La parashá de esta semana sigue hablando sobre la avodá en el Mishkán, el ‘servicio’ de los Kohanim en el Tabernáculo. La avodá involucra muchos detalles, pero, si echamos un vistazo general, un tema importante emerge que nos brinda una enseñanza crucial sobre cómo una persona crece y cambia.

La avodá en el Mishkán, y posteriormente en el Beit Hamikdash, consistía de una rutina diaria claramente definida. Por ejemplo, cada día, el servicio comenzaba con trumat hadeshen, la remoción de la ceniza de los sacrificios del día anterior. Los Kohanim también ponían madera en el Altar todos los días, para asegurar que el fuego ardiera constantemente, y el primer y último sacrificio ofrecido a diario era el Korbán Tamid.

Las actividades en el Beit Hamikdash, el epicentro espiritual del mundo, seguían un programa de actividades diarias que jamás cambiaba. La Torá nos muestra que el crecimiento genuino y sustentado no es consecuencia de momentos de gran inspiración, sino de acciones constantes, consistentes y continuas, que requieren un compromiso y una persistencia inquebrantables.

¿Cómo logramos que nuestras acciones sean constantes, consistentes y continuas?

1. Constancia

Imagina que está atascado en el tráfico y el conductor del auto de al lado abre su ventana y comienza a arrojar dinero hacia afuera. Un minuto después, con el tráfico avanzando a paso de tortuga, arroja otro billete. ¡No puedes creerlo! ¡Cada minuto que estás varado en el tráfico otro billete vuela por la ventana!

Increíble, ¿no? Quizás nunca viste algo así, y quizás nunca lo veas. Pero, ¿qué tan a menudo arrojamos un minuto por la ventana, soñando despiertos sin pensar nada en particular? Y luego otro minuto, y otro… simplemente matando el tiempo. Calcula la cantidad de minutos que desperdiciamos en cualquier semana, y luego súmalos. Estamos tirando por la ventana tiempo, que vale mucho más que dinero.

Vivir en serio significa utilizar la mente en todo momento. En lo que sea que estés haciendo, en cualquier instancia (mirando las noticias, cerrando un trato comercial, hablándole a un amigo, leyendo este artículo), presta toda tu atención. Decide que estás dispuesto a realizar el esfuerzo de pensar, de estar consciente, todo el día.

La vida es valiosa. Úsala, no mates el tiempo.

2. Consistencia

La consistencia es la clave para el crecimiento espiritual y el estudio de Torá. Así como los niños necesitan una estructura para prosperar, incluso si gritan y lloran a la hora de ir a dormir, nuestro iétzer hará se comporta mejor cuando le das estructura y una rutina constante. Si no lo haces, estallará con un gran berrinche, haciendo imposible que te enfoques en la mitzvá a mano.

Entonces, elige tu objetivo y comprométete a realizar actividades diarias para alcanzarlo; a la misma hora, en el mismo lugar y de la misma forma, tanto como sea razonablemente posible.

Por ejemplo, supón que tu objetivo es estudiar todo el Talmud. Separa un tiempo para estudiar, preferentemente con una jabruta (un compañero de estudio) y haz que ese tiempo sea “sagrado”; más allá de todo, con lluvia o con sol, enfermo o sano, preséntate y estudia en ese momento. Ese es el poder del compromiso. Insistir con ahínco, un día tras otro, es lo que pavimenta el camino hacia el cambio.

3. Continuidad

Siempre que persigas un objetivo específico, esfuérzate para hacerlo sin interrupción. Estudiar durante una hora de corrido es más efectivo que estudiar durante dos horas con interrupciones. Las interrupciones rompen tu línea de pensamiento y limitan tu capacidad para retener información. No puedes hacer hervir una olla si la sacas constantemente del fuego. Si lo haces, debes comenzar a calentarla desde cero.

Este agudo enfoque es muy difícil de entender para la generación actual, que tiene déficit de atención y realiza tareas múltiples. Concentrarse durante veinte minutos sin interrupciones (sin email, sin llamadas telefónicas, sin levantarse para buscar una bebida) requiere un esfuerzo real. Pero es esencial. Intenta hacerlo tan sólo una vez. Separa un tiempo en el que bloqueas todo lo demás, donde no abandonas la actividad en la que te enfocas. ¡No te pasará nada grave!

