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¿Puede Salvarse este Compromiso?

¿Puede Salvarse este Compromiso?

Después de comprometerme, pasé de ser una mujer con confianza en mí misma a una deprimida, lunática emocional.

por Ariella Froman

“Quisiera poder creer que me ama…”.

Recuerdo escribir esta oración, una plegaria desesperada para nadie en particular, después de estar comprometida por sólo dos meses. Había estado esperando mi compromiso desde que Adam mencionó el tema. Los dos estábamos en Israel para estudiar durante un año y habíamos estado saliendo por meses cuando surgió el tema. “Compromiso” - había sonado como una fantasía hecha realidad y no veía la hora de llevar nuestra relación al nivel siguiente y comprometerme con el hombre que amaba.

Esperamos hasta que volvimos a Estados Unidos y luego oficializamos la noticia: Adam y yo estábamos planeando casarnos. Las dos familias se escandalizaron. Yo recibí mi ración de “¡¿En qué estás pensando?! ¡Estás loca!”. Pero eventualmente todo el mundo se calmó y comenzaron los planes para la boda.

La vida fue una bendición por dos meses, y luego estallé.

Estar comprometida era realmente algo importante. Me había comprometido con el hombre al que amaba, era la envidia de todas mis pares y mi problema más grande parecía ser elegir un color para los vestidos de las damas de honor; por no mencionar que la forma sutil y elegante en la que el diamante de mi anillo atrapaba la luz del sol me volvía loca. La vida fue una bendición por dos meses, y luego estallé.

No estoy segura sobre cuál fue la causa. Puede ser que subconscientemente no estaba lista para asumir una responsabilidad tan grande como el matrimonio, o quizás fue mi inexperiencia con las relaciones. Puede que haya sido una combinación de las dos y muchas otras cosas. De cualquier forma, me transformé en una persona diferente. Pasé lentamente de ser una joven efervescente, extrovertida y confiada, a una deprimida lunática emocional.

Oscura y Temerosa

Al principio atribuí mi humor al cansancio. Yendo a la universidad y trabajando medio día, el tiempo para “mí misma” a menudo era usurpado de mi tiempo para dormir. Pensé que mi mal humor era simplemente un efecto secundario de mi fatiga e hice lo mejor que pude para ignorar mi deseo incesante de llorar. Pero a medida que pasó el tiempo, pareció que mi prometido ya no podía hacer nada bien, mis amigos estaban juzgándome constantemente y mis padres estaban tratándome como un bebé en todas las maneras posibles. En mi nuevo estado de mente, el mundo se había vuelto en mi contra y todos eran o críticos o absolutamente incompetentes en todo.

Aunque todavía no me había dado cuenta, estaba adoptando una personalidad oscura y temerosa que me hacía analizar de manera excesiva mis relaciones, tratar a mis amados con desconfianza - a Adam en particular - y alejar a la gente que siempre había estado cerca de mí.

Por meses, mi familia, amigos y prometido pensaron que el diablo había tomado control de todo mi cuerpo. Yo causaba peleas innecesarias e inauditas con mis padres. La menor infracción de Adam o el indicio de que quería pasar tiempo con alguien además de mí me dejaba desconsolada. Estaba en un estado constante de irritación y preocupada constantemente sobre todo, desde mi auto que estaba en manos de mi hermano que recién había obtenido su licencia de conducir, a los exámenes semestrales y a la amenaza iraní de una guerra nuclear. También comencé a sentirme físicamente enferma de forma aleatoria y comencé a perder peso, al tiempo que perdía mi cordura.

Al final fue Adam el que me devolvió a la realidad, con un golpe que no estaba esperando. Me había vuelto completamente insegura en la relación, necesitaba recordatorios después de cada discusión de que él todavía quería casarse conmigo y de que todavía me amaba. Mi incapacidad de darle lugar sin el miedo de perderlo ocasionó que él pasara todo su tiempo libre conmigo, y estaba perdiendo lentamente contacto con sus amigos. Me dijo que se sentía atrapado en nuestra relación. Sentía que ya no estaba recibiendo nada de mí, y que sin importar cuánto tratara de razonar, se encontraba siempre preguntándose a sí mismo por qué seguía involucrado conmigo.

