Hace poco terminamos la celebración de Pésaj, la fiesta de la libertad. Durante una semana nos abstuvimos de comer jametz, simbolizando el destierro del iétzer hará de nuestro interior. ¿Cómo podemos aferrarnos a nuestra nueva sensación de libertad, volviendo a comer pan y a la vida diaria?

La clave es dominar el mayor regalo que recibió la humanidad: el libre albedrío.

Nuestros sabios nos enseñan: “Querido es el hombre, que fue creado a imagen de Dios; y es una muestra de cariño más grande aún que se le haya informado que fue creado a imagen de Dios” (Pirkei Avot 3:18).

A diferencia de las otras creaciones, Dios le dio a la humanidad un regalo exclusivo, una chispa Divina: el libre albedrío. Este regalo nos da la capacidad de emular a Dios, tomando decisiones independientes. Si lo utilizamos de manera correcta, nos da la capacidad para crear y cambiar el mundo. Si lo utilizamos mal, este poder asombroso puede llevar al mundo a su saqueo y destrucción.

Pero, para aprovechar este poder, ¡primero debemos saber que lo tenemos!

Imagina que un benefactor increíblemente generoso le da un millón de dólares a un indigente. ¡La vida del pobre se transformaría por completo! Podría vivir en un hogar cómodo, comprar ropas abrigadas y comida saludable.

Pero hay un problema. El benefactor puso el dinero en el fondo de la bolsa del indigente, y él no sabe que lo tiene. Es un hombre rico, llevando consigo un millón de dólares, pero vive en el mismo estado de miseria y pobreza extrema, porque no sabe lo que tiene.

El regalo del libre albedrío nos da a cada uno de nosotros un enorme poder y potencial, pero sólo si sabemos que lo tenemos. Ese es el significado de la Mishná: “es una muestra de cariño más grande aún que se le haya informado que fue creado a imagen de Dios”.

El libre albedrío es sumamente infrautilizado. Por desgracia, muchas personas viven como mendigos indigentes, sin saber el poder transformador que llevan consigo. Definir el libre albedrío y conocer sus implicaciones nos permitirá aprovechar el increíble potencial que tenemos dentro.

¿Qué es el libre albedrío?

La mayoría de las personas define el libre albedrío como ‘la elección entre el bien y el mal’. Sin embargo, la Torá lo describe de otra manera. “Observa, he aquí que puse delante de ti la vida y lo bueno, y la muerte y lo malo… puse la vida y la muerte delante de ti, la bendición y la maldición; elige la vida…” (Devarim 30:15-19).

La Torá no nos dice que elijamos lo ‘bueno’ o la ‘bendición’, porque todo el mundo desea eso naturalmente. Nadie se levanta y dice: “a ver qué mal puedo hacer hoy”. Hasta las personas más viles e inmorales racionalizan sus decisiones malvadas para verlas como buenas. En cambio, la Torá define la esencia del libre albedrío como una batalla entre la vida y la muerte, razón por la que nos exhorta: “¡Elige la vida!”.

¿Pero quién elige la muerte?

En realidad, todos lo hacemos, en mayor o menor medida. Hashem nos creó como una combinación de cuerpo y alma, como dice la Torá: “Hashem formó al hombre del polvo de la tierra, e insufló en él un hálito de vida; y el hombre se convirtió en un ser viviente (Bereshit 2:7). Nuestra elevada alma anhela conectarse con su fuente infinita, Dios, mientras que nuestro cuerpo mundano anhela volver a su fuente, la tierra —es decir, la muerte— escapando de todo dolor, esfuerzo y responsabilidad.

Elegir la muerte significa elegir comodidad, elegir dormir. En las palabras de Shakespeare:

“Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir”.

(Hamlet, Acto 3, Escena 1)

Nuestro deseo de escapar a la responsabilidad y a los desafíos es constante. El suicidio es la expresión más extrema de este deseo, pero hay también formas menos dramáticas de suicidio. En todo momento debemos luchar entre elegir la vida: aceptar el dolor, asumir el desafío, crecer, materializar nuestro potencial para grandeza y cambiar el mundo; o elegir la muerte: distraernos y evitar el dolor, continuar siendo mediocres y saciar los deseos infinitos del iétzer hará.

