La parashá Tetzavé termina con la construcción del Altar de oro, el Mizbéaj hazaav, sobre el cual se encendía, todas las mañanas y noches, el incienso o ketóret. La ubicación de esta sección llama la atención, dado que su lugar adecuado parecería ser cuatro capítulos antes, en la parashá Terumá, donde son explicados los detalles de todos los otros utensilios del Tabernáculo. ¿Por qué deja la Torá el Mizbéaj hazaav para el final de la parashá siguiente?

El encendido del incienso representa el más alto nivel de servicio a Hashem, es el pináculo que sólo puede venir después de que todo lo demás está en su lugar (1). La Torá insinúa el elevado estatus del incienso al describir al Altar de oro como “kódesh hakodashim hu le-Hashem”, ‘santísimo es para Hashem’ (Shemot 30:10), mientras que el Altar de cobre es sólo aludido como “santísimo es”.

El exaltado estatus del incienso se ve aumentado por el hecho de que el sentido principal involucrado en el ardido del incienso es el olfato. Como dice el Talmud: “Rav Zutra bar Toviva dijo en nombre de Rav: ¿de dónde se aprende que recitamos una bendición por una fragancia? Porque está escrito: ‘Que toda alma alabe a Dios’. ¿Qué es algo que el alma disfruta y el cuerpo no? Debes decir que es el placer del olfato” (Brajot 43b). El olfato es el sentido del alma.

El Maharshá explica que el olfato es más espiritual que los otros sentidos porque fue a través de la nariz de Adam que Hashem le insufló un alma a la humanidad, como dice: “Sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se volvió un ser viviente” (Bereshit 2:7).

Destruyendo el ego

Encontramos una halajá única respecto al Mizbéaj hazaav: a diferencia de los otros servicios del Beit hamikdash, el incienso puede ser ofrecido incluso si el altar fue desarraigado de su lugar (Ver Rambam, Hiljot Temidim umusafim 3:2 y Zevajim 59a). Entonces, incluso sin el Altar, uno todavía podría ofrendar en su lugar. En un nivel simbólico, todavía se puede acceder al poder del incienso aplicando este sacrificio a nuestra vida diaria.

El incienso, la ofrenda espiritual más sublime, representa trascender las limitaciones físicas y el sentido de identidad. Quemar el incienso es el sacrificio supremo, porque representa renunciar a la parte más importante, pero menos tangible, de uno mismo: el sentimiento de auto importancia. Simboliza trascender la visión subjetiva de lo que es importante y canalizar ese impulso hacia la realización de la voluntad de Dios. Emana del reconocimiento de que lo único significativo en la vida se alcanza por medio del sacrificio de los intereses personales para convertirse en un vehículo para expresar la voluntad eterna de Dios. Todo lo demás es, en realidad, trivial y pasajero. Así como el incienso se mezcla con el aire que lo rodea, tú también puedes ser uno con Dios trascendiendo tu sensación artificial de sentido e importancia y abrazando el significado y propósito de Hashem.

La manera de lograrlo

La forma de llegar a este nivel sublime es mediante la humildad.

La mayoría de las personas tienen un entendimiento erróneo de la humildad. Para ilustrar, imagina que entra a tu casa una persona que es el parangón de la humildad. ¿Cómo la imaginas? Mansa, un poco jorobada, retraída, alguien que se esconde en el fondo del cuarto, demasiado tímida como para hablar con alguien. Sin embargo, ¿quién fue la persona más humilde de todas? La Torá nos dice: “Moshé fue extremadamente humilde, más que cualquier otra persona sobre la tierra” (Bamidbar 12:3). ¿Puedes imaginar a Moshé Rabeinu entrando a tu casa? ¡Toda la casa temblaría! Fue el líder más poderoso y carismático de la historia judía, pero al mismo tiempo el paradigma de humildad. Claramente, nuestra idea de humildad es errónea.

Humildad no significa denigrar tus fortalezas y renegar tu grandeza interior. Significa reconocer que tus fortalezas y tu grandeza interior son un regalo de Hashem. Una persona arrogante cree que todo da vueltas alrededor de ella, y que todo es gracias a ella. Por ende, debe esforzarse mucho para mantener la fachada de que tiene “todo bajo control”, mientras que en su interior es consumida por la duda e inseguridad.

En contraste, la persona humilde advierte que Dios es lo único que importa y que todo proviene de Él. Se eleva por sobre las preocupaciones nimias y no le importa obtener la aprobación de los demás. Sólo le importa utilizar los regalos que Hashem le dio para resolver los problemas del mundo y hacer una diferencia real en la vida de las personas. La humildad, en realidad, genera carisma, porque al anular tu ego te apegas a Dios y te vuelves un conducto para Sus recursos ilimitados. Ningún problema es inmanejable si Dios está de tu lado.

Eres un alma, no un cuerpo

El Jovot halevavot enseña que la esencia de la humildad es vivir con la consciencia de que eres un alma, no un cuerpo. El iétzer hará, la ‘inclinación hacia el mal’, nos hace tropezar y hace que nos identifiquemos con nuestro lado físico y animal, que es una caldera de deseos ardientes y egocentrismo. Cuando vivimos con la consciencia de que somos un alma elevada que anhela significado y conexión con Hashem, obtenemos la claridad para realizar las elecciones correctas para crear una vida profundamente satisfactoria.

La batalla de la vida es la batalla por la cordura. Cuando seguimos los dictados del cuerpo, nos dañamos y creamos una existencia vacía de degradación y vergüenza. Cuando vivimos como un alma, accedemos al poder del sentido y el placer genuinos. Todos los días, identifícate con el alma, no con el cuerpo, recordando que tu cuerpo es una masa de huesos, carne y piel que algún día será enterrada y se desintegrará hasta desaparecer, mientras que tu alma es pura y emana de la Fuente Infinita de existencia, y anhela constantemente volver a su fuente eterna. Todo el dolor y exasperación que siente tu cuerpo, todas las sensaciones y los placeres físicos que vive, son efímeros y temporales. Tu alma es eterna y el crecimiento espiritual que logre en este mundo durará por siempre.

Al igual que el poder sublime del incienso para alcanzar alturas espirituales, el camino de la humildad nos permite conectarnos con el anhelo del alma de máximo significado.


Notas:

(1) Abarbanel declara que el incienso era el servicio más espiritual y sagrado de todos los realizados en el Templo.