Es interesante notar que cada uno de los grandes líderes del pueblo judío cometió algún error. Y no estamos hablando de pequeños errores, sino que cometieron grandes errores. En la parashá de esta semana por ejemplo, vemos que Itzjak creyó que Esav, un asesino, adúltero y ladrón, debía ser quien liderase el incipiente pueblo judío en lugar de Yaakov, su hijo más recto.

A mi suegro le gusta recordarles constantemente a sus hijos que “sólo Dios es perfecto”. Cometer errores es parte del ser humano; las personas pequeñas cometen errores pequeños, mientras que los errores de las grandes personas son igualmente grandes.

La razón es obvia. Una persona puede encerrarse en su pequeña torre de marfil. Y al evitar los desafíos inherentes, también evitará los riesgos asociados a ellos. No cometerá muchos errores, pero tampoco logrará muchas cosas. La mediocridad se encuentra fácilmente disponible para todos nosotros.

Las grandes personas, sin embargo, se arriesgan. Toman riesgos personales con tal de marcar la diferencia. No temen desafiar las circunstancias ni participar activamente en el mundo. Pero mientras más grande es la apuesta, más significativos son los errores. Uno de los signos de una gran persona es que sus errores son grandes también. Pero sus logros son igualmente impresionantes.

El camino de tomar menos riesgos dará lugar a menos faltas, pero también reducirá la oportunidad de dejar impresiones duraderas en el mundo. Puede que Abraham, Itzjak y Iaacov hayan cometido grandes errores, pero sus logros cambiaron el mundo para siempre.