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[Historia Judía #54] El movimiento reformista
Historia Judía

[Historia Judía #54] El movimiento reformista

Los judíos alemanes enfatizaron la lealtad a su ‘tierra patria’ para ser aceptados por la sociedad.

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Nota del autor: Esta sección sobre el Movimiento Reformista (y el capítulo 58) intenta brindar una visión general sobre los orígenes e historia del movimiento. No tiene como objetivo reflejar la actitud moderna del Movimiento Reformista ni a sus adherentes en la actualidad.

A 200 años de la fundación de las primeras congregaciones reformistas, el movimiento ha sufrido una importante metamorfosis. El fracaso de la Europa ilustrada en su objetivo de terminar el antisemitismo, el Holocausto, el nacimiento del Estado de Israel, la alta tasa de matrimonios mixtos y la asimilación que se dio en las sucesivas generaciones de judíos reformistas, llevó a lo que sólo puede ser expresado como un dramático retroceso de la actitud reformista hacia tanto la observancia del judaísmo como de la identidad nacional judía. Estos cambios monumentales quedan claramente reflejados en la Declaración de los Principios del Judaísmo Reformista, adoptada por el Congreso Central de Rabinos Norteamericanos (CCAR). En Mayo de 1999, el presidente del CCAR, rabino Richard Levy, llamó a un aumento en el compromiso con la observancia, el estudio de Torá e Israel. Esto fue un alejamiento radical de las conferencias anteriores.

Mientras que las diferencias ideológicas entre la ortodoxia y el reformismo siguen siendo enormes, estos cambios reflejan claramente el reconocimiento de los movimientos reformistas modernos de lo que históricamente probó ser una realidad: Lo que ha conservado a los judíos durante miles de años es un compromiso al judaísmo (su estudio, observancia y la primacía del judaísmo como un componente central de la identidad de todo judío).


Como vimos en el último capítulo, la Ilustración le dio a los judíos nuevos derechos (humanos y de ciudadanía) que nunca antes habían tenido. Después de siglos de marginalización física y económica, el encanto embriagador de la emancipación demostró ser muy atractivo para muchos judíos de Europa Occidental. Para muchos, su único deseo era probar su lealtad a su país anfitrión, y la mejor manera de hacerlo era unirse al ejército, que había estado cerrado a los judíos durante siglos. En Prusia y luego en Alemania, grandes y desproporcionadas cantidades de judíos se ofrecieron como voluntarios para el servicio militar. La siguiente es una cita de David Friedlander, un voluntario judío en el ejército prusiano durante las guerras de Napoleón:

…[era] un sentimiento celestial poseer una tierra patria. Qué éxtasis poder llamar a un lugar, un rincón, “propio” en esta hermosa tierra… De la mano con tus camaradas soldados completarás la grandiosa tarea; no te negarán el título de hermano, porque te lo habrás ganado (1).

La nueva apertura de mentalidad fue tan lejos que los judíos incluso fueron aceptados en la sociedad, siempre y cuando no fueran “demasiado judíos”, es decir, siempre y cuando no se vistieran demasiado diferente, se comportaran demasiado diferente, comieran comida diferente o insistieran en ponerse su religión “anticuada” bajo la manga.

La reacción de algunos judíos ante esta situación fue una fuerte negación a cooperar y seguir con el plan.

Pero otros reaccionaron de manera completamente opuesta. Estos judíos siguieron el espíritu de liberación y modernidad, abandonando las cosas que los habían hecho diferentes de otros pueblos, como respetar kashrut, Shabat, etc.

Obviamente tan pronto como los judíos abandonaron su religión, comenzaron a asimilarse. Las tasas de matrimonios mixtos subieron dramáticamente. En Alemania, por ejemplo, subió del 8.4% en 1901 a 30% en 1915 (2). La identidad judía marginal y la asimilación se volvieron la norma durante el siglo XIX. A pesar de que no tenemos estadísticas exactas para la tasa de asimilación, sabemos que se estima que cuarto millón de judíos se convirtió al cristianismo durante esta época y que muchos más se asimilaron a la cultura europea.

