Uno de los aspectos más distintivos de las Diez Plagas fue la persistente negación del Faraón a reconocer el error de su accionar y aceptar que el Dios de los judíos era realmente Todopoderoso. La sucesión de milagros no lograron persuadirlo de que Moshé era en realidad el mensajero de Dios y no sólo un hechicero experto.

Durante las primeras cinco plagas, el Faraón se rehusó a liberar a los judíos mientras estaba en absoluto control de su libre albedrío. En las segundas cinco plagas, él habría dejado en libertad a los judíos de no haber sido porque Dios endureció su corazón.

El Sforno explica, sin embargo, que esto no quiere decir que las plagas habrían causado que el Faraón se arrepintiera y reconociera la grandeza de Dios. Él habría permitido que los judíos se marcharan ya que no habría podido soportar más plagas. Consecuentemente Dios, al endurecerle el corazón, le dio la fortaleza para superar su temor natural y le permitió así poder decidir si rehusarse o no al pedido de Moshé mediante el uso de su libre albedrío (1).

A Rav Aharón Bakst, Rosh Ieshivá de Lomza, le llamó mucho la atención la aparentemente sobrehumana terquedad del Faraón. Rav Bakst solía dar una clase en su casa los viernes por la noche después de la cena. En una ocasión, sus estudiantes entraron a su casa y se sorprendieron al verlo caminando de un lado a otro por la habitación hablando solo: “¿En qué estaba pensando el Faraón después de ver todos esos milagros con sus propios ojos?”. De repente, dejó de caminar, giró hacia los estudiantes y explicó: “¡Simplemente no estaba pensando! ¡Una persona sólo puede ignorar milagros tan impresionantes sin que lo influyan en lo más mínimo si no está pensando! (2).

Esta explicación del ilógico comportamiento del Faraón nos ayuda a entender por qué la gente no cambia después de vivir eventos impactantes. Puede que las personas incluso reconozcan que ocurrieron milagros, pero no piensan en sus consecuencias. Un ejemplo de esto fue la reacción de los israelíes ante los milagros abiertos de la Guerra del Golfo, en la que 39 misiles scud mataron sólo a una persona (3). Mucha gente reconoció que el país claramente había atestiguado la mano de Dios. Sin embargo, no necesariamente actuaron en base a esta nueva consciencia de la Providencia Divina.

Uno podría preguntarse, ¿en qué estaba pensando esa gente?; ¡Claramente habían visto la mano de Dios protegiendo al pueblo judío y sin embargo no cambiaron! La respuesta está justamente en la explicación de Rav Bakst: No pensaron. Si la persona hubiera reflexionado seriamente sobre los increíbles eventos que ocurrieron, seguramente habría cambiado de alguna forma.

Rav David Kaplan cuenta sobre otra sorprendente ilustración de este fenómeno. Rav Iejezkel Levenstein estaba viajando en un taxi cuyo conductor era secular, el cual le contó la siguiente historia:

Hace muchos años, estuve viajando en las junglas de África con algunos amigos. De repente, una serpiente atacó a uno de mis amigos, envolvió su voluminoso cuerpo alrededor de él y comenzó a sofocarlo. Después de varios esfuerzos nos dimos cuenta que no teníamos chance alguna de salvarlo, por lo que le sugerimos a nuestro amigo que dijera el Shemá antes de morir. Él lo dijo con presteza y la serpiente inmediatamente se desenrolló y se fue. Mi amigo, que había sido salvado milagrosamente, se vio profundamente afectado por este evento y gradualmente volvió al judaísmo hasta ser completamente observante”.

Luego de escuchar cómo este evento había cambiado de forma tan drástica la vida de su amigo, Rav Levenstein le preguntó al conductor por qué él, habiendo presenciado ese milagro, no había cambiado a causa de este. El conductor le explicó: “Oh, es que eso no me pasó a mí; ¡le pasó a él! (4)”.

El conductor presenció un evento lleno de potencial para cambiarle la vida a cualquiera que lo observara, pero no cambió. ¿Por qué? Porque no pensó, no permitió que las obvias consecuencias de este milagro le hicieran reflexionar sobre la dirección de su vida.

También vale la pena notar que su amigo, el que fue salvado por el milagro, sí cambió. En ocasiones, un evento puede ser tan poderoso que una persona no puede evitar pensar en él y dejar que influya en su vida. Sin embargo, a menudo no somos nosotros los afectados directamente por el milagro y necesitamos, en consecuencia, un esfuerzo más consciente para forzarnos a pensar en las ramificaciones de los eventos que vemos y sobre los que oímos.

El primer paso para cambiar es aprender la lección del Faraón y pensar, dejar que los eventos que ocurren en el mundo en general, y en nuestras vidas privadas en particular, nos hagan reflexionar sobre nuestras vidas y hacer los cambios necesarios. Espero que todos ameritemos pensar sobre lo que ocurre a nuestro alrededor.


Notas:

(1) Sforno, Vaierá 9:12, 35; Bo 10:1.

(2) Citado en 'Mishluján Gavoa', Parashat Bo, p.70.

(3) En la misma guerra, un solo misil scud en Arabia Saudita mató docenas de personas.

(4) Kaplan, Impact, p.85.