobre su obligación de inspirar al resto del país, de crear relaciones públicas positivas para Dios y Su Torá. Como escribió Maimónides, la definición de Kidush Hashem es cuando alguien ve a una persona religiosa comportarse con bondad, compasión e integridad y piensa: “Si esto es lo que la Torá hace por una persona, entonces yo también quiero tenerlo”.

 Todo judío está obligado a crear relaciones públicas positivas para Dios y Su Torá

A pesar de todo lo que hemos logrado en 70 años, la misión histórica judía (llevar la luz de la Torá a toda la humanidad) todavía no se ha completado. El profeta nos asegura que la sabiduría que emana de las salas de estudio en Jerusalem un día “llenará la tierra con el conocimiento de Dios, tal como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).

Como dijo Rav Noaj Weinberg, el fundador de Aish HaTorá: “Lo he visto una y otra vez: cuando un judío se conecta con la Torá, eso provoca entusiasmo, energía y una pasión desenfrenada. Imagina a toda una nación de judíos con esta fuerza para transmitir el mensaje de una sabiduría racional y relevante para la vida. Con la tecnología, el mensaje puede transmitirse rápida y efectivamente. ¡Qué bello seria!”.

¿Cuál será nuestra pasión nacional? El padre fundador de Israel, el firme laico David Ben Gurión, estaba en una encrucijada. Por un lado, él proclamó el sueño de Israel “de ser un pueblo normal con sus propias prostitutas y ladrones”. Por otro lado, al presentarse en 1936 ante la Comisión Peel británica, él declaró: “La Biblia es nuestro mandato a la tierra”.

Aquí radica la dicotomía.

Sí, hemos logrado construir los mejores hospitales, rutas, escuelas e industria. Sí, hemos sido reconocidos como la “nación start up”, un líder de alta tecnología en ciencia, medicina, agricultura, energía y seguridad, con la mayor cantidad de compañías en la lista de NASDAQ fuera de los Estados Unidos. Sin duda estos son enormes logros, y todo lo hemos hecho en medio de boicots, terror y guerras.

Pero hay más. Si esta infraestructura es el “cuerpo” de Israel, la Torá es el alma de nuestra nación.

Una revolución moral-espiritual

Observemos de cerca la bandera israelí. En el centro hay una estrella de David, sus seis puntas simbolizan la presencia universal de Dios en las seis direcciones. El triángulo que señala “hacia arriba” simboliza al pueblo judío volviendo hacia Dios, y de esta manera activando un flujo recíproco de bondad hacia el mundo, simbolizado por el triángulo que apunta hacia abajo. A lo largo de nuestra larga y a menudo difícil historia, en definitiva nuestra única esperanza es confiar en Dios.

En la bandera de Israel, la estrella está enmarcada por dos franjas azules. ¿Qué es lo que ellas representan?

Uno de los símbolos más reconocibles de la conexión judía con Dios es el talit, con sus franjas. Se han encontrado mantos de plegaria con franjas en las cuevas en donde se escondieron los judíos durante la rebeliòn contra Roma en el siglo II, y esas franjas han sido utilizadas prácticamente por todas las comunidades judías durante un milenio. La leyenda dice que esas franjas del talit son las que adornan la bandera israelí.

Esto nos lleva de regreso a la misión judía: enseñarle al mundo sobre el monoteísmo ético, y cómo la santidad de la vida humana tiene sus raíces en la “imagen Divina” de cada individuo. Por esta razón los Diez Mandamientos fueron entregados en dos tablas paralelas: cinco en una tabla y cinco en la otra. El primer mandamiento de la primera tabla es creer en Dios, y corresponde al primer mandamiento de la segunda tabla, “no matarás”. El respeto a los otros se predica a partir del respeto a Dios.

De aquí fluyen los ideales revolucionarios que el judaísmo introdujo al mundo: educación universal, justicia, integridad, bondad, alfabetismo, paz, responsabilidad social, caridad, dignidad e igualdad, por nombrar algunos pocos.

Durante la época dorada del Templo Sagrado, Israel floreció como el epicentro moral y espiritual del mundo. Los no judíos visitaban el Templo, “la casa de plegarias para todas las naciones” (Isaías 56:7), y gobernantes como la Reina de Saba viajaban a Jerusalem para estudiar la sabiduría de la Torá.

En el proceso, los valores de la Torá se convirtieron en las piedras fundamentales de la civilización occidental. Como escribió el historiador no judío Paul Johnson: “Por cierto, el mundo sin los judíos hubiera sido un lugar radicalmente diferente… A ellos les debemos… la estructura moral básica de la mente humana”.

Ajad HaAm llamó a Israel; “el centro histórico de una idea espiritual itinerante”, un taller vivo en donde los elevados ideales judíos pueden convertirse en realidad.

Lo cual nos lleva a la pregunta crucial: Hacia adelante, ¿cuál será nuestra personalidad global? ¿Celebraremos nuestro universalismo secular, conciertos de rock, medallas olímpicas, bellas playas y la Mujer Maravilla? ¿De esa manera definiremos la expresión de ser “una luz para las naciones”? ¿Esa es la culminación de 2000 años de lucha y sufrimiento?

Hace algunos años, cuando visitó Israel una delegación de oficiales de salud de Rusia, el itinerario incluyó el Hospital Alyn en Jerusalem, el centro líder en el mundo de rehabilitación para niños con impedimentos físicos y discapacidades. El grupo recorrió un extenso complejo de avanzada terapia ocupacional, fisioterapia, hidroterapia, fonoaudiología y psicología. En un momento, uno de los representantes rusos le preguntó a su contraparte israelí: “Estos niños están enfermos e incapacitados. ¿Por qué se esfuerzan tanto en ellos?”.

Este es nuestro mandato hacia adelante. Ya sea al ayudar a los huérfanos de Jerusalem o a un pueblito en Tailandia, debemos enseñarle al mundo cómo cuidar con pasión a cada ser humano.

Hemos logrado mucho. Sin embargo Israel sigue siendo una obra en proceso. Mientras en el mundo existan la corrupción y el abuso, se necesita más luz de la Torá para alejar la oscuridad. Anhelamos ese día en el cual la nueva norma natural será que “el lobo habite con la oveja” (Isaías 11:6). Sin agresión, sin hipocresía. En este 70 aniversario de la Independencia de Israel, esta es nuestra esperanza y nuestra plegaria. 

18/4/2018

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