Dios nos envía constantemente mensajes, mediante su Hashgajá pratit, su ‘providencia Divina’. Ahora, ¿qué necesitamos para entender sus mensajes con claridad? La saga de Iosef y sus hermanos nos da un entendimiento crucial para descifrar los mensajes que Dios nos envía.

Después de que los hermanos de Iosef lo acusaran de ser megalómano, con sueños extravagantes donde gobernaba sobre ellos, lo vendieron como esclavo. Iosef estuvo separado de su amado padre durante 22 años y, eventualmente, llegó a ser virrey de Egipto. Hubo una hambruna en la tierra que forzó a los hermanos a descender a Egipto para obtener alimento. Al verlos, Iosef ingenió un plan para hacerles entender que lo habían juzgado mal, y ayudarlos así a hacer teshuvá.

Los hermanos de Iosef eran hombres grandiosos, los futuros progenitores del pueblo judío; vivían con una conciencia constante de la presencia de Dios en sus vidas. Sabían que la vida no es simplemente una serie de eventos casuales, sino que todo lo que ocurre es orquestado por Dios y contiene un mensaje.

Pero, por alguna razón, sin importar los eventos que tanto Hashem como Iosef orquestaron, los diez hermanos nunca entendieron que los mensajes de los sueños de Iosef fueron realmente proféticos. Nunca se les ocurrió que lo habían juzgado mal cuando lo creyeron un usurpador que trataba de dejarlos fuera de los bnei Israel, los ‘hijos de Israel’.

Una serie de reconocimientos parciales

El primer reconocimiento que tuvieron de que habían hecho algo mal está registrado en la parashá Vaieshev, cuando Yehudá fue removido del poder: “Y sucedió en ese tiempo que Yehudá descendió de sus hermanos” (Bereshit 38:1). Rashi comenta: “¿Por qué fue esta sección ubicada aquí, interrumpiendo la sección que trata sobre Iosef? Para enseñarnos que los hermanos [de Yehudá] lo hicieron descender en su grandeza cuando vieron el dolor de su padre. Ellos dijeron: ‘Nos dijiste que lo vendiéramos. Si nos hubieses dicho que lo devolviéramos, te habríamos obedecido’”.

Sin embargo, no reconocieron que vender a Iosef fue un error, sino sólo que se equivocaron en causarle semejante dolor a su padre.

La segunda vez que reconocieron que se habían equivocado fue cuando fueron a Egipto a comprar alimento, después de que Dios trajo una hambruna a la región. “Y descendieron los hermanos de Iosef, diez de ellos, para comprar grano” (ibíd. 42:3). ¿Por qué se refiere la Torá a ellos como “los hermanos de Iosef” y no como “los hijos de Yaakov”? Rashi, basado en el Midrash (Bereshit Rabá 91:6), explica: “Se arrepintieron de venderlo y decidieron comportarse con él con hermandad y rescatarlo a cualquier precio que les pidieran”. Veintidós años después de vender a Iosef, entendieron el mensaje de Hashem: debían buscarlo y rescatarlo. El dolor que habían causado era demasiado grande, y ahora querían corregir su error.

En Egipto, fueron falsamente acusados de ser espías. Los diez hermanos fueron puestos en prisión durante tres días hasta que Iosef decidió retener sólo a Shimón, el hermano que lo había tirado al pozo, mientras que los otros volvieron con Yaakov. De nuevo, advirtieron que Hashem les estaba enviando un mensaje, y se preguntaron: “¿Por qué nos está ocurriendo esto? ¿Cuál es el mensaje?” La Torá dice: “Y cada uno dijo a su hermano: ciertamente somos culpables por nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no lo escuchamos, es por eso que vino esta angustia sobre nosotros” (ibíd. 42:21). Nueve de los hermanos dijeron que era su culpa por no haber tenido piedad por su hermano. Entendieron parte del mensaje. Reubén, el hermano mayor, fue un paso más allá y les dijo que se equivocaron en su juicio sobre Iosef. Pero ellos aún no habían unido todas las piezas del puzle: no advirtieron que Iosef estaba ante ellos.

