Y Hashem llamó a Moshé…” (Vaikrá 1:1).

Rashi explica que la palabra Vaikrá es una expresión de afecto. Hashem no sólo habló con Moshé, sino que hizo con él un contacto directo e íntimo. No así fue la forma en que Hashem les habló a los profetas no judíos, en donde el verbo usado para describir la comunicación es vaikar. Vaikar —sin la letra alef al final— implica un encuentro casual, una forma inferior de comunicación.

La palabra Vaikrá que se encuentra al comienzo de esta parashá se encuentra escrita con la letra alef en un tamaño más pequeño. El Báal Haturim explica que Moshé lo escribió así debido a su humildad, porque él quería minimizar la manifestación pública del aprecio de Hashem por él que manifestaba la palabra vaikrá. Empequeñecer la alef no cambia el significado de la palabra, pero a primera vista la palabra pareciera connotar la relación inferior que implica vaikar, sin la alef.

Moshé fue el profeta más grandioso de la historia, y también el paradigma de humildad. Era consciente de su grandeza, pero también era cuidadoso de no hacer alarde de esta.

La esencia de la humildad es reconocer que todas tus fortalezas, tu estudio de Torá, tus bendiciones e incluso tus esfuerzos, son todos regalos de Hashem.

El Dios extraño en nuestro interior

Nosotros equivocadamente le atribuimos nuestros logros a nuestra propia capacidad, en lugar de reconocer que son regalos de Hashem. El Talmud (Shabat 105b) explica que el versículo “no habrá un dios extraño en ti” (Tehilim 81:10) se refiere al iétzer hará, la inclinación hacia el mal, que nos tienta constantemente a creer que nuestros poderes son la causa de nuestros éxitos, en lugar de atribuirle esos éxitos a Hashem. Como dice el versículo: “Y dirás en tu corazón: ‘Mi fortaleza y el poder de mi mano hicieron para mí esta riqueza” (Devarim 8:17). En otras palabras, yo logré esto. El siguiente chiste ilustra esta debilidad humana:

Un multimillonario realiza una mala inversión que acaba con su fortuna. Toma sus últimos $10.000 dólares, va a un hipódromo, y elige un caballo llamado Danzador que paga 1.000 a 1. Piensa que, si gana, volverá a ser millonario, mientras que si pierde, de todas formas ya está en la ruina, por lo que no tiene nada para perder.

La carrera está a punto de comenzar y comienza a rezar fervientemente: “Dios, las probabilidades son 1,000 a 1. ¡Por favor haz que este caballo corra!”. Salen, y su caballo efectivamente corre. “Dios, por favor, ¡haz que se adelante en el pelotón!”. El caballo se adelanta en el pelotón. “Dios, ¡haz que llegue a la punta, por favor, por favor!”. Danzador lleva la delantera por una nariz. “Gracias, Dios, ¡por favor mantenlo en la punta!”. El caballo lleva la delantera por un cuerpo. “Por favor, por favor, ¡haz que siga así!”. Lleva cinco cuerpos y, entrando a la recta final, dice: “Ok Dios, a partir de aquí yo me hago cargo. ¡Vamos Danzador!”.

Cuando estamos recién comenzando, abrumados por los desafíos que nos esperan, naturalmente le pedimos a Hashem guía y ayuda. Pero una vez que lo logramos, olvidamos con gran facilidad el rol de Hashem al guiarnos en cada paso, concluyendo equivocadamente que nuestro éxito fue resultado exclusivo de nuestra capacidad y esfuerzo.

Tampoco podemos atribuirnos mérito por nuestros logros espirituales, incluso cuando requieren auto sacrificio. Todo lo que logramos es un regalo de Hashem. Nuestros esfuerzos y auto sacrificio hacen posible que Hashem bendiga nuestros esfuerzos. Como enseña el Talmud: “El iétzer hará de una persona la ataca todos los días, y quiere matarla… y si no fuera por la ayuda de Hashem, no podría soportarlo” (Kidushín 30b). Incluso nuestra capacidad para enfrentar al iétzer hará es un regalo de Dios. Nuestro valor está en el privilegio de que Hashem nos haya elegido para que cumplamos Su voluntad.

Creer en nuestro poder nos empequeñece

Nos atribuimos mérito por nuestros logros para sentirnos importantes, pero al hacerlo, en lugar de engrandecernos, nos empequeñecemos. Por ejemplo, si alguien te preguntara si puedes recitar el Shemá dos veces al día o decir Birkat Hamazón después de comer pan, responderías: “Por supuesto que puedo”.

Si alguien te preguntara si puedes aprender toda la Torá de memoria, o pensar en Hashem cada segundo de tu día, quizás dirías que no.

