Una relación de dominio no expresa amor. El judaísmo enseña que amor es crear espacio en nosotros mismos para otra persona y entregarnos a ella. Sólo cuando dos personas se entregan la una a la otra y se ayudan mutuamente en el marco de una relación de respeto e inclusión, es que podrán experimentar el poder y el milagro del amor verdadero.

Entonces, ¿cómo encaja todo esto con el famoso versículo de la Torá que declara que “Él dominará sobre ti” (Génesis 3:16)? ¿Acaso no es esta la fuente y justificación para el dominio del hombre sobre la mujer? La respuesta es: No, todo lo contrario. La Torá nos está diciendo que esa es una maldición, no la norma ni el ideal por el que luchamos. Nuestra responsabilidad es anular esta maldición, así como la tecnología moderna en la agricultura está anulando la maldición de “con el sudor de tu frente comerás pan”.

Vemos por ejemplo cómo la maldición del dominio masculino fue anulada en las relaciones amorosas de todos los patriarcas y matriarcas judíos.

Dios le dijo a Abraham: “Todo lo que Sará te ha dicho, escucha su voz” (Génesis 21:12). La tradición oral enseña que este versículo indica que la profecía de Sará era mayor que la de Abraham. Lo mismo con Rivká, que difícilmente puede verse como una subordinada a su marido Itzjak. Fue Rivká quien valientemente persuadió a su hijo Yaakov para que se disfrazara de su manipulador hermano Esav y se presentara ante Itzjak para recibir la bendición. Rivká tuvo la perspicacia para saber que aquel que merecía las bendiciones era Yaakov y que debía orquestar todo para ayudar a Itzjak a darse cuenta de la triste verdad de la manipulación de Esav.

También encontramos que cuando Yaakov quiso irse de la casa de su suegro, tuvo que buscar formalmente el consentimiento de sus esposas, Rajel y Leá. No estaba dispuesto a implementar una decisión sin la opinión y aceptación de ellas.

El joven no estaba buscando una esposa, sino una empleada doméstica.

Una estudiante mía salió una vez con un joven que creía que la maldición del dominio masculino es el ideal para una relación. En la primera cita le preguntó:

“¿Te gusta cocinar?”.

“No, lo odio”, respondió ella.

“Bueno, ¿te gusta limpiar?”.

“No”.

“¿Lavar ropa?”.

“Definitivamente no”.

Ella vio que sus respuestas lo estaban sorprendiendo, por lo que dijo: “¿Puedo hacerte una pregunta?”.

“Claro”, respondió el joven.

“¿Es esto una entrevista laboral?”.

Era claro que el joven no estaba buscando una esposa, sino una empleada doméstica. Las mujeres tienden a cometer el mismo error, preguntándole a los hombres sobre su situación financiera y sobre qué posibilidades hay de que ésta mejore.

Entonces, ¿qué estás buscando?

En las palabras de apertura de la Torá se nos dice que el primer hombre fue creado a imagen de Dios. ¿Y cuál es esa imagen? El primer ser humano fue creado hombre y mujer, una entidad única que incluía los dos sexos. “Y Dios creó al hombre a Su imagen, en la imagen de Dios lo creó; hombre y mujer lo creó” (Génesis 1:27).

En esta unión de masculino y femenino, en esta unión de opuestos, el primer ser humano reflejó la imagen de Dios; una unidad que incluye otredad, pero continúa siendo una.

Esta idea es muy importante. Un individuo solo no refleja la imagen de Dios; un hombre en comunión con una mujer sí lo hace. Entonces, hasta que un individuo haga lugar para incluir a otro y permita que ese otro haga lo mismo, no habrá la unidad que refleja la imagen de Dios.

La Torá registra que después de que el ser humano fuera creado, Dios dijo: “No es bueno para el hombre estar solo”.

Dios determinó que el ser humano necesitaba “una ayuda”, pero pasó un tiempo hasta que Eva fue creada. En lugar de eso, fueron creados todos los animales y las aves, y Dios le pidió al ser humano que los nombrara. Al final de eso, la Torá nos dice que el hombre no encontró “una ayuda”.

¿Qué tiene que ver nombrar a las criaturas con encontrar una ayuda?