Interesantemente, la tasa de asimilación fue mayor en donde había menos judíos. En Europa Oriental, donde la población judía era casi 5 millones, sólo 90.000 de ellos (menos del el 2%) se convirtió al cristianismo para tener una vida más fácil y mezclarse en la sociedad general. En Europa Occidental, donde había menos judíos, las proporciones fueron mucho mayores. La mayoría de los judíos de Francia se asimiló, al igual que la mayoría de los judíos de Italia y Alemania.

¿Por qué? Porque en Europa Occidental los gobiernos eran más liberales y abiertos, los judíos recibieron ciudadanía y los no judíos eran generalmente menos hostiles, por lo que la atracción a asimilarse y unirse a la sociedad era mucho mayor.

Algunos judíos conversos al cristianismo fueron muy famosos. En el capítulo 53 mencionamos a Benjamín Disraeli, el Primer Ministro Británico que se convirtió en el gran arquitecto del imperialismo victoriano. También debemos mencionar a Karl Marx, el padre del comunismo.

Marx fue convertido por su padre cuando tenía seis años; su padre se había convertido unos años antes para poder practicar la abogacía. Marx, que eventualmente se volvió ateo, es el autor de El manifiesto comunista y de Das Kapital, llamado irónicamente la Biblia del trabajador. También es famoso por llamar a la religión el “opio de las masas”.

Siendo un ejemplo terrible de un judío que se odia a sí mismo, Marx culpó a los judíos por todos los problemas del mundo en su libro Un mundo sin judíos, una obra llena de ira. El odio violento hacia el judaísmo y otros judíos no era anormal en estos conversos. Entre otros, infectó a Heinrich Heine, una de las figuras más importantes de la literatura alemana del siglo XIX.

Como tantos otros, Heine se convirtió por razones pragmáticas, explicando su conversión de la siguiente forma: “Afín a la naturaleza de mi pensamiento, puedes entender que el bautismo es una cuestión que me resulta indiferente y no lo considero importante ni siquiera como algo simbólico. Mi conversión al cristianismo es el boleto de entrada a la cultura europea” (3). Era cínico respecto al judaísmo, declarándolo uno de los tres mayores males del mundo (junto a la pobreza y el dolor).

La reforma alemana

Una de las reacciones más dramáticas a los cambios de este período vino de un grupo de judíos alemanes que formó lo que llegó a ser conocido como el Movimiento Reformista.

Los judíos alemanes que comenzaron el movimiento reformista a comienzos del siglo XIX quisieron mantener alguna clase de conexión con el judaísmo, pero al mismo tiempo aprovechar los derechos y libertades recientemente obtenidas, que sólo estaban disponibles si uno se volvía un miembro absolutamente normal de la sociedad europea. El estilo de vida judío tradicional (la observancia de kashrut, Shabat, etc.) y la identidad nacional, eran vistos como barreras a la asimilación, por lo que estos judíos alemanes se propusieron abandonar algunos aspectos del judaísmo tradicional. El más dramático de estos aspectos fue el hecho de que la Torá fue entregada a los judíos por Dios en el Monte Sinaí.

Durante 3.000 años los judíos nunca cuestionaron que la Torá tiene un origen Divino. Las diferentes sectas que aparecieron, como los saduceos y los caraítas, cuestionaron la tradición oral o la ley rabínica, pero nunca el origen divino de la Torá. Esto fue un precedente sorprendente.

La primera grieta en el muro vino de Moisés Mendelssohn (1729-1786), un intelectual brillante conocido como el “filósofo jorobado”. Si bien tenía un estilo de vida observante, defendía un enfoque racional a la religión, tal como lo escribió en su obra, Judaísmo como una legislación revelada:

“Las doctrinas y propuestas religiosas… no son forzadas sobre la fe de una nación bajo amenaza de castigo eterno o temporal, sino de acuerdo a la naturaleza y la evidencia de verdades eternas recomendadas al reconocimiento racional. El Ser Supremo se las reveló a todas las criaturas racionales”.