Después de descubrir el dinero en cada una de sus bolsas, fueron falsamente acusados de nuevo, esta vez de robar. “Entonces se sobresaltó su corazón y cada uno se volteó estremecido hacia su hermano, diciendo: ‘¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?’” (ibíd. 42:28). Temieron, advirtieron que algo estaba ocurriendo, pero no pudieron unir las piezas.

Luego Iosef hizo algo que sólo alguien íntimamente familiar con los hijos de Yaakov hubiera podido hacer: los sentó alrededor de la mesa de acuerdo al orden de nacimiento. “Se sentaron frente a él, el primogénito conforme a su primogenitura y el menor conforme a su juventud. Los hombres se miraron, asombrados, uno a otro”. (ibíd. 43:33). ¿Qué probabilidades había de que los sentaran en el orden correcto? ¿Quién más podría haber sabido esta información, además de un miembro de la familia de Yaakov? ¿Qué tan obvio podía ser? ¡Pero los hermanos seguían sin imaginar que el virrey que tenían delante era su hermano Iosef!

Y, finalmente, a Biniamín le tendieron la trampa con la copa del virrey y fue tomado en cautiverio. Los hermanos, erróneamente, asumieron que era culpable, pero advirtieron que debían luchar por él. Al ver el compromiso hacia su hermano, Iosef ya no pudo ocultar su identidad y, finalmente, se reveló ante ellos: “Aní Iosef, ¿ha-od aví jai? ‘Soy Iosef, ¿mi padre aún vive?’”.

¿Por qué no entendieron el mensaje?

Los diez hermanos eran hombres grandiosos, que se esforzaban continuamente por entender el profundo significado detrás de la providencia Divina. ¿Por qué no entendieron lo que Dios les estaba diciendo? ¿Por qué no advirtieron que el virrey era nada menos que Iosef?

Si se hubieran hecho sólo una pregunta, hubiese sido imposible desconocer el mensaje. Esa pregunta era: ¿Es posible que los sueños de Iosef hayan sido verdaderamente proféticos? Si se hubieran hecho esa pregunta, habrían tenido que preguntarse: ‘Si los sueños fueron proféticos, y nosotros estábamos destinados a reverenciarnos ante Iosef, ¿podría ser que el hombre que, de alguna forma, supo el orden de nuestros nacimientos, el hombre ante el cual nos reverenciamos, tal cual describió el sueño de Iosef, fuera, en realidad, Iosef?’. De repente, todas las piezas habrían encajado, y ellos hubieran advertido lo mal que juzgaron a Iosef 22 años antes. Hubieran entendido que el virrey eligió dejar a Shimón tras las rejas porque fue quien había arrojado a Iosef al pozo y dicho a Leví: “¡Mira! ¡El soñador está viniendo!” (ibíd. 37:19). Hubiera explicado todas las falsas acusaciones que recibieron, así como la razón por la que estaban siendo forzados a defender a Biniamín.

Si hubieran, en algún momento, reconsiderado el juicio original que hicieron sobre Iosef y considerado la posibilidad de que no era realmente un usurpador, lo habrían reconocido de inmediato.

El error principal de los hermanos fue la falta de voluntad para reevaluar sus conjeturas fundamentales. Una vez que hicieron su juicio, 22 años antes, ese veredicto se volvió sacrosanto. Su opinión se volvió un inamovible pilar de verdad que sostenía todo un edificio de decisiones subsecuentes. No estuvieron preparados para desmantelar ese edificio, desafiando las conjeturas que lo sustentaban, y que los cegaba ante lo que era claramente obvio.

Reevalúa tus conjeturas

Si los hermanos de Iosef cayeron en la trampa de la necedad, entonces nosotros seguramente debemos tener la guardia en alto para evitar ser atrapados por la miopía. Por naturaleza humana, nos rehusamos a cuestionar los axiomas sobre los cuales está basada nuestra visión global y a escuchar mensajes que contradicen nuestras creencias.