El Midrash explica que Dios estaba haciendo de casamentero. Dios estaba haciendo salir al primer ser humano con todos los animales del jardín. Y Adán salía de citas. Bueno, imagina a Adán parado en el lobby del Hotel Paraíso. Está esperando ansiosamente y… quién viene… es… “¡Es un elefante! Mmmm… me parece que esto no va a funcionar”.

La pareja correcta te respetará y se conectará contigo en tu mismo nivel.

Pobre Adán. Estaba rodeado por todos estos animales, pero no era feliz. Ahora bien, ¿por qué no podía ser feliz con una atractiva jirafa o con una pequeña y dulce gallina? Porque un animal es subordinado al hombre, no es igual a él. De hecho, a Adán se le ordenó “ejercer dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del aire y sobre toda criatura viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:28). Adán no podía superar su soledad y encontrar el amor verdadero con un ser subordinado a él.

La Torá es muy clara al describir a una pareja adecuada. Dios dijo: “Haré una pareja adecuada que esté kenegdó (en su contra)”, opuesta y paralela a él. En otras palabras, Dios crearía para él a alguien que, de manera muy positiva y respetuosa, lo enfrentaría y se conectaría con él en su mismo nivel.

Un animal puede ser una gran ayuda para el hombre haciendo su trabajo, pero un animal no puede ser ‘la otra mitad’. No estarás completamente satisfecho en la búsqueda de amor a menos que sea con alguien a quien reconoces como igual a ti y cuyas diferencias respetes.

La realidad de las citas

Eso no significa que no haya hombres inseguros que prefieren no ser desafiados. He oído a muchachos decir: “Consíguete una niña joven, a la que puedas moldear”. Y sí, un hombre podría encontrar a una niña joven y vulnerable e intentar hacer que encaje en su ridícula fantasía de una esposa que lo considere amo y señor. Pero como resultado lo único que logrará es que su vida sea más difícil. Tendrá una existencia muy solitaria y extrañará penosamente el involucramiento de una ayuda kenegdó”, un involucramiento que es esencial en el proceso de crecimiento espiritual. Y lo más triste es que debido a esto se estará privando de la oportunidad de ser la manifestación viviente de Dios, que es expresada por medio de la capacidad de amar, haciendo un espacio en su interior para incluir a alguien único.

Para amar, necesitas salirte del centro y crear un espacio para otro en tu vida. El amor comienza sólo después de que haces eso. En otras palabras, si eres egocéntrico, entonces no estás listo para amar. Si eres egocéntrico, no puedes hacer el espacio suficiente para nutrir a otro. Y el amor verdadero no sólo es crear ese espacio en tu vida para otra persona, sino también darle ese espacio, respetándolo y manteniéndolo. Es simultáneamente ser parte de otra vida y estar separado de ella.

Viva la diferencia

Una vez que somos capaces de salirnos del centro y de crear un espacio para otra persona, debemos desarrollar la sensibilidad aguda de lo particularmente diferente que es nuestra pareja (al igual que cualquier otra). Tendemos a ver lo que tenemos en común y a obviar las diferencias. Cuando la gente dice “el amor es ciego”, a esto es a lo que se refieren.

El amor verdadero es ver tanto lo bueno como lo malo.

Pero el amor verdadero no es ciego. El amor verdadero es ver: ver las diferencias, la otredad, lo bueno y lo malo. El amor verdadero es ver y continuar amando. En hebreo, el verbo ‘ver’ está relacionado directamente con el verbo ‘respetar’. Y eso es lo que significa “ver con los ojos del amor verdadero”. El amor verdadero requiere que veamos, aceptemos y respetemos a quienes amamos por lo que son, sin proyectar nuestros sueños y fantasías en ellos.

Esto es muy difícil, porque tendemos a querer que nuestros seres amados encajen en nuestra imagen imaginaria del amor. Y si no encajan, queremos alterarlos para que lo hagan.

Pero si logramos ver no sólo lo que tenemos en común con quienes amamos, sino también lo que nos hace diferentes, y honramos y apreciamos esas diferencias, entonces podremos dar el paso siguiente y entregarnos a esa persona. Y, simultáneamente, debemos permitirle a nuestra pareja hacer lo mismo por nosotros, lo cual significa darle la posibilidad de que haga en su vida un lugar para nosotros, permitiéndole reconocer nuestra individualidad, permitiéndole que se entregue a nosotros.

Extraído del libro “Endless light” (Luz eterna), de Rav David Aaron.