De hecho, Mendelssohn era seguidor del patrón de los pensadores de la Ilustración, la “Era de la razón”. La religión debía ser racional. Si la ley de Dios parecía irracional, entonces el hombre debía seguir la razón. (Los hijos de Mendelssohn no fueron observantes y pocas generaciones después sus descendientes se habían asimilado o convertido. El nieto de Mendelssohn, el famoso compositor alemán Félix Mendelssohn-Bartholdy, fue bautizado de niño por sus padres asimilados).

Al abrir el judaísmo a este tipo de escepticismo racional, Mendelssohn abrió una puerta por la que muchos se apresuraron a pasar.

Esto no significa que en el pasado el judaísmo haya estado cerrado a las preguntas. En realidad, hacer preguntas siempre ha sido parte importante del judaísmo, pero estaba basado en ciertas creencias y asunciones que el Movimiento Reformista quería derrocar.

El primer servicio reformista fue conducido por Israel Jacobson en la capilla de su escuela en Seesen, Alemania, en el año 1810, y fue adoptado por la primera sinagoga reformista, la cual abrió en Hamburgo en 1818.

El servicio reformista tenía un coro y un órgano, vestían sotanas, y era conducido en alemán con canciones y plegaria en alemán en un esfuerzo intencionado para enfatizar la lealtad y la identidad nacionalistas y para hacer que el servicio en la sinagoga fuera lo más parecido posible al servicio protestante alemán.

La Nueva Asociación de Templos Israelitas, Hamburgo, diciembre de 1817:

“…el servicio religioso debe ser conducido en Shabat y en los días santos… específicamente, en esos servicios debe ser introducido un sermón en alemán y el canto coral acompañado por un órgano… se debe poner en práctica todas estas costumbres religiosas… que son santificadas por la iglesia” (4).

Sin embargo, desde la perspectiva judía, esto era un alejamiento. Hasta ese momento los judíos rezaban en hebreo recitando las plegarias compuestas por los Hombres de la Gran Asamblea y por el Sanhedrín unos 2.000 años antes. Los judíos nunca habían tocado instrumentos musicales durante los servicios de Shabat, mucho menos un órgano que era el instrumento común en las iglesias cristianas, al igual que el coro y las sotanas.

No mucho después, el Movimiento Reformista pasó el Shabat desde el sábado judío al domingo cristiano, y comenzó a llamar a sus sinagogas “templos” para enfatizar que los judíos reformistas ya no ansiaban la reconstrucción de el Templo de Jerusalem.

De hecho, el líder reformista Samuel Holdheim (1806-1860), quien llegó a ser el líder de la congregación reformista de Berlín, abrogó en contra de la mención de Jerusalem, Sión o la Tierra de Israel durante los servicios. Se oponía a la circuncisión, al uso de kipot y talitot y al toque del shofar, es decir, a todo lo que era tradicionalmente judío.

Otro líder reformista, Abraham Geiger (1810-1874), quien lideró grupos reformistas en Breslau, Frankfurt y Berlín, llamó a la circuncisión “un acto barbárico, un rito de derramamiento de sangre” y abogó en contra de “la muestra automática de solidaridad con los judíos de cualquier lado”.

Esos fueron grandes alejamientos de la tradición. Desde Abraham, la circuncisión fue la forma en que los judíos marcaron su pacto con Dios. Y, la solidaridad judía en tiempos difíciles (uno para todos y todos para uno) era vista como una parte integral de la naturaleza judía tal cual la describe Dios (ver capítulo 14).

Los reformistas de Alemania declararon que no eran miembros de la nación de Israel, sino “alemanes que creían en Moisés”.

