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Ser periodista desde Israel cambió mi opinión para siempre

Ser periodista desde Israel cambió mi opinión para siempre

Tuve una opinión profundamente negativa sobre el estado judío hasta que me mudé allí.

por Hunter Stuart

Desde que recuerdo, quiero ser periodista. El periodismo siempre me pareció un trabajo importante, que desafía los prejuicios de las personas, presentándoles verdades difíciles para que sean honestas y estén informadas.

Desde que pasé dos años en Egipto durante mi adolescencia, en enero de 2001, menos de un año antes del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, soñé con ser periodista independiente en Medio Oriente. Me fascinaba el tema del terrorismo, la idea de que alguien creyera tanto en algo, que estuviera dispuesto a dar la vida por ello. Todo periodista quiere cubrir historias importantes, y yo creía que Medio Oriente era la historia más importante del mundo.

Entonces, decidí ir. En el 2015, a los 32 años, mi esposa y yo miramos un mapa de Medio Oriente y elegimos Jerusalem como nuestro nuevo hogar. No sólo era la ciudad más occidentalizada y relativamente segura, sino que también en ella se desarrollaba uno de los conflictos más publicitados del mundo. Ese verano renunciamos a nuestros trabajos en Nueva York y nos mudamos a Israel.

El apetito del público por noticias de Israel-Palestina es casi insaciable, y no me resultó difícil encontrar trabajo después de mudarme a Israel. Rápidamente comencé a vender historias a medios de noticias de Estados Unidos, Inglaterra y Australia, así como a Al Jazeera en inglés, cuya central está en Qatar.

Por la influencia de mi entorno, yo creía que Israel era un bravucón y el obstáculo principal para la paz en Medio Oriente.

Me resultó inmediatamente obvio que la mayoría de estas organizaciones querían noticias que resaltaran el sufrimiento de los palestinos y que culparan a Israel por el mismo. Como escribió Matti Friedman, exeditor de la Associated Press de Jerusalem, en The Atlantic en 2014, la prensa considera la ‘historia de Israel’ como una historia de fracaso moral judío. Los eventos que no apoyan esa narrativa son, a menudo, ignorados.

Durante mis primeros meses en Israel, estuve feliz de contar esa historia porque, yo también, la creía. Como escribí recientemente en la revista The Jerusalem Report, tuve una opinión muy negativa sobre el estado judío hasta que me mudé allí. Crecí en una ciudad de habitantes blancos protestantes, donde todos son demócratas liberales. Por alguna razón, la hostilidad hacia Israel es una opinión automática en Estados Unidos (y en gran parte de Europa). Por la influencia de mi entorno, yo creía que Israel era un bravucón y el obstáculo principal para la paz en Medio Oriente.

Pero los asuntos internacionales siempre se ven de otra forma cuando uno está en el lugar, y en ningún otro lado eso es más cierto que en Israel. Comencé a verlo una tarde soleada no mucho después de mudarme a Jerusalem. En aquel día, fui a cubrir una protesta palestina en una prisión israelí cerca de Ramala. Fui con un periodista de The Independent y me topé con un grupo de unos 100 manifestantes palestinos marchando hacia la prisión.

Cuando llegaron, unos seis soldados israelíes salieron a su encuentro. Los palestinos formaron de inmediato un bloqueo de neumáticos en llamas para impedir que los israelíes escaparan. Llegaron más y más manifestantes, no sé de dónde, pero pronto estaban llegando como hormigas desde las colinas junto a la prisión, vestidos con caretas y kefiás. Parecía una escena de Game of Thrones. Algunos tenían cuchillos en el cinturón. Otros habían traído ingredientes para cocteles molotov. Tomaron posiciones en las colinas sobre la prisión y comenzaron a utilizar poderosas hondas para arrojar piedras y pedazos de cemento a los seis soldados israelíes. Los israelíes estaban tan superados en número que no pude evitar cuestionar la narrativa de que Israel era Goliat y los palestinos David, porque aquí, frente a mí, parecía exactamente lo opuesto.

Foto por Ruben Salvadori/ Flash 90Foto por Ruben Salvadori/ Flash 90

Periodistas gráficos documentan patotas de manifestantes palestinos en el vecindario árabe de Silwán, en Jerusalem oriental. Parte de un ensayo fotográfico describiendo parte de lo que los principales medios de prensa evitan documentar: la presencia del fotógrafo y su influencia en los eventos.

Cuando visité la Franja de Gaza unos meses después, vi nuevamente la diferencia entre la forma en que los periodistas describen el lugar y la realidad. Si lees sobre Gaza en las noticias, creerás que es una gran montaña de escombros, parecida a Homs o a Aleppo. En realidad, Gaza no es distinta a cualquier otro lugar del mundo árabe. Durante ocho días en la Franja, no vi ningún edificio dañado por la guerra, hasta que le pedí específicamente a mi contacto que me mostrara uno. En respuesta, me llevó a Shujaya, un barrio en la ciudad de Gaza conocido por ser una fortaleza de Hamás que aún está visiblemente dañado por la guerra del 2014.

¿Fue sorprendente la destrucción en Shujaya? Sí. Pero era muy localizada y para nada representativa del resto de Gaza. El resto de Gaza no es tan distinto a muchos otros países en desarrollo: las personas son pobres, pero se las ingenian para sustentarse, y hasta se visten bien y están felices la mayoría del tiempo. En realidad, hay partes de la Franja que son bastante bonitas. Fui a comer a restaurantes donde las mesas son de mármol y los meseros visten chaleco y corbata. Vi casas inmensas sobre la playa que no desentonarían en Malibú. Y, justo en frente de esas mansiones, visité una mezquita que costó cuatro millones de dólares.

