Iaakov Avinu fue un hombre sagrado. Por lo general, las personas sagradas no se preocupan demasiado por su bienestar físico. Sin embargo, en una lectura rápida de la parashá de esta semana, pareciera que Iaakov sí lo hace.

Iaakov descansó en “el lugar” (Génesis 28:11), al estar camino a Jarán. Rashi nos dice que este lugar donde Iaakov descansó era el sagrado Monte Moriá, el futuro sitio del Templo. Mientras dormía en ese suelo sagrado, Iaakov tuvo una visión profética que incluyó ángeles celestiales. Entonces Dios le dijo:

Yo Soy Hashem, Dios de tu padre Abraham y de Itzjak. La tierra sobre la que yaces te lo daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, se esparcirá hacia el oeste, hacia el este, hacia el norte y hacia el sur. A través de ti y de tu descendencia se bendecirán todas las familias de la tierra. Yo estoy contigo y te protegeré adonde sea que vayas, y te haré retornar a esta tierra, porque no te abandonaré hasta haber hecho lo que te dije (Génesis 28:13-15).

Uno pensaría que Iaakov se sintió sumamente inspirado por esta visión y este lugar sagrado. En consecuencia deberíamos encontrarlo rezando sólo por algo como ayuda y apoyo espiritual al enfrentar nuevos desafíos en su camino de Israel a Jarán. La manutención material debería ser lo último que tuviera en mente.

Sin embargo, en su plegaria Iaakov incluye la petición de pan para comer y ropa para vestir (Génesis 28:22). ¿Por qué Iaakov está pensando en cosas mundanas después de haber tenido una experiencia tan trascendental?

Más aún, ¿por qué siente Iaakov la necesidad de explicar la función del pan y de la ropa? Dios ya sabía que el pan es para comer y la ropa es para vestir.

Para responder a estas preguntas es necesario leer la Torá con más detenimiento.

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Pan para comer, ropa para vestir

Así como 2 + 2 nunca es 5, no podemos aceptar cosas que no tienen lógica. Es imposible entender que Iaakov haya estado sinceramente preocupado por su bienestar físico después de su increíble visión profética. Sin duda alguna, en las palabras mismas de Iaakov podremos descubrir el significado real de su plegaria.

Leamos la frase de nuevo. Iaakov pide por pan para comer y ropa para vestir. ¿Por qué define la función del pan y de la ropa? Debe ser que está afirmando sus intenciones exactas en el uso de estos objetos materiales. Iaakov dice que sólo necesita pan para comer. No necesita 57 clases de papas fritas. No recorre los pasillos del supermercado en busca del último sabor de gaseosa. Simplemente quiere pan y sólo pan, si es necesario, para comer. Mientras pueda comer lo suficiente para continuar con vida, para servirle a Dios y alcanzar sus elevados objetivos espirituales, está satisfecho.

Iaakov no busca el último grito de la moda en trajes de marca. Sólo quiere algunas prendas para vestir, para poder funcionar en el mundo. Entonces, pan para comer y ropa para vestir. Sin lujos.

En esta corta frase, Iaakov define sus prioridades en la vida. Valora la comida por su función: el sustento físico. No hagas de la comida una prioridad. No pases tu vida buscando posesiones y ropa. Úsalas y valóralas por lo que son, pero no permitas que ocupen un lugar importante ni en tu mente ni en tu sistema de valores.

A menudo damos por obvios los placeres físicos básicos y perseguimos constantemente placeres y lujos más complejos. Hay mucho para disfrutar incluso en las cosas simples de la vida. No necesitamos lujos para disfrutar de este mundo.

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La naranja

Hay una historia en ídish que sólo habla de una naranja. The morantz, "la naranja". La naranja fue un regalo de Purim en Rusia. En el siglo XIX, en esa parte del mundo las naranjas eran una rareza. El primer día vinieron personas de toda la ciudad para verla. ¡Vaya! ¡Qué cosa increíble!

Al segundo día, vinieron a olerla. Un aroma increíble. Al día siguiente, la pelaron, guardando cada pedazo de cáscara para hacer mermelada. Luego, separaron los gajos de la naranja y los mordieron, sintiendo el delicioso jugo. Una experiencia increíble.

Finalmente hicieron la mermelada, que duró semanas. Un recuerdo para toda la vida: la naranja.

La mayor parte del tiempo no nos detenemos para reconocer la bendición y el sabor placentero de los alimentos que comemos. A menudo, antes de advertirlo ya terminamos de comer sin haber valorado del placer que Dios nos dio.

Detente. Come. Piensa. Valora. Agradécele a Dios por Sus bendiciones. Incluso las que consideramos pequeñas y simples. Ese es el camino a la verdadera santidad.