Todos tenemos un alma que desea la grandeza. Alcanzar la grandeza depende de lo bien que utilicemos nuestro libre albedrío para vivir, para luchar, para alcanzar nuestras metas, y todo eso comienza con el dominio de las cinco etapas del libre albedrío.

Primer nivel: Ser consciente

El primer paso para utilizar el libre albedrío es concientizarte de las elecciones que haces. La vida es un flujo constante de decisiones. Una vez que eres consciente de que tomas decisiones todo el tiempo, puedes monitorearlas y comenzar a ejercitar activamente tus músculos del libre albedrío.

No dejes que las decisiones simplemente “ocurran”. Advierte que puedes controlar tus decisiones y tus acciones. Pregúntate: ¿Por qué estoy leyendo esto ahora? ¿Estoy prestando atención a lo que estoy leyendo? ¿Estoy pensando en lo que leo o simplemente paso la mirada por las palabras?

Tus decisiones forman tu vida y determinan tu destino. Toma el mando. Si no lo haces, eres solamente un espectador, viendo la vida pasar por tu lado.

Segundo nivel: No seas una marioneta, ni de la sociedad ni de tus decisiones pasadas

Una vez que comiences a tomar decisiones conscientes, evalúa las conjeturas que fundamentan tus elecciones. Asegúrate de ser independiente y no una marioneta de la sociedad o un producto de sus valores. No aceptes las conjeturas de la sociedad como propias hasta haberlas analizado y aprobado. Vive por ti mismo, no por la sociedad.

Más aún, evalúa tus decisiones pasadas, no quedes varado en decisiones que tomaste hace cinco o diez años. Comienza cada día desde cero. Una carrera particular que elegiste hace años en la escuela quizás ya no sea lo mejor para ti hoy. Asegúrate de guiar tus decisiones, y de no ser guiado por tus decisiones pasadas.

Tercer nivel: Advierte el conflicto cuerpo/alma.

El Talmud (Sanedrín 11b) dice que en el interior de toda persona hay una feroz batalla constante entre lo que quiere su alma y los deseos de su cuerpo. El tercer nivel del libre albedrío es concientizarse de este conflicto.

El despertador suena en la mañana y comienza la batalla: ¿saltas de la cama o acomodas la almohada mientras aprietas el botón para postergar la alarma?

A veces hasta nos escucharnos peleando. ¿Recuerdas la primera vez que hiciste ejercicio? Tu cuerpo grita: “¡Detente, esto te va a matar! Tu alma dice: “¡Continúa, puedes lograrlo! Esto no te va a matar, ¡te hace bien!”.

El alma quiere que ejercites; es saludable y es un objetivo noble. El cuerpo dice: “Déjame tranquilo, prefiero dormir”. El alma dice: “Deja de fumar, es malo para ti”. El cuerpo dice: “No puedo dejarlo. Prefiero fumar a enfrentar mis frustraciones. Además, ¿qué problema hay si muero un poco antes?”.

Esta es la batalla constante que vivimos. El cuerpo quiere estar cómodo, dormir y, sobre todo, morir. El alma quiere luchar por el sentido, hacer lo correcto, crecer, vivir vibrantemente con cada fibra de su ser.

Para ganar la batalla interior debes primero distinguir entre los deseos del cuerpo y las aspiraciones del alma. ¿Qué tiene ganas de hacer el cuerpo y qué es lo que el alma quiere lograr?

Haz una lista. ¿Qué quiere el cuerpo? Comodidad. Dormir. Indulgencia. Excusas.

¿Qué quiere el alma? Grandeza. Entendimiento. Sentido.

Una vez que analizas ambos lados con claridad, estás listo para tomar una decisión y elegir la vida por sobre la muerte. Esfuérzate y conviértete en un experto para distinguir la diferencia entre lo que desea tu alma y lo que tu cuerpo tiene ganas de hacer.

Cuarto nivel: Identifícate con tu alma, no con tu cuerpo

¿Quién eres tú en realidad, tu cuerpo o tu alma?