Puedes practicar esto en el autobús o esperando en el consultorio del dentista. Pon una meta de quince minutos y enfócate exclusivamente en un tema. Puede ser un problema que tienes en el trabajo, un objetivo personal, o el estudio de un texto. Poco a poco, aumenta tu tiempo. Primero quince minutos, luego treinta minutos, luego una hora, luego dos horas. Cuando llegues a cuatro horas, estarás volando.

El Gaón de Vilna, el grandioso erudito judío del siglo XVIII, dijo que las primeras tres horas y 59 minutos son “sólo para calentar el horno”. En la cuarta hora, la olla ya está hirviendo.

Rabí Akiva y el fuego de la Torá

La Ieshivá Aish HaTorá fue fundada bajo la idea de que el cambio duradero se logra mediante la repetición persistente. Avot deRabí Natán (6:2) relata que Rabí Akiva era un absoluto ignorante, que no supo el alef-bet hasta los cuarenta años. ¿Qué cosa cambió a Rabí Akiva y lo ayudó a convertirse en uno de los sabios más grandiosos de la historia del pueblo judío?

Avot deRabí Natán nos dice que Rabí Akiva se bañaba siempre en una misma cascada, y que un día advirtió una roca con un agujero que la atravesaba. Observó más detenidamente para ver qué había causado el agujero, y notó que un goteo constante caía exactamente donde estaba el hueco. Al ver esto, realizó la siguiente analogía: si el agua, que es blanda, puede hacer un agujero en una roca, que es dura, entonces mucho más la Torá, que es fuego, puede hacer un agujero en el corazón de un hombre, que es blando. Esta idea lo motivó a estudiar, hasta que eventualmente se convirtió en el grandioso Rabí Akiva, maestro de 24.000 estudiantes.

¿Qué fue lo que vio Rabí Akiva en la roca que cambió tan dramáticamente la dirección de su vida?

Si le preguntas a alguien que ve el agua goteando sobre una roca si una gota en particular hizo alguna diferencia, la respuesta seguramente sería que no, porque, para el ojo desnudo, la diferencia es invisible. Pero, el hecho de que haya un hoyo en la roca, implica que cada gota hizo su parte.

Rabí Akiva, al igual que todos nosotros, ansiaba grandeza en Torá. Pero abandonó la esperanza de convertirse en un sabio de Torá porque no veía que su estudio lo estuviera cambiando. La roca le mostró que estaba equivocado, y que cada palabra de Torá que estudiaba debía estar afectándolo. Sólo lleva tiempo y paciencia hasta ver la transformación.

Más aún, las gotas de agua hicieron un agujero en la roca sólo gracias a haber caído, una y otra vez, exactamente en el mismo lugar. Este punto es la base de todo el judaísmo. Cada día decimos las mismas brajot y tefilot, y hacemos las mismas mitzvot diarias. Es por medio de la repetición persistente que cambiamos y crecemos, absorbiendo continuamente los conceptos y las aspiraciones del alma.

Al estudiar Torá debemos recordar siempre que es imposible que el corazón finito del hombre haga contacto con la palabra infinita de Dios y no cambie; sólo lleva tiempo para que el cambio se manifieste. Quienes internalizan ese mensaje dentro de su corazón, tienen la capacidad para sentarse y estudiar, porque saben que vale la pena; saben que están cambiando.

Nuestra generación, más que ninguna otra en la historia judía, es desafiada por los problemas de la impaciencia y la indisciplina. ¿Por qué? Porque nuestra generación vive en la era de la post tecnología, y la tecnología, a pesar de sus logros, nos ha entrenado a todos a esperar resultados inmediatos en todo lo que hacemos. La tecnología tiene la capacidad para acelerar dramáticamente todos los procesos físicos, desde la preparación de alimentos hasta la comunicación con nuestros parientes en el exterior. Pero, el crecimiento espiritual, la adquisición de Torá, el refinamiento de nuestras midot (rasgos de personalidad) y nuestra relación con Hashem, todos requieren paciencia y disciplina.

A propósito, la cita de Avot deRabí Natán fue la inspiración detrás del nombre Aish HaTorá, el ‘Fuego de la Torá’. Y el mensaje del Midrash es la base de una educación de Torá, porque sin entender la necesidad de la perseverancia y consistencia, uno puede equivocadamente renunciar a la idea de ser grandioso en el estudio, tal cual hizo Rabí Akiva en sus comienzos, y ser eternamente ignorante de la belleza y la profundidad de la Torá.

Entonces, siempre que veas el nombre Aish HaTorá, recuerda el mensaje de la roca: la grandeza en Torá está garantizada, siempre y cuando no permitas que el agua deje de gotear, de a una palabra por vez.