Hay una vieja broma sobre un pueblo que recibe una amenaza de inundación:

Apenas comienza la tormenta, todos los habitantes huyen, a excepción de un hombre. Un soldado pasa con su jeep y le dice: “Amigo, ven. ¡Se avecina una inundación!”.

Está bien”, dice el hombre. “Confío en Dios, Él me salvará”. Meneando su cabeza, el soldado sigue su camino.

Poco tiempo después, el hombre está parado con el agua hasta la cintura, y un pesado camión anfibio tripulado por la Guardia Costera lo encuentra. “¡Suba a bordo!” le gritan. “¡El nivel del agua está ascendiendo!”.

Está bien”, los tranquiliza. “Estoy bien, confío en Dios. ¡Él me salvará!”.

El agua llega a la ventana de su segundo piso. Ya no hay camiones, sólo botes de emergencia buscando personas perdidas. El capitán de uno de ellos lo ve y grita: “¡Suba a bordo!”.

Pero el hombre se queda en su lugar. “No, gracias”, dice. “Confío en Dios. Él me salvará”.

El agua sube hasta su techo, forzándolo a trepar hasta el borde de su chimenea. Pasa un helicóptero, arrojando una soga. “¡Aférrese a la soga y deje que lo saquemos de aquí!”, grita el piloto.

No, no”, dice con calma el hombre. “Mi fe en Dios es absoluta. Él me salvará”.

El helicóptero sigue su curso y el agua engulle al hombre, ahogándolo. Después, el hombre llega al Cielo y se queja ante Dios: “¡Confié en Ti! ¿Por qué no me salvaste?”

¡De qué estás hablando, envié muchos mensajeros para salvarte!”, contesta Hashem. “Te envié un jeep, un camión anfibio, un bote y un helicóptero. ¿Qué más querías que hiciera?”.

El hombre estaba atrapado en sus ideas propias sobre el significado de ‘confiar en Dios’. Nunca consideró la posibilidad de que Dios quería que él se aferrara a la soga e hiciera su hishtadlut, su ‘esfuerzo’.

¿Cuándo fue la última vez que desafiaste tus conjeturas y realmente cuestionaste los fundamentos básicos de tu vida? Pregúntate: ¿Por qué estudio Torá? ¿Cuáles son mis objetivos? ¿Por qué estudio Torá de acuerdo a este dérej, a este enfoque? ¿Debería considerar un enfoque diferente? ¿Por qué trabajo profesionalmente? ¿Debería dedicar mi vida a trabajar por Klal Israel, por el pueblo judío? ¿Debería reprimir mis deseos de avanzar mi carrera y pasar más tiempo estudiando, enseñando Torá o con mi familia? ¿Cuánto dinero necesito, en realidad, cada año?

Probablemente descubriríamos ideas sorprendentes si nos saliéramos del molde para cuestionar nuestras conjeturas. No es fácil, sin embargo, con mucho coraje, una mente abierta y una gran objetividad, es posible. Pero si nos quedamos varados en nuestra forma de pensar, podemos perder de vista lo obvio que tenemos delante de nuestra nariz.

Al menos, deberíamos rezarle a Dios para que nos dé la claridad suficiente para entender sus mensajes y descubrir las conjeturas erróneas que pueden estar obstaculizando nuestra capacidad para escuchar lo que Él está tratando de decirnos.

Dios nos está hablando. Quiere que entendamos sus mensajes. A veces son muy obvios, pero debemos descubrirlos por nosotros mismos. Al final, los hermanos no descubrieron el mensaje ellos mismos, y Iosef tuvo que revelarse. Dios está tratando de llamar nuestra atención. Si permanecemos distraídos, se ve obligado a enviarnos llamadas de atención cada vez más fuertes. Aceptemos la providencia de Hashem, reconsideremos nuestras conjeturas y abramos nuestra mente para ver Su mano guiadora e internalizar el mensaje que nos está enviando.