La filosofía del Movimiento Reformista Alemán evolucionó aún más en las conferencias de Brunswick de 1844 y Frankfurt de 1845. He aquí citas que muestran hasta qué punto los judíos de Alemania querían mostrar lealtad a su país de residencia, lo que significaba rechazar toda lealtad a la Tierra de Israel o al lenguaje hebreo:

Conferencia Rabínica Reformista, Brunswick, 1844:

Para el judaísmo, el principio de la dignidad humana es cosmopolita, pero me gustaría poner énfasis en el amor al pueblo particular [entre el que vivimos] y a sus miembros particulares. Como hombres, amamos a toda la humanidad, pero como alemanes, amamos a los alemanes por ser hijos de la tierra patria. Somos —y queremos ser— patriotas, no solamente cosmopolitas (5).

Conferencia Rabínica Reformista, Frankfurt, 1845:

Al considerar que el hebreo tiene una importancia central para el judaísmo, uno la definiría como una religión nacional. Porque un lenguaje diferente es un elemento característico de una nación separada. Pero ningún miembro de esta conferencia, orador incluido, desearía vincular al judaísmo con una nación en particular.

La esperanza de una restauración nacional contradice nuestros sentimientos hacia la tierra patria… El deseo de volver a Palestina para crear allí un imperio político es superfluo… La esperanza mesiánica, bien entendida, es religiosa… A esta esperanza religiosa sólo pueden renunciar quienes tienen un entendimiento más sublime del judaísmo, y que no creen que el logro de la misión del judaísmo dependa del establecimiento de un estado judío, sino de la fusión de la judería en la constelación política de la tierra patria. Sólo un entendimiento ilustrado de la religión puede reemplazar un tonto entendimiento… Esta es la diferencia entre la estricta ortodoxia y el reformismo: ambos entienden al judaísmo desde una perspectiva religiosa, pero mientras que el primero (la ortodoxia) apunta a la restauración de un orden político, el segundo (el reformismo) apunta a la mayor unión posible con la unión política y nacional de nuestro tiempo… (6)

(Para más información sobre este tema, ver History of the Jews, de Paul Johnson, pp. 333-335, Triumph of Survival, de Berel Wein, pp. 52-53 y The Jew in the Modern World, de Paul Medes-Flohr y Yehuda Reinharz, pp. 161-177).

La ortodoxia

En el camino, los miembros del Movimiento Reformista acuñaron un nuevo término para describir a quienes se aferraban al judaísmo tradicional: los llamaron ‘ortodoxos’, lo cual obviamente implicaba que los judíos observantes eran anticuados, una reliquia del pasado, en contraste con los ‘reformistas’, que tenían un pensamiento moderno y progresista.

En lugares en donde el Movimiento Reformista consiguió atraer a la mayoría de los judíos, hicieron lo mejor que pudieron para forzar sus intereses sobre la minoría. En Frankfurt, por ejemplo, la mikve (la pileta ritual) fue cerrada y la matanza kósher y el estudio de Torá fueron prohibidos. Los judíos ortodoxos fueron básicamente expulsados de la ciudad. En Frankfurt y Main, una de las más antiguas comunidades judías de Europa, quedaban solamente unas cien familias observantes a mediados del siglo XIX.

¿Por qué?

Los reformistas alemanes temían que, a pesar de lograr asimilarse a la cultura alemana, mientras continuara habiendo grupos de judíos que eligieran actuar como judíos e identificarse abiertamente como tales (es decir, judíos que irritaban a los alemanes), los alemanes pondrían a todos en la misma bolsa y continuarían siendo hostiles hacia ellos (7).

Pero obviamente los judíos que no acompañaban al Movimiento Reformista no iban a quedarse callados.

El líder del contraataque ortodoxo en contra del Movimiento Reformista fue un rabino llamado Shimshon Rafael Hirsch (1808-1888). Hirsch nació en Hamburgo y, después de completar sus estudios rabínicos, asistió a la Universidad de Bonn. Sirvió como rabino en muchas comunidades y como gran rabino de Moravia, una comunidad de 50.000 judíos. Publicó muchas obras famosas, como Horeb, en las que buscó demostrar la viabilidad del judaísmo tradicional en el mundo moderno.

