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Bereshit(Génesis 1:1-6:8)

¿Qué significa “Bereshit”?

“En el principio del crear de Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1)

Dijo el Rebe Itzjak: “No era necesario empezar la Torá (aquí), sino con “Este mes será para ustedes” (Éxodo 12:2), la primera mitzvá que se le ordenó al pueblo judío. (Rashi en Génesis 1:1)

Rashi comienza su comentario clásico al Jumash con la pregunta del Rebe Itzjak. La pregunta de Rebe Itzjak no se entiende completamente. La Torá no es, después de todo, un compendio de mitzvot. Incluso después de la entrega de la primera mitzvá, muchas parashiot enteras son principalmente narrativas de eventos en Egipto y en el desierto. Si es así, ¿por qué era tan aparente para Rebe Itzjak que la Torá debía comenzar con la primera mitzvá?

Para apreciar completamente la pregunta del Rebe Itzjak se requiere un entendimiento de cuál es el propósito de la Torá. Maimónides (Leyes de Reyes 12:2) pone mucho énfasis en este tema. La Torá, escribe él, nos da muy pocas pistas sobre la llegada del Mashiaj. Los detalles no se revelaron ni a los profetas ni a los Sabios. Dado que esos detalles son desconocidos, dice Maimónides, ellos nos deben ser el foco del propio estudio. Maimónides luego agrega: “Porque esos detalles no llevan a que uno ame y tema a Dios”. Maimónides, parece estar explicando porqué no hay una tradición clara en relación a estos detalles. El propósito de la Torá es que uno ame a Dios y tema a Dios.

La palabra Torá deriva de hora’a (guía) y sugiere que el rol de la Torá es ser una guía para acercarse al Creador. Sólo aquello que busca esa meta está contenido en la Torá. Todo lo demás se excluye. Los temas sólo históricos o de interés científico no tienen lugar.

El rabino Yejeskel Abramsky zt”l estableció un punto similar concerniente al penúltimo verso de la Meguilat Ester: “Todas las grandes acciones de Mordejai… se registran en los libros de historia de la realeza Persa y Media”. ¿Por qué nos refiere la Meguilá a los libros de historia de Persia y Media para buscar información adicional en relación a Mordejai? ¿Acaso alguien alguna vez los leyó? ¿Acaso estaban disponibles para nosotros? La intención de este verso, dice el rabino Abramsky, es poner la Meguilat Ester en perspectiva. Si buscas información histórica, nos dice la Meguilá, entonces lee las historias reales de Persia y Media. Meguilat Ester, sin embargo, no es una fuente de información sino una fuente de temor al Cielo.

Desde este punto de vista, podemos entender las enigmáticas diferencias entre dos porciones casi idénticas de la Torá. Al final de la parashá Bereshit, la Torá registra las 10 generaciones entre Adam y Noaj y al final de la parashá Noaj registra similarmente las 10 generaciones entre Noaj y Abraham. Pero las dos cuentas difieren. En la primera, la Torá nos informa acerca de los tres hechos básicos concernientes a los representantes de cada generación: qué edad tenían en el momento del nacimiento de su hijo principal, cuanto vivieron después de ese nacimiento y la edad de su muerte. Pero de aquellos mencionados en la parashá Noaj, no se nos dice la edad de su muerte y ni siquiera se menciona su muerte.

La Mishná (Pirke Avot 5:2-3) relata que hubo 10 generaciones entre Adam y Noaj y también 10 generaciones entre Noaj y Abraham. La fuente paralela en Avot de Rabi Natan pregunta: ¿Por qué es esta información necesaria? Y responde: las primeras 10 generaciones nos enseñan sobre qué tan paciente y tardo en la ira es Dios; las segundas 10 generaciones nos enseñan que una persona como Abraham puede cosechar toda la recompensa de 10 generaciones de gente que no cumplió su propósito en el mundo.

