En esta época del año leemos una porción especial de la Torá (en la lectura de Maftir) llamada Parashat Shekalim. Ésta trata acerca del censo que se llevaba a cabo anualmente en los tiempos del Templo. Cada persona donaba medio shekel. El dinero era contado y el resultado determinaba el censo. La Tora deja muy en claro que “el pobre no debe dar menos, y el rico no debe dar de más”.

Pero esto es obvio. Si cada persona donase de acuerdo a sus medios económicos, lo que implica cantidades disímiles, ¡sería imposible conocer la cantidad de personas que había! La Torá nos debe estar enseñando algo más profundo que un mero consejo para el censo. Y de hecho, lo está haciendo.

En el mundo moderno, solemos juzgar a las personas en base a cuánto dinero tienen. Cuán grande es su casa, cuán rápido es su coche – y sí, incluso en base a cuánto dinero destinan para caridad. Eso no es nada nuevo. Y aparentemente los judíos también nos juzgamos a nosotros y a otros según la cuenta bancaria. Los “líderes” de nuestra comunidad no son necesariamente aquellos que demuestran mejores capacidades para liderar, sino aquellos que pueden dar más. Un malhumorado billonario se sentará en la cabecera de todas las cenas benéficas a las que asista, mientras que un pobre que dona más allá de sus posibilidades es probable que pase desapercibido.

La Torá nos enseña que esto es erróneo. “El pobre no debe dar menos y el rico no debe dar más”. Al contar a los judíos, un rico no equivale a 10 pobres. Son todos iguales. Cada uno tiene un rol que desempeñar.

Todos nosotros somos culpables de distorsionar este ideal. En cierto sentido, es una inclinación humana tomar más seriamente a una persona adinerada que a una pobre. Podemos admirar incluso a un millonario antipático, mientras que una persona que no consigue trabajo pero que es muy amable se deberá esforzar mucho más para ganar nuestro respeto.

Respetamos el dinero y el éxito. Pero no respetamos realmente a los seres humanos.

El dinero donado en el censo se utilizaba en el Templo. El mensaje es claro: en el servicio de Dios somos todos iguales. El dinero puede comprar el respeto de otros pero, ante Dios, el hombre rico no tiene más que ofrecer que el resto.

El dinero es un regalo de Dios, una herramienta para lograr cosas. Pero tener mucho dinero no transforma a una persona en un buen ser humano. Cuanto antes dejemos de honrar el dinero y empecemos a respetar el buen carácter y la decencia, mejor estaremos.