Lejá dodí likrat kalá, penei Shabat nekabelá… ‘Ven mi Amado a recibir a la novia, la presencia del Shabat, démosle la bienvenida’.

Doy una rápida mirada por la habitación en búsqueda de un rostro familiar entre la multitud. El mar de mujeres se menea rítmicamente junto a las voces que cantan canciones para dar la bienvenida al Shabat.

Lentamente me dirijo a un asiento vacío que hay junto a mi prima, en la parte delantera del shul. En pocos días ella será una novia. Ajotí, ‘mi hermana’, como nos llamamos cariñosamente.

Cierro mis ojos y me sumerjo en la experiencia.

Boí kalá, boí kalá. ‘Ven, novia; ven, novia’.

Lentamente la tomo de la cintura. La kalá. El tan esperado momento está a pocos días de ser realidad. Su búsqueda ha terminado, ha encontrado a su bashert, su ‘alma gemela’. Sus plegarias han sido oídas y respondidas.

“Es tu turno”, dice una mujer con una gran sonrisa mientras toma la mano de mi prima y la lleva hacia una ronda de mujeres eufóricas. Bailamos y, mientras lo hacemos, mis ojos se llenan de lágrimas. Se le acercan mujeres, una a una, para desearle mazal tov. Ella resplandece con el brillo de un nuevo amor. Nosotras saltamos, bailamos, cantamos y reímos.

Yo lloro. Lágrimas grandes y saladas mezcladas con mil emociones comienzan a nublar mi visión mientras lucho para permanecer en el momento. Mi labio inferior comienza a estremecerse, como si fuera el de una niña que cayó y se raspó la rodilla. Se me hace un nudo en la garganta y mi voz enmudece mientras lucho para mantener firme mi temblorosa sonrisa. Continúo bailando, aplaudiendo y cantando.

Al igual que la cortina blanca que revolotea por el viento del aire acondicionado, me encuentro a mí misma meciéndome a medida que volvemos lentamente a nuestros asientos.

La hermosa voz del jazán comienza a resonar cuando comienza a cantar nuevamente. La congregación se le une, elevando las canciones de Shabat hacia el cielo.

Mi prima entiende la mezcla de plena alegría e insoportable dolor.

Ahora las lágrimas son más grandes y numerosas. Mi corazón está lleno de amor, pero también se siente roto y vacío. Mi búsqueda también había sido su búsqueda. Mi travesía también había sido su travesía. Juntas compartimos lágrimas y corazones rotos. Crecimos juntas. Buscamos juntas. Juntas compartimos alegría y dolor. Ajotí, ‘mi hermana’.

Me doy vuelta hacia mi prima con la voz quebrada y reúno la fortaleza para decir: “Sabes que estoy feliz por ti, ¿verdad?”.

Con los ojos llenos de lágrimas asiente y dice simplemente: “Sí”.

“Tu último Shabat como una mujer soltera. Tu último Shabat sola. Es tu momento. Te lo mereces”, digo.

“Pronto para ti”, dice ella.

“Pronto para ti” debe ser el refrán que más me han dicho últimamente. Se supone que es una bendición, quizás una plegaria. Se supone que me debe hacer sentir mejor, que me debe dar fortaleza y coraje. Quizás es un mantra que debería decirme yo misma una y otra vez, “pronto para mí, pronto para mí”. Se origina en el amor, no me caben dudas.

Sin embargo estas tres palabras han comenzado a dolerme más de lo que me fortalecen, como si fueran una daga enterrándose cada vez más profundo en mi corazón. Sonrío y abrazo a mi hermosa prima. Ella sabe cómo me siento. Ella entiende la mezcla de plena alegría e insoportable dolor. Devuelvo mi borrosa vista al sidur mientras el comienzo y la finalización de otra canción obstruye mis oídos. Ya ni siquiera logro oír las palabras, son sólo sonidos. Estoy perdida en otro mundo, viendo el continuo oscilar de la blanca cortina.

Tengo 32 años y continúo buscando, continúo anhelando encontrar a mi príncipe azul. Aquel alto y apuesto desconocido que vendrá a golpear mi puerta para llevarme en su caballo blanco. O quizás vi demasiadas comedias románticas como para ser capaz de distinguir entre la realidad y Hollywood.

Mientras más pasan los años, más me acostumbro. Cada vez se me hace más difícil integrar a una persona nueva en mi vida. Tengo mi rutina, mi agenda, mis objetivos y mis listas de cosas para hacer. Toda mi existencia ha sido construida alrededor de MÍ, mientras anhelo constantemente llegar a ser NOSOTROS. De todos modos espero, de alguna manera, integrar a otra persona y, con la ayuda de Dios, también a algunos niños a mi tan perfectamente organizada y estructurada existencia.

Mi mejor amiga, una mujer casada que tiene cuatro hijos, me dijo una vez que la decisión más difícil al buscar una pareja es elegir. Ser valiente y elegir, de entre millones, a una persona con quien compartir tu vida. Y entonces, una vez que has elegido, continuar eligiendo a esa persona todos los días a partir de ese momento. Elegir aceptar sus fortalezas, debilidades, defectos y peculiaridades con amor y respeto. Elegir dejar de buscar y permitir que esa vocecita en tu cabeza que dice: “Quizás haya alguien mejor”, finalmente se calle. Saber que el romance de Hollywood es sólo eso: una fantasía creada para vender una película.

Elegir los valores que realmente estoy buscando en un esposo, un socio, un amigo, un amante, y aceptar la verdad de las perfectas imperfecciones de los seres humanos. Hasta que llegue ese día en que finalmente deje de buscar y comience a elegir al mismo hombre por el resto de mi vida, mantendré la mente abierta ante las raras imperfecciones que podrían ser insignificantes frente al hermoso interior.

Lucho para lograr la paciencia y la fe que necesito para hacer una de las elecciones más importantes de mi vida. Hasta que llegue ese día, rezo y repito en mi mente “pronto para mí”.