Nuestros pies vuelven a estar sobre la tierra. Tishrei, el mes de los días sagrados que nos cambia para siempre, nos conduce hacia un lugar de calma al que nos referimos graciosamente como "la vida real". La pregunta que tenemos que hacer en este punto es: "¿cómo nos relacionamos con la rutina?". La respuesta que ofrecemos como judíos es: con consciencia, con el deseo de encontrar significado y sobre todo, con una profunda creencia de que Dios es inmutable y, por definición, no está ni más ni menos presente en ningún tiempo ni lugar.

Lo que hace que un tiempo sea diferente de otro —por ejemplo la intensidad antes de que el jazán comience a cantar Neilá, el sagrado final del servicio de Iom Kipur, y la trivialidad de las 7:45 a.m. en un día de semana normal cuando apagamos el despertador por segunda vez y nos acurrucamos con nuestras sábanas y colchas— no es Dios, sino nosotros.

Hay momentos en los que la mejor manera de servir a Dios es mirar profundamente hacia nuestro interior, y Él nos brinda instancias especiales en las que es más fácil realizar la clase de descubrimientos que nos pueden hacer avanzar. Hay otras ocasiones en que la mejor manera de servir a Dios es interactuar con Su mundo, levantarse de la cálida cama, darse una ducha, vestirse, decir una plegaria y enfrentar al mundo con la frente en alto. Dios nos da el tiempo y el espacio para tikún olam, para reparar el mundo, y cuando llega Jeshván, el segundo mes del calendario judío, tenemos que tomar un profundo respiro y decir: “el tiempo es ahora, todas las esperanzas, plegaria y resoluciones que hicimos al comienzo del año nuevo judío, tienen que ser concretizadas. Tenemos que asegurar que nuestros cheques no reboten.

A pesar de que el nombre del mes, Jeshván, tiene origen babilonio al igual que todos los nombres de los meses del calendario hebreo, en los libros de los profetas a veces recibe otro nombre. En Reyes I, 6:38 es llamado el mes de Bul. ¿Qué significa esta palabra?

Los comentaristas clásicos tienen diferentes opiniones sobre su raíz. Rashi, el más renombrado de los comentaristas, quien dedicó su energía a darnos claridad y una interpretación precisa del significado directo de cada frase difícil de la Torá, nos dice que está relacionada con la raíz Balá, que significa mezcla. El grano que comenzó a crecer a comienzos del verano pasado se está marchitando, es necesario que los animales coman una mezcla de granos de la cosecha actual y de los granos de cosechas previas que fueron conservados domésticamente.

El rabino David Kimji, el Radak, uno de nuestros lingüistas más importantes, opina que la raíz viene de la palabra Ibol, que significa cultivo, ya que es ahora, cuando han terminado los últimos días de la cosecha de verano, que tenemos que comenzar a plantar de nuevo. El Midrash dice algo que combina ambas ideas. “Este es el mes en el que ocurrió el gran Diluvio. El mes en el que las lluvias comienzan a caer de nuevo; así está decretado. Es un tiempo de destrucción y al mismo tiempo de renacimiento, es un tiempo de marchitamiento y de renovación”.

El Diluvio comenzó el día 17 de este mes. Interesantemente, el valor numérico de la palabra Tov (bueno) es 17. Hay muchas palabras que una persona con un poco de sensibilidad podría elegir para describir el horror de la casi absoluta destrucción. Tov no es la primera palabra que viene a la mente. En este momento tenemos que desviarnos un poco del tema y definir la palabra "bueno".

Maimónides nos dice que los múltiples significados de la palabra "bueno" se han prestado para confusión no sólo en el sentido literario, sino también en el filosófico. "Bueno" puede significar "efectivo", como en la frase: "Mi lavarropas nuevo es tan bueno; las ropas salen viéndose como nuevas". También puede significar estético: "Él nunca se vio ni la mitad de bien de como se vio el día de su boda". También puede significar "reflejando la luz de Dios", como en la frase: "Fue un buen hombre".

La desolación que enfrentó Noaj es a menudo malinterpretada como el primer significado que ofrecimos de la palabra “bueno”. El mundo se había desviado para mal, y no correspondía dejar que los humanos, que habían sido creados para dejar la impresión de Dios en donde fuera que estuvieran, continuasen profanándose a sí mismos y al mundo. Si bien esta es ciertamente una declaración precisa, difícilmente nos da un entendimiento más allá de una imagen rígida, en blanco y negro y bidimensional de una tragedia que empequeñece al Holocausto.

Otra perspectiva equivocada es que el tema fue estético. La gente estaba viviendo vidas que eran “feas”. La crueldad, la inmoralidad y la explotación sexual son irremediablemente horrendas. Asociamos la brutalidad con la fealdad. La razón de esto es que la belleza y la armonía son expresiones físicas de balance y verdad, y sus opuestos nos dan repulsión. Históricamente, tenemos una perturbadora tendencia a permitir que pase cualquier cosa mientras nosotros no tengamos que verla. Los cuartos de los esclavos no era donde los huéspedes posaban sus ojos mientras se dirigían a las mansiones que eran el centro de la vida social en el sur de los Estados Unidos.