El cuerpo dice: “Tengo hambre”.

El alma dice: “Mi cuerpo necesita comida”.

El cuerpo dice: “Estoy cansado”.

El alma dice: “Mi cuerpo necesita dormir”.

El Midrash enseña: “Los rectos le hablan a su corazón, mientras que los malvados dejan que sus corazones les hablen” (Ester Rabá 10:3). La pregunta es: ¿Quién manda? ¿Quién decidirá lo que harás?

La paz interior se alcanza sólo identificándote con tu alma y disciplinando al cuerpo para que la siga como su guía. Utiliza tu libre albedrío para entrenar a tu cuerpo y persuadirlo para que atienda las necesidades del alma, tu verdadero ser.

Una vez que adviertes que no eres tu cuerpo, consigues un poco de distancia mental de los impulsos incesantes del mismo y comienzas a lidiar con ellos con mayor efectividad. “Mi cuerpo afirma que tiene hambre y que si no lo alimento se va a morir de inanición. ¿Es cierto? ¿Cuándo fue la última vez que comí?

Para controlar tu cuerpo, debes ser inteligente. Por ejemplo, ¿qué pasa cuando estás a dieta y alguien te ofrece una porción de una irresistible torta de chocolate? Tu primera reacción es: “No, no debería. Estoy en una dieta estricta”. Pero tu cuerpo trata de persuadirte: “Un poquito no te hará daño”. O, “Esta es la última porción de torta que comerás. Comenzarás la dieta mañana”.

El cuerpo no dice: “Olvida la dieta, está bien ser gordo”. Sabe que rechazarías ese argumento de inmediato. Entonces, te seduce consiguiendo que cedas un poco. Y luego, cuando ya probaste el primer bocado de “placer” y tu fuerza de voluntad se debilitó, te golpea con toda la fuerza. El iétzer hará es implacable. Si le ofreces un dedo, eventualmente tomará todo el brazo.

Para vencer a tu cuerpo, utiliza las mismas estrategias y derrota al iétzer hará con sus propias reglas. ¿Quieres comenzar una rutina de ejercicio? No le digas a tu cuerpo: “Desde ahora en adelante, todas las mañanas cincuenta flexiones”. Dile: “Sólo por cinco minutos, haremos ejercicio. Y luego comeremos torta”. ¿Quieres estudiar algo importante en lugar de matar el tiempo frente a la computadora?”. Dile a tu cuerpo: “Estudiemos durante diez minutos. Luego revisaremos los mensajes”. El cuerpo aceptará, ¡y luego podrás convencerlo para estudiar una hora!

A medida que vayas adquiriendo control sobre tu cuerpo, te será cada vez más fácil ganar esas batallas, y el cuerpo realmente aprenderá a apreciar lo que el alma quiere. Las primeras veces que hagas ejercicio tu cuerpo te dirá que eres un “maldito asesino”. Pero si sigues ejercitando, después de dos meses el cuerpo lo disfrutará tanto como el alma. El regocijo de un corredor es la paz interior del alma y el cuerpo trabajando en conjunto.

Quinto nivel: Haz de tu voluntad Su voluntad

El nivel más alto de libre albedrío es cuando trasciendes la batalla entre tu cuerpo y tu alma y sólo te haces una pregunta: ¿Cuál es la voluntad de Dios?

Cuando subyugas tu voluntad a la de Hashem, alcanzas la forma más elevada de vivir. Utilizas tu poder de elección para fundirte con el poder supremo del universo: la fuente infinita y trascendental de la existencia. Hacer que la voluntad de Dios sea tu voluntad es la forma más elevada de cumplir lo que nos ordena la Torá: “Elige la vida”.

Pésaj terminó, pero el desafío de ser verdaderamente libres es constante. Domina el poder de tu libre albedrío. No seas un zombi, toma decisiones activamente. No seas una marioneta de la sociedad ni de tus decisiones pasadas. Sé consciente del conflicto entre tu cuerpo y tu alma y luego identifícate con tu alma. Y al final, convierte la voluntad de Dios en tu propia voluntad.