¿Qué respuesta es más precisa? ¿Cuándo dices “puedo recitar el Shemá” o cuando dices “no puedo saber toda la Torá de memoria”?

La verdad es que no puedes aprender toda la Torá de memoria, porque en realidad ni siquiera puedes levantar un dedo sin la ayuda de Hashem. Pero esa no es la razón para responder que no podemos hacerlo. Si esa fuera la razón, ¡entonces hubiésemos respondido que sin la ayuda de Hashem tampoco podemos decir el Shemá ni Birkat Hamazón! Decimos que no podemos saber toda la Torá porque creemos que no tenemos ni la inteligencia ni la capacidad.

Confiamos sólo en nuestro propio poder, creyendo en nuestro interior que es nuestro poder el que nos permite lograr cosas. Pero si nos diéramos cuenta de que Hashem es el único poder, que en realidad no podemos hacer nada sin Él, ni siquiera decir el Shemá, entonces creeríamos que tal como Hashem nos da la capacidad para decir el Shemá, así mismo nos dará la capacidad para saber toda la Torá si lo deseamos lo suficiente. Si Hashem quiere que ocurra porque es consistente con Su voluntad, entonces ocurrirá… si tan sólo le mostramos que estamos haciendo todo lo necesario para tener éxito.

Por lo tanto, atribuirnos el mérito por nuestros logros no nos engrandece, sino que limita lo que creemos que es alcanzable. Pensar que todo depende de nosotros nos pone en el limitado e inseguro mundo de nuestros recursos. Pero cuando nos damos cuenta que todo lo que ocurre viene de Hashem, podemos trascender nuestras limitaciones y conectarnos con Su ilimitado poder.

Decir “no puedo” es una forma de idolatría, porque implica que confías en tu propio poder, y no en el de Hashem.

Haz el esfuerzo

Al describir la construcción del Mishkán y sus vasijas, el pasuk dice: “Moshé reunió a Betzalel, a Oholiav y a todo hombre de corazón sabio, a quien Hashem le dio sabiduría en su corazón, a todo quien su corazón lo inspiró para acercarse a la melajá, para hacerla” (Shemot 26:2).

El Jafetz Jaim (Torat Habait, cap. 7) señala que el deseo de Betzalel de cumplir la voluntad de Hashem fue el catalizador inicial para que Hashem le diera la capacidad para construir las vasijas del Mishkán. Este principio aplica a también a todos nuestros emprendimientos. Nuestra tarea es fomentar en nuestro interior el deseo de hacer la voluntad de Hashem. Luego, Hashem nos da la oportunidad y la capacidad para alcanzar nuestro objetivo.

Mi tátara abuelo fue el Slonimer Rebe. Después de abrir la primera yeshivá para baalei teshuvá, conocí en una simjá a muchos de mis primos israelíes, jasídicos de Slonimer, quienes me dijeron: “Los grandes rebes de Europa se enorgullecían tanto por traer un judío de regreso a la Torá, que ponían ese logro en sus tumbas. Rav Nóaj, recordamos cuando viniste por primera vez a Éretz Israel y usabas un traje de color suave. ¿Cómo es posible que hayas hecho tales cantidades de baalei teshuvá?”.

Les respondí con el siguiente ejemplo.

Cuando caminas por las calles de Jerusalem, no es extraño ver grandes grúas levantando muchas toneladas de materiales y depositándolas en el lugar correcto. Siempre hay una persona parada en el lugar, que pone sus manos bajo la carga para asegurar que se apoye en el punto indicado. Un tonto, al ver a este hombre, pensaría que es más fuerte que Sansón, porque está sosteniendo muchas toneladas sólo con sus manos. Sin embargo, un hombre sabio daría un paso atrás y vería la imagen completa: es la grúa la que transporta la carga; el hombre debajo sólo la guía hasta su lugar.

De la misma forma, los profetas enseñan que en Ikveta deMeshija, en el Final de los Días que llevan a la llegada del Mesías, el pueblo judío hará teshuvá y volverá a Hashem y a su Torá (Amos 8:11). Hashem está moviendo la grúa y elevando la carga de la nación. Lo único que tenemos que hacer es elevar nuestras manos y hacer el esfuerzo mínimo para guiar a quienes vuelven al lugar indicado. Al hacerlo, Dios nos da el crédito como si hubiéramos traído esas almas por cuenta propia, como dice la Mishná: “Todos los que se esfuerzan por la comunidad, deben hacerlo por el bien del Cielo, porque entonces el mérito de los antepasados los ayuda y su rectitud perdura por siempre. Y [a] ustedes, Yo [Dios] les daré una gran recompensa como si lo hubieran hecho [solos] (Avot 2:2).