El “mal” fue lo que causó el peor desastre del mundo. No lo inadecuado o la fealdad, sino algo mucho peor. El mal es lo que reduce a los seres humanos y los transforma en animales, reduce al mundo de Dios y lo transforma en una mera jungla. El espiral descendente de moralidad que llevó al Diluvio es enfermízamente familiar. El primer paso fue considerar a las mujeres objetos de placer. La Torá nos dice: "Los hombres que eran sagrados (significando poderosos) tomaban a cualquier mujer que querían (incluyendo a casadas)". Para poder justificar sus acciones crearon sistemas de creencia religiosa en los que Dios era reducido simplemente a una versión más grande de ellos mismos (similar a lo que encontramos en la mitología griega), o en los que Dios estaba tan alejado de este mundo y de sus limitaciones, que las acciones de ellos parecían muy poco relevantes.

El paso siguiente fue la violencia, el resultado inevitable de quitar a Dios de la escena. La relación entre la falta de Dios y la violencia se puede ver si uno echa un vistazo al reino animal. Sus vidas son brutales y breves; viven sin ningún concepto de valor fuera de la mera supervivencia. Si de todo lo que se trata la vida es de la supervivencia física, la satisfacción y la preservación, entonces nada tiene menos sentido que tener un universo que se expande mucho más allá de ti o que incluye a otros participantes. Tal como todos aprendimos desde pequeños, si tengo una galleta y te doy media, todo lo que me queda es media galleta.

El paso final de este espiral descendente de inmoralidad fue que el mundo entró en una etapa en la que el robo de pequeñas cosas se volvió tan natural como respirar. Cuando una persona roba algo significativo, al menos en teoría, su comportamiento sigue siendo redimible. Es posible que su sentido del bien y el mal esté intacto, y que el problema sea sólo que es demasiado débil como para integrar a su vida lo que sabe que es correcto. Pero cuando una persona roba cosas de pequeño valor, la declaración vivencial que repite una y otra vez cada vez que se enfrenta a una elección, es que la vida es sobre tomar. Una vez que esa mentalidad tipifica a toda la humanidad, entonces ya no hay nada bueno (en el sentido más elevado de la palabra) que pueda sobrevivir.

Los humanos son definidos por el acto de ser y transformarse. Una vez que olvidamos el "ser" y adoptamos el "tener" como nuestro valor supremo, entonces ya no somos "buenos". El Diluvio reintrodujo el concepto de seres humanos comportándose como humanos. El único sobreviviente (además de su familia inmediata, que fue salvada en su mérito) es descrito como un hombre recto. Noaj es llamado "completo" o "simple". La forma en que la Torá utiliza la palabra "simple" cuando describe a Noaj es la misma en que un químico utiliza la palabra "simple", él era lo que era, sin adiciones ni mezclas. Era gloriosa y deslumbrantemente fiel a su arquetipo; era un ser humano. El Diluvio hizo que el mundo fuese humano, bueno y digno de continuar existiendo.

Plegaria por lluvia

En Israel agregamos un pedido por lluvia comenzando el 7 de Jeshván. Consideramos que la lluvia es la manifestación física de la “fuerza de vida” en su máxima expresión. Todo lo que vive depende del agua para sobrevivir. Nuestros cuerpos están compuestos por un 86% de agua. La fuerza espiritual de la vida, la compasión y la creatividad de Dios, se manifiesta concretamente por medio de este regalo. De hecho, la palabra hebrea para "materialismo", gashmiut, significa literalmente "pluviosidad", siendo “guéshem” la palabra para lluvia. La lluvia que vemos es la fuente del “ser” y de “transformarse”. Tenemos que ser lo suficientemente conscientes para verlo, en lugar de caer en la trampa de pensar que es la fuente de “tener” y “consumir”. Cuando abrimos nuestra mente para ver la lluvia como la bendición que es, cada vez que llueve nuestra consciencia es alterada. El Talmud nos dice que la lluvia es una enorme declaración de la presencia de Dios en el mundo cotidiano. Tan sólo escucha las comparaciones que el Talmud nos presenta:

  1. Un día lluvioso es más grandioso que el día en el que fue entregada la Torá.
  2. Un día lluvioso es más grandioso que el día en el que fueron creados los cielos y la tierra.
  3. Hace que la salvación se multiplique.
  4. Nos dice que nuestros pecados son perdonados.
  5. Todo lo que poseemos es bendecido.
  6. Es más grandioso que el día en el que los judíos exiliados volvieron a Israel.
  7. Incluso los ejércitos son frenados por su fuerza.

¿Por qué la lluvia es considerada más grandiosa que los momentos más significativos de toda la historia? ¿En qué sentido es una fuente de inspiración y bendición?

La respuesta es que fuimos puestos en un mundo físico con todas sus tentaciones y con el inherente ocultamiento de la presencia de Dios. Nuestro rol es encender una vela en un lugar oscuro y dejar que la bondad que ella refleja ilumine todo el mundo. La lluvia otorga vida material. Dios está tanto allí como en los planos del “ser”. Hay una sola diferencia crítica. En los reinos más elevados del ser, y en los momentos más dramáticos de la historia, hizo falta muy poca introspección para que conociéramos a Dios. Cuando el mundo está en su modo menos dramático, se requiere mucho más de nosotros para que tengamos una relación auténtica con el Creador del mundo.

En Jeshván tenemos que tomar elecciones sobre nuestra relación con el mundo real, con la rutina que aún tenemos que enfrentar. Tenemos que comprometernos a no acobardarnos frente a las cosas mundanas que vemos y ante las elecciones simples que realizamos.

Jeshván es un tiempo de gran oportunidad. Cerremos nuestros ojos, tomemos la frase "sólo sé normal" con un vaso de agua para poder tragarla, y luchemos la batalla del bien, en la cuál el bien, en su sentido más elevado, siempre prevalece.