En 1851 se mudó a Frankfurt am Main para servir como rabino de la menguante comunidad e iniciar el contraataque filosófico al Movimiento Reformista.

Como parte de su lucha, logró establecer su propia institución ortodoxa en Frankfurt, llamada Kahal Adas Yeshurin, y creó su propio sistema de escuelas religiosas.

Su objetivo era mostrarles a esos judíos que querían ser modernos que era posible serlo dentro del contexto del judaísmo tradicional. No es necesario abandonar la Torá para adecuarse a la evolución del mundo, ya que la Torá nos enseña cómo hacerlo. Esto es lo que escribió en 1854, en un artículo titulado La religión aliada al progreso (Ver Collected Writings of Samson Raphael Hirsch):

¿Qué es lo que queremos? ¿Acaso las únicas alternativas son abandonar la religión o renunciar a todo tipo de progreso? Declaramos ante el cielo y la tierra que si nuestra religión requiriera que renunciemos a lo que es llamado civilización y progreso lo haríamos sin dudarlo, porque nuestra religión es para nosotros la palabra de Dios, ante la cual toda otra consideración debe ceder. Sin embargo, tal dilema no existe. El judaísmo jamás fue ajeno a la verdadera civilización y progreso. En casi toda área sus adherentes estuvieron completamente a la par del estudio contemporáneo y muy a menudo superaron a sus contemporáneos. El estudio de Torá combinado con los caminos del mundo es algo excelente (8).

Lo que rav Hirsch enfatizó fue que la forma normal de ser judío es estar completamente metido en el mundo, pero también completamente sumergido en la Torá. La pregunta no es “¿la Torá o el mundo?”, sino que es una cuestión de prioridades. Dejó bien en claro que la primera prioridad es la Torá. En contraste a Mendelssohn, dijo que incluso si hay partes de la Torá que no entiendes, debes seguirla de todas maneras, porque es la palabra de Dios.

(Para más información sobre este tema, ver Rav Samson Raphael Hirsch: Architect of Torah Judaism for the Modern World, de Eliahu Meir Klugman).

A pesar de los esfuerzos de Rav Shimshon Rafael Hirsch y otros, el Movimiento Reformista se esparció no sólo dentro de Alemania, sino también a otros países, teniendo cada grupo de reformistas su propia interpretación del mismo. Por ejemplo, los judíos reformistas de Inglaterra de la sinagoga de West London adoptaron una postura casi caraíta. Se aferraron a la Torá como la palabra de Dios, pero rechazaron las enseñanzas del Talmud.

En Estados Unidos, el Movimiento Reformista también adoptó su propia forma después de ser trasplantado allí desde Alemania por varios miles de inmigrantes alemanes a mediados del siglo XIX. Hablaremos de ello cuando analicemos la vida judía en Estados Unidos.


Notas:

1) Amos Elon, The Pity of It All ― A Portrait of the German-Jewish Epoch 1743-1933, (Nueva York, 2002), p. 95. La Primera Guerra Mundial es un excelente ejemplo: 120.000 judíos sirvieron en el ejército alemán y 12.000 murieron en la guerra. Hitler hasta recibió su Cruz de Hierro de un oficial judío.

2) The Pity of It All, p. 225.

3) The Jew in the Modern World de Paul Mendes-Flohr y Yehuda Reinharz, pp. 258-259.

4) Paul Mendes-Flohr & Yehuda Reinharz ed., The Jew in the Modern. World ― A Documentary History, (Oxford University Press, 1995), p. 161.

5) The Jew in the Modern World, pp. 183-185.

6) Ibíd., pp.178-185.

7) Uno también podría presentar un argumento psicológico, diciendo que en un nivel subconsciente, la presencia continua de judíos observantes en la comunidad serviría como un doloroso recordatorio de que esos judíos no observantes habían rechazado su legado y se habían desviado del camino.

8) Ibíd., pp. 197-202.

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