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El increíble mes de Tishrei

El increíble mes de Tishrei

Viendo al mundo desde su núcleo espiritual hacia afuera.

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De cierta forma, Tishrei es el mes más judío del calendario. Incluso las personas que por alguna razón ya no perciben las vibraciones de las cosas que están más allá de lo material en sus vidas diarias, en ocasiones sienten que algo se mueve en su interior cuando piensan sobre Rosh HaShaná, Iom Kipur y Sucot – las festividades que se celebran en este mes.

Tishrei es el primer mes del año judío, pero en la Torá vemos algo un poco desconcertante: es aludido constantemente como el séptimo mes y no como el primero.

Esta disparidad es causada por dos formas diferentes de contar los meses. Una forma es comenzar con la Creación, lo que los judíos ven como el evento más central que ocurrió en la historia. En consecuencia, nosotros vehementemente lo llamamos el mes primero o primordial.

Sin embargo, Dios lo ve desde un ángulo completamente diferente. Para Él, el momento más importante de la historia fue el Éxodo de Egipto, que nos convirtió en un pueblo y abrió la puerta para que aceptemos Su palabra como nuestra guía. Nada podría ser más primordial para la existencia del mundo que ese día. Es por esto que Nisán, el mes en el que ocurrió el Éxodo, es constantemente aludido en la Torá como "el primer mes". De acuerdo a esta forma de contar, Tishrei es el séptimo mes del año.

Esta perspectiva no relega a Tishrei a ser simplemente otro mes más del año. Ser el séptimo mes también es una declaración trascendental. Hay un misterio y una importancia inherente en el número siete; no es casual que Shabat sea el séptimo día de la semana. Un objeto físico tiene seis lados, a los que nos referimos como "superficie"; el interior es el séptimo aspecto, la parte que no puede ser vista cuando miramos exclusivamente el exterior. El tiempo es como una semilla que contiene el ADN para todo su futuro; a medida que crece, su potencial oculto despierta. De la misma manera, toda la luz que fue implantada en cada uno de los días sagrados de este mes, es liberada lentamente en el curso del tiempo para que experimentemos el potencial espiritual de estos días cada año.

¿Qué veríamos si miráramos el interior de la creación y viéramos su significado tan vivamente así como podemos ver el exterior de la creación a través de un microscopio, National Geographic o un trasbordador espacial?

Las civilizaciones antiguas veían al mundo como un macrocosmos, un ser humano gigante. A su vez, cada uno de nosotros es un microcosmos, un mundo en miniatura. Hoy en día recién estamos comenzando a escarbar la superficie y a revelar algo del "cerebro" del mundo – los programas biológicos que contienen la esencia de todo lo que experimentamos. Podemos hablar sobre la estructura molecular de la materia y sobre programas genéticos, sabiendo que no hace mucho tiempo ambas áreas estaban cubiertas por el misterio. Pero incluso si en un futuro cercano pudiéramos juntar toda la información de manera significativa, como Einstein soñó hacer cuando se esforzó sin descanso para descubrir lo que llamó una "teoría unificada", como mucho descubriríamos la forma en que el mundo funciona desde afuera hacia adentro.

El séptimo mes, Tishrei, es el momento en que podemos mirar al mundo desde adentro – desde su núcleo espiritual – hacia afuera, hacia su teoría unificada y sus cimientos.

Sólo el hombre es capaz de responder espiritualmente de manera significativa.

Rosh HaShaná es la cabeza del año. Así como la cabeza dirige las acciones del cuerpo, el primer día de Tishrei, Rosh HaShaná, es la cabeza del año en el ámbito espiritual. Es el aniversario del día en que Dios creó al hombre. Todas las demás creaciones, que reciben su fuerza de vida de Dios – que en ocasiones es llamado "el alma del universo" – no tienen la capacidad de responderle. El hombre es capaz de responder espiritualmente; los humanos podemos interpretar la realidad y elegir descubrir la mano oculta de Dios, o por el contrario, relegar todo a su nivel de interpretación más superficial y externo.

Para nuestro patriarca Abraham, ver un amanecer era una pregunta que exigía una respuesta. A medida que la respuesta se fue volviendo cada vez más clara, ver ese mismo amanecer se convirtió en una apasionada experiencia religiosa. La claridad que tenía en ese momento era exactamente lo que Dios imaginó para el hombre en el momento de la creación. Es por esta razón que, cuando la Torá concluye la narrativa de la creación, dice: "Ésta es la progenie del cielo y de la tierra en el día en que fueron creados" (Génesis 3). La palabra hebrea para "fueron creados", bihibaram, tiene las mismas letras hebreas que la palabra biAbraham, que significa "con Abraham". Desde la perspectiva de Dios, valía la pena traer a la existencia toda la cornucopia de la realidad sólo por Abraham, ya que él materializaría el plan que Dios tenía para Adam, el primer hombre, cuando Le dijo a Adam que dominara la tierra. La idea no era decirle a Adam, el prototipo de todo humano futuro, que podía explotar el mundo para su propio beneficio, sino que podía conquistar la realidad exterior del mundo y hacerla propia a través de entender su significado.

