Tal vez lo más sorprendente sobre el antisemitismo y el odio mundial a Israel quedó ilustrado en la atemorizante crisis de agua de Cape Town.

Cape Town es una de las ciudades más bellas del mundo. Hasta hace poco, era también uno de los destinos turísticos más populares en Sudáfrica, responsable por lo menos del 10 por ciento de los $33 mil millones de dólares de entrada económica del país.

Pero ahora la ciudad enfrenta una crisis de proporciones inimaginables. Las fuentes de agua se han secado y muy pronto deberán cerrar por completo los grifos. Las estimaciones actuales afirman que este día (llamado el “Día cero”) tendrá lugar a mediados de abril.

Por ahora, hay un racionamiento de agua inusual en las ciudades civilizadas modernas. Se le pide a la gente no descargar agua en los inodoros, ducharse o bañarse con poca frecuencia y con una cantidad mínima de agua y no lavarse la cabeza se considera una señal de patriotismo nacional. El gobierno admite que están enfrentando quizás el colapso total de su economía, de su infraestructura y de su modo de vida.

Apenas Israel supo del problema de agua de Cape Town, ofreció asistencia voluntaria, dejando clara su capacidad y disposición para ayudar. Pero fue rechazado.

Cape Town tuvo conciencia de esta amenaza durante algún tiempo, y también tuvieron acceso a una fácil solución. Israel es un país que desarrolló los conocimientos necesarios para hacer florecer el desierto; su mínimo suministro de agua es suficiente para sus necesidades y transformaron en una realidad la desalinización de agua de mar para el uso cotidiano. Israel aprendió a reciclar aproximadamente un 85 por ciento de su agua y alcanzó lo que muchos consideraban imposible: que haya agua accesible a todos sus habitantes. Apenas Israel supo del problema de agua de Cape Town, ofreció asistencia voluntaria, dejando clara su capacidad y disposición para ayudar.

El ex embajador israelí en Sudáfrica, Arthur Lenk, y el embajador actual, Lior Keinan, así como los agregados económicos israelíes en Sudáfrica, todos efectuaron repetidos ofrecimientos a los cuerpos relevantes para ayudar con la crisis de agua de Cape Town. Los científicos estaban dispuestos a compartir sus conocimientos. Los voluntarios estaban preparados para ir a implementarlos. Las organizaciones estaban listas para ayudar con el planeamiento e incluso con el financiamiento necesario para evitar que el “Día cero” se vuelva una realidad.

Pero el gobierno de Cape Town apoya a los palestinos. Eso convierte a Israel en el enemigo. Y eso permite que el odio triunfe sobre la cordura y la enemistad, prefiriendo la calamidad antes que la oferta de salvación.

“Odiar es como quemar tu propia casa para liberarte de una rata”

Harry Emerson Fosdick lo expresó de la mejor manera: “Odiar es como quemar tu propia casa para liberarte de una rata”.

A comienzos del 2016, cuando comenzó a quedar claro que partes de Sudáfrica enfrentarían una de las sequias más severas de la historia, se convocó una importante conferencia para planificar el inicio y la implementación de programas específicos que previnieran la catástrofe. Enumerado en el programa como uno de los delegados, estaba el embajador israelí en Sudáfrica, Arthur Lenk, quien ya había dedicado muchos esfuerzos educando y asistiendo a la región siempre que era posible. Apenas esto se hizo público, el Prof. Lorenzo Fioramonti de la Universidad de Pretoria, anunció que no participaría. Esto fue seguido de inmediato por el movimiento BDS que logró convencer al gobierno de Sudáfrica para que cancelara por completo la conferencia sobre el agua debido a la participación de Israel.

Gracias a la creciente influencia de la población musulmana y el liderazgo del presidente pro-jihad Jacob Zuma, alineado con BDS, Sudáfrica se alegró de su capacidad de “rechazar a los israelíes” y negarle a Israel la capacidad de reclamar crédito por cualquier ayuda humanitaria.

Es difícil imaginar cuánta alegría debe haber hoy en un pueblo que sabe que está destinado en breve a ver morir de sed a sus ciudadanos antes que aceptar la ayuda de “esos malditos judíos”.

Es una historia trágica para Sudáfrica, pero es también mucho más que eso. Es un paradigma del conflicto entre el mundo y los judíos, entre los árabes y los israelíes. Entre aquellos consumidos por el odio y aquellos ansiosos por extender su mano para ayudar y ofrecer amistad incluso a sus más amargos enemigos.

Me resulta significativo que la crisis de Cape Town gire en torno al agua. El agua tiene un significado especial en la tradición judía. Es algo tan esencial para la vida que frecuentemente se utiliza como una metáfora de la Torá misma. El agua y la Torá son indispensables para sobrevivir. La Torá nos dice que cuando los judíos salieron de Egipto, no pudieron estar tres días sin agua. Por esta razón los Sabios instituyeron la lectura pública de la Torá en Shabat, los lunes y los jueves, para que ningún judío pasara tres días desprovisto de las palabras vitales que Dios regaló a la humanidad.

Nosotros somos el pueblo del libro. Nuestro rol como aquellos que fueron destinados a ser “una luz para las naciones” (en las palabras de Isaías), es traer al mundo las bendiciones de las aguas espirituales Divinas. Sin embargo, personas sedientas de encontrar significado en sus vidas y un propósito en su existencia, prefieren rechazarnos, incluso a costas de su propia supervivencia.

Aquí hay un ejemplo profundo de la irracionalidad del odio.

Mi corazón está con las víctimas. Tengo una gran esperanza: si tan sólo la crisis de Cape Town pudiera abrir los ojos de quienes odian a Israel para que entiendan cuánto pueden ganar si eligen la paz por encima de la guerra, la vida antes que la muerte y las bendiciones mutuas por encima del conflicto y el enfrentamiento eterno.