“Dijo Moshé: ‘Así dijo Hashem: Alrededor de la medianoche, saldré al interior de Egipto. Todos los primogénitos de la tierra de Egipto morirán, desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sirvienta que está detrás del molino, y todos los primogénitos de los animales.…’” (Shemot 11:4-6).

La plaga de los primogénitos fue la última1 de las plagas que Hashem hizo en Egipto para obligar al faraón a que dejase salir al pueblo de Israel de la esclavitud hacia la libertad. Hashem le dijo a Moshé —y Moshé lo reportó al pueblo—, que después de esa última plaga saldrían.

Se entiende perfectamente por qué Hashem castigó a todos los primogénitos de Egipto, pues esclavizaron al pueblo de Israel, pero —tal como Rashi lo pregunta—, ¿por qué la plaga de los primogénitos afectó también a los hijos primogénitos de los otros esclavos que había en Egipto, si ellos aparentemente no esclavizaron a los hebreos? Rashi responde: “Porque ellos también humillaban a los hebreos y estaban felices por el sufrimiento de los hebreos”.

Aún así, no está claro por qué los hijos primogénitos de los demás esclavos fueron castigados, pues inclusive en el caso que ellos también esclavizaban y humillaban a los hebreos, lo hacían por orden de los capataces egipcios, por lo que no deberían ser castigados por ello.2

El Maharal de Praga responde3: “Pese a que los hijos de los esclavos primogénitos estaban obligados a esclavizar a los hebreos, el hecho que se alegraban del sufrimiento que les infligían a los hebreos, es como si no hubiesen sido forzados a hacerlo, pues alguien que hace algo en contra de su voluntad no se alegra de hacerlo, pero si se alegra es como si lo hiciese por su propia voluntad”.

El Maharal de Praga nos enseña un principio psicológico muy revelador: cuando una persona se ve forzada a hacer un acto que no desea hacer, no se alegra de hacerlo. Pero si se alegra de hacerlo —a pesar que fue forzado—, entonces es como si él mismo lo hubiese hecho por su propia voluntad y no porque fue obligado a hacerlo.

La alegría que uno siente al efectuar un acto es lo que define si ese acto se le atribuye a él o no. No importa si fue forzado, pues si siente alegría por hacerlo es como si lo hiciese por su propia voluntad.

En ocasiones sentimos que fuimos obligados por ciertas circunstancias a realizar actos que, aparentemente, no deseábamos hacer. La alegría que sentimos al hacerlo es lo que verdaderamente define qué tanto se nos obligó: si lo hacemos con dolor y pesar, entonces sí es creíble que fuimos obligados. Si nos alegramos de hacerlo, entonces es como si nosotros mismos hubiésemos decidido llevarlo a cabo. La alegría hace que nos identifiquemos con el acto.

En otras ocasiones vemos que otras personas hacen actos que no deberían hacer. Nosotros lo presenciamos y nos produce alegría. Si nos alegramos de que lo llevaran a cabo, quizás nosotros mismos también lo haríamos en circunstancias semejantes. Por ejemplo, si vemos cómo alguien se burla de otra persona y nos reímos de esa burla, eso es un indicativo de que quizás nosotros también lo haríamos, pues la alegría que sentimos provoca que nos identifiquemos con esa burla, aunque aparentemente nosotros no lo haríamos. Si nos alegramos de verlo, entonces muy probablemente nosotros también llegaríamos a hacerlo.


Notas:

1. Tal como el versículo lo señala: “Hashem le dijo a Moshé: ‘Una plaga más traeré sobre el faraón y sobre Egipto; y luego los enviará de aquí. Cuando la envíe, los expulsará totalmente de aquí’” (Shemot 11:1).

2. Según el principio de “Ones, Rajmana patré” (“D-os exenta de retribución al que fue forzado a hacer algo”. Véase Babá Kamá 25b.

3. En Gur Aryé, a Shemot 11:5.