En una ocasión, Rav Iaakov Weinberg, de bendita memoria, caminaba por el corredor hacia la sala de estudios principal (Beit Midrash) de Ner Israel. De repente, se acercó a uno de sus estudiantes y le preguntó:

—Shimón, ¿cuántas veces dijiste hoy kiriat Shemá (el Shemá)?

Sin entender a qué se refería Rav Iaakov, Shimón respondió:

—Dos, una anoche y una esta mañana. (De esta forma se cumple la obligación mencionada en el primer capítulo de la Guemará de Brajot).

—¿Sólo dos? —Preguntó Rav Iaakov—. ¡Yo lo dije muchas más veces! ¿Estás satisfecho con aceptar el yugo del Cielo sólo dos veces al día?"

La recitación del Shemá solidifica nuestra aceptación de Dios como Rey. Allí se habla de amar a Dios, sacrificarse por Dios, estudiar Torá, la Unicidad de Dios, tefilín, mezuzá y muchos otros aspectos del servicio Divino. Sin dudas, todo esto explica por qué sentimos una conexión más cercana con la plegaria del Shemá que con otros mandamientos y rituales. Pero la conexión emocional de los judíos con el Shemá debe tener una razón espiritual más profunda. Hasta el judío más secular por lo general conoce el primer versículo del Shemá: "Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno". De hecho, cuando es necesario, en especial durante los períodos en que predomina el terror en Israel, si alguien quiere saber si un desconocido es árabe o judío, generalmente le pide que recite el primer versículo del Shemá.

Comenzamos la vida con el Shemá. Desde los primeros días de vida nuestros padres lo dijeron al llevarnos a dormir en la cuna. Nos enseñaron a decir el Shemá apenas aprendimos a hablar (como legisla el Rambam en Hiljot Talmud Torá 1:6). Lo decimos en nuestras plegarias (por lo menos) dos veces al día. Y al final, morimos con el Shemá en nuestros labios.

Cada día decimos: Somos afortunados, cuán grandiosa es nuestra misión, cuán precioso nuestro legado. Somos afortunados por levantarnos temprano y quedarnos despiertos hasta tarde en la noche, mañana y noche, proclamando el Shemá” (Sidur, Plegaria matutina). ¿Cuál es el origen de nuestro amor y entusiasmo por el Shemá? La parashat Devarim y, en realidad, todo el libro de Devarim, nos ayudará a entender este fenómeno.

“ESTAS son las palabras que Moshé le habló a todo Israel(Devarim 1:1). Sabemos que Moshé transmitió toda la Torá a todos los judíos. Moshé no enseñó secciones de la Torá a unos pocos estudiantes elegidos, quienes después la enseñaron al pueblo judío. En cambio, Moshé enseñó toda la Torá a todos los judíos (ver Talmud Eruvín 54b). Sin embargo, este versículo implica que Moshé sólo transmitió el libro de Devarim a toda la nación. ¿Cómo se entiende este versículo?

La siguiente explicación aclarará el versículo y también el método con el que debemos estudiar todo el libro de Devarim. Los cuatro libros anteriores de la Torá son las palabras directas de Dios. Dios le dijo a Moshé exactamente qué escribir en la Torá, letra por letra. Incluso cuando encontramos una conversación entre dos personas, como Abraham y Paró, las palabras de su conversación son una parte de la Torá. No eran Torá cuando Paró o incluso Abraham las dijeron; pero después, cuando Dios decidió citar esa conversación, sus palabras se convirtieron en Torá. Dios le dijo a Moshé, palabra por palabra, qué escribir en la Torá respecto a Abraham y Paró. Así fue como su conversación se convirtió en parte de la Torá, tal como Dios la dictó.

El libro de Devarim también funciona de esta forma. Mientras que las palabras de los cuatro libros anteriores de la Torá fueron decididas por Dios sin ninguna participación de Moshé (Moshé era meramente el secretario que escribía lo que Dios le dictaba), no ocurre lo mismo con Devarim. Moshé tuvo pensamientos educativos profundos que deseó compartir con el pueblo judío antes de pasar a la otra vida. Después de que Moshé compartiera esos pensamientos con la nación, Dios decidió usar los discursos de Moshé como una parte de la Torá. Entonces Él le instruyó a Moshé escribir sus discursos en la Torá.

Este es el significado del versículo: “ESTAS son las palabras que Moshé le habló a todo Israel” (Devarim 1:1). Primero Moshé dijo esas palabras, y luego Dios le dijo que las convirtiera en parte de la Torá. Esto es distinto a los cuatro libros anteriores, en los que Moshé simplemente enseñó lo que Dios le ordenó que dijera.

Por lo tanto, al estudiar el libro de Devarim, debemos hacerlo en dos niveles:

1. ¿Qué tuvo en mente Moshé, el más grande de todos los profetas, cuando dijo esas palabras? ¿Qué quiso transmitir?

2. ¿Cuáles son los valores y enseñanzas absolutas y eternas que derivamos de las palabras de Moshé, ahora que Dios decidió que dejen de ser una declaración normal y humana para pasar a ser una sección de Su Torá?

De esta forma, pareciera que el estudio de Devarim requiere más esfuerzo que el de los otros cuatro Libros de la Torá. Aquí debemos analizar cada versículo en base a estos dos niveles, algo que no tenemos que hacer en los otros libros.

Esta idea aplica a los diversos mandamientos que figuran en Devarim. En Devarim aparecen algunos mandamientos repetidos y otros que se mencionan por primera vez. Muchos comentaristas se preguntan cuál es el común denominador de los mandamientos mencionados sólo en Devarim. Sin duda Dios ya había enseñado esos mandamientos al pueblo judío antes de que Moshé se los describiera. Entonces, ¿por qué Dios los escribió en Su Torá como si fuera la primera vez que Moshé habló sobre ellos?

La respuesta es que todos los mandamientos mencionados en Devarim tienen una mayor relación con el factor humano. Sí, Dios ya los había ordenado, pero Él quería que al estudiar la Torá, los judíos los encontraran como si Moshé los hubiera dicho. El efecto es que esas directivas no son sólo un decreto de Dios, sino que fueron creadas (en cuanto a su inserción en la Torá) por Moshé, un ser humano. Sólo fueron incluidos en la Torá Escrita cuando Dios le dijo a Moshé que registrara en ella sus propios discursos.

¿Cuál es entonces la raíz de nuestro amor y entusiasmo por el Shemá? Con todos los mandamientos de Devarim nos conectamos de forma más natural, innata y emocional que con los mandamientos de los otros cuatro Libros de la Torá. Esto, por supuesto, incluye al Shemá. Nuestra conexión especial con el Shemá, como nación, no hubiera existido sin el factor humano presente en la forma en que el pueblo judío recibió la mitzvá.

La próxima vez que digamos el Shemá y tengamos sentimientos especiales hacia la mitzvá, sabremos por qué.

Y cuando estudiemos Devarim, tratemos de descubrir el factor humano y la conexión emocional presente en el libro para aprender muchas más enseñanzas y mandamientos. Al tener en cuenta este aspecto de Devarim, podremos apegarnos emocionalmente a sus mandamientos de la misma forma en que estamos apegados al Shemá.