Para transmitir la lección sobre la paciencia divina, era importante saber que las 10 generaciones entre Adam y Noaj vivieron, tuvieron hijos y murieron en una edad avanzada y madura. Por eso la primera genealogía contiene información relacionada a la edad de la muerte de los representantes de cada generación. Pero para transmitir que Abraham recibió toda la recompensa de 10 generaciones, no necesitamos saber sobre las edades de muerte de las 10 generaciones precedentes. Dado que es irrelevante para el mensaje que la Torá quiere transmitir, se omite.

El propósito de la Torá también explica porqué las narrativas bíblicas no siguen un orden cronológico convencional. Dado que el propósito es inculcar temor al Cielo, no enseñar historia, la forma más efectiva de transmitir esa lección determina el orden de la narrativa bíblica.

Hay una diferencia esencial entre Torá y jojmá (sabiduría). La sabiduría, nos dicen los Sabios, se encuentra entre las naciones; La Torá no. La sabiduría no necesita influenciar el comportamiento de quien la posee. Ha habido grandes genios de las artes, humanidades y de las ciencias, cuyas características personales eran censurables. (De hecho, eso parece ser más la regla que la excepción). Su falta de integridad no disminuía su sabiduría, y su sabiduría no le agregaba nada a su carácter. Cuando Bertrand Russell, entonces un profesor de ética de la universidad de la ciudad de Nueva York, fue acusado de llevar una vida singularmente inmoral, él respondió que así como él no tenía que ser un triángulo para enseñar geometría, el tampoco tenía que ser una persona moral para enseñar ética.

La Torá, por otra parte, debe influenciar el comportamiento y el carácter de aquel que la estudia para calificar como Torá. Una persona puede “poseer sabiduría”, pero la Torá “posee a la persona”. La Torá se compara con el fuego, porque así como el fuego, la Torá debe dejar una huella. Cuando el estudio de la Torá no transforma al estudiante, cualquier conocimiento que obtenga, no es Torá sino sabiduría secular.

La bendición recitada al ver a una persona que posee excepcional sabiduría secular es “Bendito eres Tú, Hashem, nuestro Dios, Rey del Universo, que ha entregado de Su conocimiento a los seres humanos”. La sabiduría se da incondicionalmente; el receptor sigue siendo de carne y hueso.

Por otra parte, la bendición que se recita por un excepcional estudioso de la Torá es “Bendito eres Tú, Hashem, nuestro Dios, Rey del Universo, que ha asignado de Su conocimiento a aquellos que Le temen”. La Torá no es entregada, sino asignada. Sigue estando vinculada a su fuente Divina y por eso está reservada para los temerosos de Dios.

Un estudioso de la Torá es la personificación de la Torá porque ha hecho las lecciones parte de sí mismo. La creación de esas personas es el verdadero propósito de la Torá. Por esta razón, los Sabios desprecian la insensatez de aquellos que se levantan al ver una Torá pero no al ver a un estudioso de la Torá, dado que el estudioso es una Torá viva.

La Torá Escrita fue entregada de tal manera que no pudiera entenderse sin la Torá Oral, para asegurar que no se confundiera con un libro de sabiduría – algo que se puede leer, dominar y memorizar. Sino que la Torá debe aprenderse de un maestro que sea una Torá viva.

Mi Rosh Ieshivá, el rabino Mordejai Gifter zt”l, observó que nuestros Sabios no son llamados jajamim (sabios) sino talmidei jajamim (estudiosos de los sabios). Ellos no simplemente poseen sabiduría sino que son guiados por ella; son sus estudiantes.

Ahora la pregunta del Rebe Itzjak puede comprenderse. Dado que el propósito de cada palabra de la Torá es guiar a aquellos que la recibieron, su verdadera esencia son las mitzvot. Tal como dice el Zohar, las narrativas de la Torá son simplemente mitzvot disfrazadas con el atuendo de narrativas.