No veía manera de casarse conmigo y pasar su vida con la mujer en la que me había convertido.

Los dos estábamos desmoronándonos, dijo, y si las cosas continuaban como estaban, no veía forma de casarse conmigo y pasar su vida con la mujer en la que me había convertido.

Él lloró. Yo me lamenté por lo que pareció ser la realización de una profecía auto-cumplida. Mis inseguridades acerca de que él me abandonara, sofocaron a Adam al punto en el que lo había alejado. Mi peor miedo se estaba materializando ahora.

Me negué a disculparme por lo que asumí era un manifiesto de mi personalidad, y Adam no veía salida a la incomodidad de estar en una relación sofocante, con una compañera demasiado emocional. Con una mezcla de pena y resentimiento en nuestras voces, nos preparamos para separarnos para siempre.

Obteniendo Ayuda

Luego, por capricho, expusimos nuestros problemas a una fuente objetiva que identificó que yo había estado sufriendo lo que es conocido como “depresión situacional”, y que un poco era también por mi personalidad ansiosa. Pero no era nada que no pudiera controlar, ni que durara para siempre. Además, algunos de nuestros temas más grandes eran simplemente dramas comunes a todas las relaciones. Estas noticias llegaron como un alivio para los dos y comenzamos lenta e intensamente el proceso de sanar nuestra relación.

Eso fue hace más de dos meses. Ahora, observo y releo la oración en el papel que tengo delante de mí: “Quisiera poder creer que me ama…”. Había sufrido tanto dolor cuando escribí esa línea, tan desesperada y asustada porque nunca sería feliz en mi relación con Adam. Me río de mí misma. Unas cuantas sesiones de terapia y un par de libros de autoayuda después, y estoy en un lugar completamente diferente del que había estado cuando escribí esa plegaria desesperada.

Estoy en el proceso de sanar mi relación con mi familia, tengo vida social nuevamente, y Adam y yo estamos mejor que nunca. Nos reunimos con un consejero prematrimonial y hemos identificado la importancia de la comunicación en nuestra relación. Hemos estado trabajando para entender que ninguno de los dos puede leer la mente y a veces es indispensable que expresemos lo que está en nuestras cabezas o cómo nos estamos sintiendo en lugar que asumir que el otro va a intuir nuestro humor.

Me di cuenta que mucha de mi ansiedad fue impulsada por el hecho de que había estado esperando ciertas respuestas románticas o gestos “sensibles” de Adam que no había estado recibiendo. En lugar de expresarle mis necesidades, me convencí a mí misma de que esta falta de gestos románticos implicaba una falta de conexión de su parte. Y Adam está trabajando para comunicarse conmigo también, especialmente cuando se trata de romance. Ahora entiende que el “sentimentalismo” es algo que yo necesito para lograr seguridad en una relación.

Mirando hacia atrás en mi experiencia, estoy convencida de que Adam es mi “bashert”.

También me di cuenta de lo importante que es darle al ser amado, y a la gente en general, de acuerdo a sus propias necesidades y no de acuerdo a las ideas propias de lo que es correcto o equivocado para la otra persona.

En el judaísmo existe un concepto místico denominado “bashert” o “alma gemela”. Lo que debe hacer un alma gemela es desafiar a su pareja en las áreas en las que el compañero necesita mejorar. Esos desafíos tienen el objetivo de ayudar al compañero a alcanzar su propósito en este mundo. Mirando hacia atrás en mi experiencia, estoy convencida de que Adam es mi “bashert”. Aprendí tanto sobre mí misma en los últimos meses, y he madurado como persona y como pareja. Nunca lo hubiese logrado si no fuera por mi relación con Adam y por las maravillosas formas en las que me desafía para analizar mis defectos de carácter a medida en que los dos trabajamos para mejorar nuestra relación.

Miro por sobre la página cuando mi teléfono celular comienza a vibrar. Es un mensaje de texto de Adam diciéndome que me ama y que está pensando en mí. Siento un hormigueo bajando por la espalda y, aunque trato, no puedo esconder la ridícula sonrisa en mi rostro. Poniendo el papel en un cajón, me hago una nota mental de llamar a Adam en mi recreo sólo para decirle que lo amo más que a nada en este mundo.

11/7/2010

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