Me parece extraño que las organizaciones extranjeras de noticias no consideren adecuado publicar, de vez en cuando, un artículo sobre los barrios afluentes de Gaza o las mezquitas de millones de dólares.

¿Sufren los habitantes de Gaza algunas dificultades increíbles? Seguro. ¿Vive la mayoría de ellos en edificios destruidos, a la intemperie, como los medios de noticias los describen a menudo? Para nada. No envidio sus mesas de mármol ni sus mansiones frente al mar. Como todos, quieren estar cómodos y disfrutar la vida. Pero me parece extraño que las organizaciones extranjeras de noticias no consideren apropiado publicar, de vez en cuando, un artículo sobre los barrios afluentes de Gaza o las mezquitas de millones de dólares. Pero no, prefieren enfocarse en la pequeña minoría de la Franja que aún está dañada por la guerra con Israel en 2014 (una guerra que, de paso, comenzó Hamás), porque eso confirma la narrativa de que Israel es una superpotencia que trata brutalmente a los árabes por sus propios intereses egoístas, y esa es la narrativa que muchas personas quieren oír.

Hunter Stuart (Foto: Damon Dahlen/HuffPost)Hunter Stuart (Foto: Damon Dahlen/HuffPost)

Ni hablar de que la libertad de prensa en Gaza y el resto del mundo árabe es prácticamente inexistente. En muchos aspectos, intentar informar desde Gaza fue un objetivo absurdo y peligroso. Durante una sola semana en Gaza me metí en problemas con Hamás dos veces por violar sus estrictas reglas para la prensa. En la primera, mi contacto y yo estábamos en la costanera de la playa en Gaza entrevistando a personas sobre una próxima elección en Gaza (que luego se canceló, no sorprendentemente, ya que la mayoría de los líderes árabes odian la democracia). Después de unos quince minutos, un joven con una remera y pantalones cargo se nos acercó y tuvo una incómoda e intensa conversación en árabe con mi contacto, después de la cual mi contacto dijo que debíamos irnos de inmediato, porque el hombre era un oficial de inteligencia de Hamás y no le gustó que le hiciéramos a la gente preguntas políticas.

A menudo, Hamás arresta, golpea y hasta tortura a periodistas que dicen cosas que los hacen ver mal.

En la segunda ocasión, mi contacto y yo estábamos fotografiando edificios destruidos de Shujaya cuando dos soldados de Hamás, ambos menores de 25 años, literalmente se abalanzaron sobre nuestro auto, tomaron nuestras identificaciones, confiscaron mi cámara y nos acompañaron a unas barracas militares donde un grupo de Hamás nos preguntó extensamente sobre quién éramos y qué hacíamos tomando fotos allí. Vieron cada foto de mi cámara hasta que nos permitieron irnos. Mi contacto, una mujer joven, estaba visiblemente consternada. No la podía culpar; a menudo, Hamás arresta, golpea y hasta tortura a periodistas que dicen cosas que los hacen ver mal.


Viviendo en Israel, vi que muchos periodistas se consideran “abogados defensores”. Usan el periodismo para darle voz al oprimido y, para muchos de ellos, los palestinos son los oprimidos. Por supuesto, el buen periodismo no aboga. Dice la verdad, más allá de quién se vea bien y quién se vea mal. Porque la verdad no tiene sentimientos.

El buen periodismo no aboga. Dice la verdad, más allá de quién se vea bien y quién se vea mal.

Teniendo esto en cuenta, quizás no sorprenda que los periodistas en Israel y los territorios palestinos tiendan a ser cercanos a los miembros de las agencias de derechos humanos. Se mueven en los mismos círculos sociales, salen juntos a comer y a beber. Quizás sea por eso que casi todo artículo de Internet sobre Israel contiene una cita de las Naciones Unidas, Amnistía Internacional, Human Rights Watch u otra ONG similar. Como periodista, es fácil citar a estos grupos, porque brindan la información que necesitas de forma accesible e integral.

Admiro mucho el trabajo que hacen esas ONG. El problema es que, a menudo, actúan prejuiciosamente contra Israel. Con demasiada frecuencia culpan a Israel por el sufrimiento palestino, en lugar de, digamos, la crueldad y la corrupción de los líderes palestinos, que claramente tienen gran parte de la culpa por el dolor de su pueblo. Cada uno de esos grupos tiene su propia misión, pero, como su imagen pública es cautivadora, ya que se promocionan como los “portavoces de los oprimidos”, la mayoría de los liberales que viven en Estados Unidos y Europa les creen todo lo que dicen.


Trabajar como periodista en Israel durante un año y medio no destruyó mi fe en el periodismo. Pero sí aumentó mi escepticismo en que el periodismo sea bueno para el mundo. Ocho años de trabajo en la prensa me alarmó más y más sobre lo partisana que se está volviendo. Los servicios de noticias de la actualidad utilizan las redes sociales para llegar a los jóvenes, quienes prefieren ver sus opiniones validadas en lugar de un artículo balanceado y objetivo. Estas audiencias no quieren que sus prejuicios cambien. Si la prensa existe sólo para reafirmar lo que ya creemos, sólo nos dividiremos más y sólo habrá más y más conflicto en el mundo.

Fotografías: Ruben Salvadori / Flash 90

Este artículo apareció originalmente en honestreporting.com

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