Cuando uno escribe un libro, es normal comenzar presentándole al lector la naturaleza del material que contiene. Dado que toda la Torá es “mitzvot”, habría sido lógico comenzar con la primera mitzvá para establecer el patrón de todo lo que seguiría y así aclarar que las narrativas se incluyen sólo por su eterno mensaje de amor y temor a Dios. Al comenzar con la narración de la Creación, existía el riesgo de que la verdadera función de la Torá como una guía no fuera entendida de forma correcta. Eso es lo que provoca la pregunta del Rebe Itzjak.

Cada vez que recomenzamos la lectura de la Torá, debemos tener en mente constantemente que cada letra de la Torá es una lección eterna de amor a Dios y temor a Dios. Si a primera vista no se percibe la lección, entonces hay que profundizar. “Porque ella (la Torá) no es algo vacío de ti” (Deuteronomio 32:47). Si parece vacío, es “de ti” – como diciendo, de tu falta de entendimiento y no de la ausencia de significado.

La Respuesta: Un Prólogo a la Torá

Si las naciones del mundo les dicen que ustedes son ladrones porque conquistaron las tierras de las siete naciones, díganles, “Todo la tierra es de Dios. Él la creó y Él se la da al que es recto ante Sus ojos. Por Su Voluntad Él le dio estas tierras a ellos y por Su Voluntad Él le quitó sus tierras y nos las dio a nosotros” (Rashi en Génesis 1:1)

Rashi contesta la pregunta de porqué la Torá comienza con un recuento de la creación al citar el verso (Salmos 111:6): “El poder de Sus acciones Él le contó a Su nación, para darles la herencia de las naciones”. Si las naciones del mundo objetan nuestro reclamo por la Tierra de Israel y nos acusan de robarla a las siete naciones Canaanitas, seremos capaces de responderles que toda la Creación le pertenece a Dios. Él la creó y él la designa a quien Él desea. Originalmente Su deseo era darle la Tierra de Israel a las siete naciones y después Su deseo fue quitársela y dárnosla a nosotros.

Entonces parece ser que la toda la razón de que la Torá comienza con la Creación es darnos un argumento válido sobre la Tierra de Israel. Esto es difícil de entender por muchas razones. Primero, es poco claro que esta respuesta tendría algún efecto en aquellos a los que está ostensiblemente dirigida. ¿Cómo podemos esperar que las naciones del mundo acepten esta respuesta cuando ellos no creen en la Torá? Si el embajador de Israel en las Naciones Unidas citara a Rebe Itzjak, es altamente improbable que el mundo árabe renunciara a su reclamo sobre Israel.

Cuando, de hecho, las naciones Canaanitas reclamaron la Tierra de Israel delante de Alejandro Magno, sobre la base de que la Torá misma la llama “la Tierra de Canaan”, Gevia ben Psisa no les respondió citando el libro de Génesis. Sino que argumentó que Canaan era esclavo de sus hermanos y todo lo que adquiere un esclavo le pertenece a su amo (Talmud – Sanedrín 91a). Si todo el recuento de la Creación se registró solamente para ser utilizado como respuesta al reclamo de las naciones, ¿por qué no fue utilizado cuando el reclamo ocurrió?

Más allá de eso, la respuesta no explica de forma satisfactoria porqué la Torá tiene que comenzar con la Creación y no simplemente incluir un recuento de la Creación en otra parte.

Y hay una pregunta más profunda que surge de esta respuesta. ¿Por qué Dios ordenó que tomáramos la Tierra de Israel de manos de las siete naciones que la habían habitado por cientos de años? ¿Por qué era necesario eliminar a esas naciones? ¿Por qué la Tierra de Israel debía pasar a ser nuestra de una forma tan cuestionable como para que la Torá tuviera que empezar desde el Génesis solamente para ofrecer una respuesta?

Si revisamos cuidadosamente las palabras de Rashi, encontramos que de hecho la Torá comienza con la primera mitzvá – hajodesh hazé lajem. Génesis no es el comienzo, sino el prefacio (petija) a la Torá. “¿Por qué la Torá abrió (pataj) con Génesis?”, esa es la pregunta que responde Rashi.

