NOTA: Este artículo es la introducción del nuevo e-book de Alan Dershowitz: Terror Tunnels: The Case for Israel´s Just War Against Hamas (“Túneles del terror: En defensa de la guerra justa de Israel contra Hamás”), publicado por el Gatestone Institute.

El 13 de junio de 2014, el comandante de la División de Gaza de las Fuerzas de Defensa de Israel me llevó a un túnel de Hamás recientemente descubierto por un rastreador beduino que sirve en las FDI. El túnel era un búnker de cemento que se prolongaba varios kilómetros desde su entrada en la Franja de Gaza hasta su salida cerca del jardín de infantes de un kibutz israelí.

El túnel tenía un propósito: permitir que los escuadrones de la muerte de Hamás asesinaran y secuestraran a israelíes. El comandante me dijo que la inteligencia israelí había identificado otras dos docenas más de entradas a túneles en la Franja de Gaza. Las habían localizado gracias a los enormes montones de tierra excavada para construirlos. Pese a que la inteligencia israelí sabía dónde se hallaban estas entradas, no podían ordenar un ataque aéreo, pues se habían construido dentro de edificaciones civiles, como mezquitas, escuelas, hospitales y domicilios privados.

Israel tampoco podía identificar sus rutas subterráneas desde Gaza a Israel, ni los puntos de salida previstos en territorio israelí. Científicos y expertos militares israelíes invirtieron millones de dólares en un intento de desarrollar tecnologías que pudieran descubrir las rutas subterráneas y las salidas de los túneles excavados a centenares de metros bajo la superficie, pero no lograron encontrar una solución completa a este problema. Las salidas de los túneles en territorio israelí también eran un secreto de Hamás —profundamente oculto bajo la superficie— y era imposible que los israelíes las descubrieran hasta que los combatientes de Hamás salieran a través de ellas. Llegado ese momento, habría sido demasiado tarde para evitar que los escuadrones de la muerte causaran daños.

Me llevaron al interior del túnel y vi las innovaciones tecnológicas: vías por las cuales podían transitar pequeños trenes para trasladar a israelíes secuestrados hasta Gaza; líneas eléctricas y telefónicas; escondrijos bajo escuelas y otros objetivos civiles en los que se podían guardar explosivos; túneles secundarios más pequeños que conducían desde el ramal principal a diversos puntos de salida por los cuales los combatientes podían salir simultáneamente a la superficie.

En cuanto bajé al túnel me di cuenta de que Israel no tendría más remedio que llevar a cabo acciones militares para destruirlos. Israel tenía una respuesta tecnológica —aunque imperfecta— para los cohetes de Hamás; su sistema Cúpula de Hierro fue capaz de destruir aproximadamente el 85% de los cohetes lanzados por el movimiento islamista contra los centros poblados israelíes. Además, podía atacar lanzaderas de cohetes desde el aire mediante sofisticadas bombas guiadas por GPS. Pero no tenía una respuesta para estos “túneles del terror”.

Posteriormente, los medios informaron que Hamás podría haber estado planeando una masacre para Rosh Hashaná [el Año Nuevo judío], en la que cientos de terroristas habrían surgido simultáneamente de decenas de túneles y asesinado a cientos —quizás miles— de civiles y soldados israelíes. Si esa información fuera cierta —y en Israel muchos piensan que lo era— la masacre de Rosh Hashanah habría equivalido a cien 11-S en Estados Unidos. Y aunque fuera una exageración, definitivamente los túneles le conferían a Hamás capacidad para sembrar el caos entre los ciudadanos israelíes. También hubo otros reportes sobre planes de ataque a través de los túneles. Como lo expresó un residente de Sderot: “Solíamos mirar al cielo con miedo, pero ahora miramos el suelo”.

Para mí, las únicas preguntas eran cuándo atacaría Israel, cómo lo haría, si tendría éxito y qué consecuencias habría. ¿Acaso alguna nación puede tolerar semejante amenaza contra sus ciudadanos? ¿Hay algún país que, a lo largo de la historia, haya permitido que se excaven túneles bajo sus fronteras, los cuales permitirían que escuadrones de la muerte atacaran a su población?

Discutí estas cuestiones con el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en una cena celebrada en su casa algunos días después de mi visita al túnel, y quedó claro que el Gobierno estaba preocupado por la amenaza que esos túneles del terror suponían para la seguridad desde que dichos túneles se utilizaron para secuestrar al joven soldado Guilad Shalit y asesinar a dos de sus compatriotas.

Resulta irónico que justo mientras estábamos en el túnel nos enteramos de que habían secuestrado a tres estudiantes israelíes. Su secuestro —que Hamás se adjudicó finalmente— y posterior asesinato fue el inicio de lo que se convertiría en la operación Margen Protector, que concluyó con la destrucción de la mayor parte de los túneles. Este libro trata de esa operación y de por qué Israel tenía el derecho legal, moral, diplomático y político de responder ante los peligros que suponían los túneles y los ataques de cohetes que precedieron y siguieron al descubrimiento de los mismos. También trata de por qué tantos miembros de los medios de comunicación, del mundo académico, de la comunidad internacional y del público en general parecen cerrar los ojos ante el peligro que plantea Hamás y culpan a Israel de acciones que ellos mismos exigirían a sus propios Gobiernos si se enfrentaran a amenazas comparables.