Una vez, el Rav Kook iba caminando con uno de sus estudiantes. Mientras caminaban juntos, el joven distraídamente arrancó unas cuantas hojas de los arbustos que crecían al lado del camino. Se dio cuenta que Rav Kook hizo una mueca de dolor mientras lo hacía, por lo que el estudiante le preguntó: "¿Está todo bien?". Rav Kook contestó que todo en el mundo tiene un propósito y un significado, y que nada debería ser destruido aleatoriamente.

Rav Kook era plenamente consciente de que las hojas probablemente no serían utilizadas en el sentido mundano de la palabra. Éstas eran útiles en un sentido más profundo: podían ser parte de nuestro proceso de concientizarnos de la belleza y la complejidad de la creación, y de la incognoscible sabiduría del Creador.

El Arizal, el gran místico que vivió en Tzfat hace cerca de 500 años, nos dice que: "Cada año en Rosh HaShaná, entra una nueva luz intelectual al mundo, abriendo nuestras mentes para que podamos ver lo que vio Adam". Es un día en el que podemos evaluar quiénes somos, adónde estamos yendo, y hasta qué punto estamos viviendo nuestras vidas como verdaderos seres humanos.

Iom Kipur es el corazón del año. Es un día de perdón y reconciliación en el que podemos entrar sin temor al bosque de nuestro interior para explorar las partes más profundas de nuestras vidas, las áreas que son demasiado sombrías para ser vistas o para que queramos verlas. Cuando nos examinamos con honestidad encontramos inevitablemente que en ocasiones hemos bloqueado nuestra capacidad para ver más allá del lado superficial de la vida. Nadie es perfecto y, de hecho, uno de nuestros problemas más grandes es que debemos engañarnos para creer en nuestra propia perfección. Racionalizamos, redefinimos y negamos nuestros fracasos espirituales y morales.

En Iom Kipur podemos vernos a nosotros mismos con mayor profundidad y honestidad. Encontraremos que debajo de todas las capas hay bondad, pureza y anhelo. Dios puso en este día el poder para permitirnos desgarrar todas las cortinas y vernos a nosotros mismos no como somos, sino como queremos ser. Nunca podríamos alcanzar este nivel de redefinición por cuenta propia. Iom Kipur es un día en el que Dios canaliza fuerzas que abren las puertas para nosotros. Podemos ser lo suficientemente valientes y honestos como para atravesar las puertas con alegría, o podemos ignorar su existencia. Dios no obliga a nadie a abrir la puerta.

En lugar de tratar de sentirnos más seguros, tratamos de percibir la transitoriedad de la vida.

Pasan apenas unos días, y Tishrei muestra otro aspecto del funcionamiento interior de la realidad. Llega Sucot, y celebramos nuestra recientemente adquirida cercanía con Dios al mudarnos a la sucá, una especie de choza sin techo permanente. Durante una semana entera revertimos la mayoría de lo que hacemos durante el año. En lugar de tratar de sentirnos más seguros, tratamos de saborear un poco la transitoriedad de la vida. En lugar de sólo invitar a nuestros amigos, y quizás a unos estudiantes o a gente que pasa por la puerta, invitamos también a los patriarcas, a Moshé, Iosef y David. Ellos son parte de nuestro mundo interior, y nosotros tratamos de hacerlos sentir en casa a medida que intentamos tomar consciencia de su presencia y de la profundidad y permanencia de la huella que dejaron en nosotros como pueblo.

Dejamos que nuestra sensibilidad en relación al lazo espiritual que tenemos con todo judío, más allá de quién sea, encuentre su expresión en las cuatro especies que la Torá nos ordena tomar y bendecir. El lulav (rama de palmera), que tiene sabor pero no aroma, es comparado al judío que es consciente de la verdad de la Torá, pero que no deja que ese conocimiento fluya y afecte sus acciones. El etrog (cidra) tiene tanto aroma como sabor, y es comparado con quien es lo suficientemente afortunado para que su personalidad exprese tanto conocimiento como buenas acciones. Los hadasim (mirtos) tienen aroma pero no sabor, simbolizando a la persona que tiene buenas acciones pero que carece de conocimiento intelectual para respaldarlas. Finalmente, las aravot (sauces), que no tienen ni aroma ni sabor, son tomadas con la misma devoción con que tomamos al etrog, que tiene ambas, y es el ícono de la persona que vive en un mundo en el que no hay consciencia ni acciones. Él también es parte de nuestro pueblo, y necesitamos amarlo incondicionalmente tanto como necesite.

La última festividad de Tishrei, Simjat Torá, lo dice todo. Hay un mundo allí afuera. Queremos estudiarlo, amarlo y navegarlo. Nunca nos permitiremos contentar nuestra mente y corazón con sus contornos externos; caminaremos en cambio, sus callejones y avenidas espirituales, y seguiremos el libro de instrucciones que revela el plano de su esencia. Dejaremos que la alegría física y espiritual de tener un mapa que revela todo, se apodere de nosotros.

Que tengas un excelente Tishrei y un maravilloso año nuevo.

7/9/2013

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