La respuesta, es que este prefacio no es para las naciones del mundo; es para nosotros. Dios nos cuenta sobre el poder de Sus actos. Debemos conocer este hecho; debemos estar convencidos de que no somos ladrones. Dios buscó enseñarnos una lección tan significativa que es la base de toda la Torá. Sin este prefacio no estamos listos para acercarnos a la primera mitzvá.

Comprender esta lección requiere un entendimiento claro del rol del pueblo judío. El propósito último del pueblo judío es ser “una nación de cohanim (sacerdotes), una nación santa”. Como cohanim somos los representantes de Dios en este mundo y eso hace que debamos ser una nación santa. Esa santidad debe permear cada uno de los aspectos de la vida, desde los más ostensibles como el comer mundano, el dormir, el vestirse en la mañana – hasta los más elevados. Cada una de las acciones decretadas divinamente del pueblo elegido de Dios debe proclamar Su existencia.

Para alcanzar esta meta, debemos ser una nación que habita en una tierra aparte, aislada de las otras culturas. Este aislamiento y separación del mundo es parte de nuestra esencia, una realidad inescapable.

El Midrash nos cuenta que el pueblo judío se compara con el aceite, y las naciones del mundo con el agua. Por su naturaleza no se pueden mezclar. Cuando reconocemos la importancia de mantener nuestra existencia santa aislada, experimentamos la promesa: “El pueblo judío habitara con seguridad solo, separado” (Deuteronomio 33:28). El aceite fluye calmadamente sobre el agua y los dos pueden coexistir en paz.

Pero si buscamos asimilarnos a las culturas extranjeras, seremos forzados a leer, “¿Cómo habitan separados?” en el lamento de Eijá (el libro de las Lamentaciones). Tal como lo expresa el rabino Jaim de Volozhin de forma conmovedora: “O los judíos hacen kidush, o los gentiles hacen havdalá (separación)”. La historia ha mostrado que cuando nos santificamos y vivimos separados –kidush– entonces llevamos una vida de santidad en un aislamiento seguro. Cuando intentamos asimilarnos y adaptarnos a los estilos de vida extranjeros –como en Egipto, España y Alemania– nuestras naciones anfitrionas eventualmente hacen havdalá para recordarnos que somos diferentes.

El Midrash Sifra comenta sobre el verso, “Yo los separé de las naciones del mundo para ser mía” (Levítico 20:2): “Si están separados, entonces son Míos. Si no, pertenecen a Nebujadnezar y a sus cómplices”. El significado obvio parece ser que si nos separamos, mereceremos protección Divina; y que si no, Dios nos va a entregar en las manos de nuestros enemigos. Sin embargo, me gustaría sugerir una lectura alternativa que concuerda aún más con la redacción literal del Sifra.

Un no-judío debe observar sólo siete mitzvot. Mientras él cumpla con el mínimo código ético dictado por Dios, él tiene parte en el Mundo Venidero. Uno podría pensar que un judío que vive el mismo tipo de vida, a pesar de ser negligente en la observancia del resto de las mitzvot, sería de todas maneras juzgado de una forma no peor que la de su vecino no-judío.

Sifra nos informa otra cosa. La existencia del judío tiene un propósito completamente diferente – crear un Mikdash, un lugar de santidad, un lugar donde la Presencia Divina se puede sentir. Este Mikdash encuentra una expresión potencial en cada judío. Por eso, cualquier judío que falla en santificarse a sí mismo, en llevar una vida de santidad excepcional, tal como lo definen los mandamientos de la Torá, está, de hecho, destruyendo su Mikdash personal. Él se ha unido a la categoría de Nebujadnezar y sus cómplices, destructores del Mikdash. Él “pertenece” a Nebujadnezar.

Alguien que observa las 613 mitzvot, pero no entiende lo fundamental, todo el estilo de vida que buscan crear, aquel que ignora las implicancias de las mitzvot en crear una perspectiva de Torá, personalidad y visión de mundo, aquel cuyas metas, estándares y valores permanecen básicamente seculares – esa persona no tiene 613 mitzvot, sino 613 problemas. Las Mitzvot no se pueden observar en un marco ajeno a los ideales de la Torá.