De hecho, Estados Unidos está liderando ahora una coalición de naciones en un intento de destruir al Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), empleando muchas de las mismas tácticas militares por las cuales Israel fue criticado.

Creo que la reacción de “culpar a Israel” tiene graves consecuencias, no sólo para el propio Israel, sino para la población de Gaza y para el mundo democrático en general. Culpar a Israel sólo anima a Hamás a repetir su “estrategia del bebé muerto”, y a otros grupos terroristas a imitarla. Esta estrategia, que ha resultado efectiva, funciona así: Hamás ataca a Israel con cohetes o a través de los túneles, obligándole con ello a responder —como haría cualquier democracia— para proteger a sus ciudadanos. Como el movimiento islamista palestino excava sus túneles y lanza sus cohetes desde zonas civiles densamente pobladas —y no desde las numerosas zonas despobladas de la Franja de Gaza— el resultado inevitable es que un número significativo de civiles palestinos resultan muertos. Hamás fomenta este resultado, porque sabe que los medios se centrarán más en las fotos de bebés muertos que en la causa de su muerte: es decir, en la decisión de los terroristas de utilizar a estos bebés y a otros civiles como escudos humanos. El movimiento islamista muestra rápidamente a los bebés muertos para que los vean en todo el mundo, al mismo tiempo que evita que los medios muestren sus lanzaderas de cohetes y sus túneles situados en zonas densamente pobladas. El mundo se indigna ante los civiles muertos y culpa a Israel de sus muertes. Eso no hace sino animar a Hamás a repetir la “estrategia del bebé muerto” tras los cese al fuego de breve duración, durante los cuales sus miembros se rearman y reagrupan.

En 2009 publiqué un breve libro titulado The Case for Moral Clarity: Israel, Hamas and Gaza (“En defensa de la claridad moral: Israel, Hamás y Gaza”). Desde entonces pocas cosas han cambiado, excepto que Hamás ha construido muchos más túneles, y que el alcance y la sofisticación de sus cohetes ha aumentado.

Escribo este libro para advertirle al mundo que, a menos que se exponga públicamente la “estrategia del bebé muerto” empleada por Hamás y que la comunidad internacional, los medios, el mundo académico y las buenas personas de cualquier religión, raza o nacionalidad le pongan fin a la misma, ésta llegará “próximamente en sus pantallas”.

Hamás emplea reiteradamente esta despreciable e ilícita estrategia porque funciona; funciona porque, pese al daño material que ha sufrido en el transcurso de sus repetidos enfrentamientos militares con Israel, siempre gana la guerra de las relaciones públicas, la guerra legal, la académica y la guerra para convencer a los ingenuos corazones, y quizás a las sabias mentes, de los jóvenes. Y si de hecho está ganando todas estas guerras —si su “estrategia del bebé muerto” funciona— entonces, ¿por qué no repetirla cada ciertos años? Por eso los alto al fuego entre Israel y Hamás siempre implican que Israel hace “alto” y Hamás abre “fuego”; puede que no inmediatamente, ya que se reagrupa y rearma, pero sí inevitablemente. Y si al movimiento islamista palestino le funciona, ¿por qué otros grupos terroristas, como el Estado Islámico de Irak y Siria [conocido también como Estado Islámico de Irak y el Levante o simplemente Estado Islámico] o Boko Haram, no iban a adaptar esta estrategia a sus inicuos objetivos, como ya ha hecho Hezbolá?

La única forma de acabar con este ciclo de muerte es exponer la “estrategia del bebé muerto” como lo que es: un crimen de guerra por partida doble cuyas víctimas últimas son civiles: niños, mujeres y hombres.

Sólo tengo un arma para esta guerra: mis palabras. Durante la operación Margen Protector he tratado de defender la guerra justa de Israel frente a la estrategia del doble crimen de guerra de Hamás. He escrito más de dos docenas de artículos, he participado en varios debates y entrevistas televisadas, y he hablado ante numeroso público. Con este libro pretendo llegar a una audiencia aún mayor e influir en el tribunal más importante de cualquier democracia: el de la opinión pública.

El libro se divide en dos partes. La primera trata de los acontecimientos que han conducido a la reciente guerra de Gaza desde el final de la operación Plomo Fundido (diciembre de 2008 - enero de 2009) hasta justo antes del inicio de la operación Margen Protector (julio - agosto de 2014). La segunda parte trata de esta última operación y de sus secuelas.

Mi objetivo es mostrar que las acciones militares de Israel para defender a sus ciudadanos han sido justas, y que se han llevado a cabo de manera justa. No son menos justas que las acciones militares realizadas por Estados Unidos y sus aliados contra el EI, Al-Qaeda y otros grupos terroristas. Y se han llevado a cabo al menos igual de justamente, con una proporción menor de bajas civiles frente a militares.

Pese a ello, Israel ha sido condenado y criticado injustamente desde demasiados sitios, lo que anima a Hamás a proseguir con su despreciable e ilícita “estrategia del bebé muerto”. En aras de la justicia y de la paz, el mundo debe dejar de emplear un doble estándar con el Estado del pueblo judío.

Gatestone Institute

Traducido y publicado originalmente en elmed.io, editado por AishLatino.com