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Shminí(Levítico 9-11)

Ofrendas y el valor de la idolatría

Suena raro, ¿no? ¿Acaso puede haber algo bueno en la adoración de ídolos? ¿No es la idolatría el enemigo público número uno de la Torá? ¿No encontramos en la Torá decenas de advertencias en contra de la idolatría?

La respuesta, por supuesto, es un gran y rotundo ¡sí! Sin embargo, descubriremos que la motivación para la idolatría emana de un lugar sagrado. El concepto de los sacrificios, de los que algunos aspectos son descriptos en la parashá de esta semana, está muy relacionado con los elementos positivos de la idolatría.

En primer lugar, a modo de introducción, veamos qué ocurrió con Abraham y su padre idólatra, Téraj.

Hace poco, en la noche de Pésaj, estudiamos el siguiente pasaje:

Originalmente, nuestros patriarcas fueron idólatras, pero ahora Dios nos acercó para que Le sirvamos… como declara el versículo: "Tus ancestros… Téraj, el padre de Abraham y Najor, idolatraban a otros dioses".

Es extraño que digamos que Téraj fue uno de nuestros patriarcas. Por lo general pensamos que Abraham fue el primer padre del monoteísmo y del judaísmo, no Téraj, un idólatra. De alguna forma pareciera que le damos un poco de crédito a Téraj. ¿Por qué?

Otra pregunta. En Génesis (11:10-32) se enumeran las 10 generaciones que hubo desde Nóaj a Abraham. La Torá describe la edad en que cada generación comenzó a tener hijos. El promedio de edad fue 30 años. Sin embargo, Téraj tuvo su primer hijo a los 70 años. ¿Por qué Téraj tardó tanto en casarse?

Puede ser que Téraj era un individuo especialmente espiritual que no quiso tener hijos hasta haber estado preparado. Él dedicaba su tiempo a crecer en su servicio idólatra, al cual consideraba como la espiritualidad. Estaba equivocado, pero era sincero en su comprensión del mundo espiritual y en la necesidad de servirle a un poder superior. Es por eso que Téraj abandonó su cómodo hogar y viajó hacia la tierra de Israel (Génesis 11:32). Téraj entendió que en Israel podía encontrar santidad y quiso tener acceso a ella. Por eso sacrificó su comodidad y se mudó.

No puede ser mera coincidencia que Abraham, quien indudablemente llegó a ser la persona más grandiosa de la historia, venga de Téraj. Téraj tenía una gran espiritualidad y devoción, pero la utilizó equivocadamente, para un fin errado. Abraham tomó el potencial mal dirigido y no materializado de su padre y lo usó para la verdadera espiritualidad y el servicio al Dios único y real.

Si la grandeza de Abraham se le acredita a Téraj, ya no es tan descabellado decir que buena parte del servicio a Dios y especialmente el servicio de los sacrificios, pueda encontrarse en las raíces básicas de la idolatría.

Tratemos de entender el servicio de las ofrendas.

En la actualidad no podemos entender la tentación y el atractivo que tenía la idolatría hace más de 2000 años. Tampoco podemos entender la belleza y el significado del servicio de los sacrificios. Esos dos fenómenos están íntimamente relacionados.

El Talmud (Sanedrín 64a) describe que los Sabios de hace más de 2000 años ayunaron y rezaron pidiéndole a Dios que eliminara la tentación de la idolatría. La adoración de ídolos se había vuelto una fuerza tan poderosa que era un desafío prácticamente imposible de superar. El pedido de los Sabios fue aceptado. En el mundo ya no existe el deseo de adorar ídolos. Para nosotros, la idea de la idolatría es una tontería. Esto se debe al éxito que tuvieron las plegarias de los Sabios.

Pero este éxito y la falta de tentación hacia la idolatría tuvieron un precio elevado.

Dios hizo que el mundo esté perfectamente equilibrado. El objetivo de la humanidad es utilizar el libre albedrío para elegir el bien sobre el mal. Para que exista el libre albedrío debe ser tan fácil elegir el bien como el mal. Esto significa que si Dios elimina del mundo cierta tentación hacia el mal, para mantener el equilibrio debe hacer que el bien sea más difícil de alcanzar. Si ya no existe la idolatría, también se debe perder algo utilizado para elegir el bien. Eso fueron los sacrificios. El deseo por la idolatría y el deseo por los sacrificios están interrelacionados; si uno desaparece el otro también debe hacerlo. Si quitas la desesperada necesidad de hacer idolatría, también debes quitar la desesperada necesidad de adorar a Dios.

¿Qué relación hay entre el servicio de sacrificios y la idolatría? ¿Cuál es el elemento de bien y verdad que tiene la idolatría?

El racional básico de la obsesión que tuvieron los antiguos por la idolatría era el reconocimiento de que dependían de un poder superior. No existía el humanismo como filosofía y movimiento y ellos no sentían, como sienten las personas modernas, que podían resolver todos los problemas del mundo. Sabían que sólo podían apoyarse en una fuerza celestial que controlaba al mundo. La única pregunta era si había una pluralidad de fuerzas o una sola. De todas maneras, necesitaban desesperadamente relacionarse con un poder superior. Por eso construían ídolos que representaban con forma física a los poderes superiores en los que creían.

Los sacrificios son resultado de una gran motivación de servirle a un poder superior y relacionarse con él. Un hombre que realmente ama a su esposa no puede sólo decirle que la ama. Se siente obligado a comprarle flores o chocolates para expresar su amor y compartir con ella algo de sí mismo. Lo mismo ocurre en una relación con Dios. Por nuestra naturaleza física (antes de la anulación del deseo por la idolatría), necesitamos mostrar nuestra pasión y amor a Dios de manera física. Esta entrega a Dios debe tener lugar de la manera más elevada. Quiero darle a Dios toda mi existencia, toda mi vida. Expreso esto ofreciendo mi vida animal. Como muchos señalaron, esta es la razón por la que la palabra hebrea para sacrificio es korbán, que significa cercanía.

Si llegáramos a sentir verdaderamente la realidad de Dios, nos abrumaría instantáneamente el entusiasmo de adorarlo y ofrecerle un sacrificio. Por eso la Torá está repleta de advertencias y prohibiciones respecto a ofrecer sacrificios en un altar (llamado bamá, en hebreo) fuera del Templo. A la gente le resultaba muy difícil controlar su deseo de ofrecerle a Dios un sacrificio. Era algo similar al hambre, a la necesidad de comer. Era muy difícil decirle a alguien que para comer debía esperar hasta llegar al Templo en Jerusalem. Lo mismo era cierto con las ofrendas a Dios.

De esta manera, después de mucha contemplación, encontramos la profunda verdad sobre la idolatría y su relación con el servicio adecuado a Dios.

Nuestra tarea ahora es descubrir cómo mantener en nuestras vidas el concepto de ofrendar un sacrificio a Dios. ¿Que rasgos personales negativos deben ser extirpados de nuestro sistema y quemados en el altar?

Recuerda que morir por Dios puede ser más fácil que vivir para Dios día a día. Las verdaderas ofrendas y sacrificios a Dios incluyen las pequeñas pero consistentes decisiones de hacer lo correcto cuando no estamos ni ante una crisis espiritual ni llenos de adrenalina.

Como dice el dicho en ídish: grandes acciones, hombre pequeño. Pequeñas acciones, hombre grande. Si sólo te preocupan los aspectos grandes de la vida, continuarás siendo una persona pequeña.

La verdadera grandeza sólo se puede alcanzar cuidando las cosas pequeñas pero constantes de la vida.

Sé un hombre grande. Cuida las pequeñas acciones.

9/4/2018

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