Al retornar de sus 20 años de estadía con Lavan, Yaacov le dijo a su hermano Esav, “Viví con Lavan, pero cumplí con todas las 613 mitzvot y no aprendí nada de su mal comportamiento”. Parece superfluo que Yaacov agregue que no aprendió del mal comportamiento de Lavan, después de afirmar que cumplió con todas las 613 mitzvot. Asimilación, tal como lo aprendemos de las palabras de Yaacov, no sólo significa rechazar las mitzvot, sino adoptar valores y estilos de vida ajenos a la Torá. Incluso si alguien cuida las mitzvot, si sus valores siguen siendo aquellos de la cultura circundante, él es simplemente un “gentil glatt kosher”. Debemos crear un ambiente total de Torá para aislarnos a nosotros y a nuestras familias de las influencias de la sociedad secular en la que nos encontramos temporalmente.

Para promover el hecho de ser una nación que vive separada, Dios midió cada tierra y no encontró una tierra que fuera adecuada para el pueblo judío excepto la Tierra de Israel, y no encontró un pueblo más adecuado para Israel que el pueblo judío (Midrash – Vaikra Raba 13). Israel es una tierra santa, la tierra que Dios personalmente supervisa todo el tiempo, la tierra a la que Dios llama Suya. Y el pueblo judío es una nación a la que Dios llama una nación santa, la nación que merece Providencia Divina directa, la nación a la que Dios llama Suya. Por eso, la Tierra de Israel y el pueblo judío se complementan perfectamente.

La Tierra de Israel provee un escenario ideal en el cual podemos desarrollar nuestro potencial de ser una nación santificada única. (Esto, cabe notar, es la antítesis del sionismo secular, que ve a Israel como un escenario para nuestro desarrollo como una nación igual a todas las otras naciones.) Por eso, la respuesta a la pregunta del Rebe Yitzjak no es para las naciones. Somos nosotros los que debemos ver claramente que la Tierra de Israel es legítimamente nuestra, entregada a nosotros por Dios.

Dios nos dio Israel de la manera en que lo hizo para enseñarnos una lección única de la cual todo lo demás depende: todos nuestros estándares éticos y morales tienen sólo una fuente – Dios. Si Él nos ordena conquistar y matar, eso es por definición ético y moral. Y de la misma manera, cuando Él ordena misericordia y paz, eso es lo ético. Nuestro sistema de valores no tiene otra base sino la Torá Escrita y Oral.

Las siete naciones canaanitas perdieron el derecho a la Tierra de Israel por sus abominaciones. Dios los habría podido destruir Él mismo sin ninguna acción por parte nuestra. Pero Él nos envió a conquistar la tierra para que estuviéramos forzados a reconocer Su voluntad como la fuente de toda la moralidad. Él es el Creador de todo lo que existe y sólo Él puede dictar cual es la conducta apropiada entre las naciones. Es por eso que nuestra conquista no constituyó asesinato o robo.

La Torá, en el principio, está determinando el marco de la observancia de todas las mitzvot. No es casual que esta lección se enseñe a lo largo de la Tierra de Israel. Nuestros libros sagrados enfatizan que sólo en Israel se puede crear una sociedad de Torá que no esté influenciada por valores y estándares ajenos – una sociedad que vive separada y enriquecida por las cualidades especiales de la tierra.

Dado que la Tierra de Israel fue entregada a nosotros para poner la observancia de las mitzvot en una perspectiva adecuada, tenemos un reclamo legítimo de ella sólo si aceptamos a Dios como el árbitro de todos los aspectos de nuestras vidas. Si, por el contrario, adoptamos los estándares de las demás naciones, entonces nosotros somos asesinos y ladrones sin ningún reclamo legítimo por la tierra. De hecho, sin esta aceptación, la tierra no tiene ninguna utilidad para nosotros.

18/10/2011

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