Moisés le pidió a los judíos que donaran oro, plata y cobre para la construcción del tabernáculo. Al parecer, el más valioso y precioso de los metales era el oro, segundo la plata, y el más abundante y menos valioso era el cobre. Pero cada uno de estos tres metales se utilizaron para fines totalmente distintos en la construcción del Tabernáculo.

"El oro se utilizó para la obra santa... la plata para los zócalos del Santuario... el cobre para los zócalos del patio..." (Éxodo 38:24-31)


Una Lección de Vida

Oro, plata y cobre, todos servían con diferentes propósitos en la construcción del Tabernáculo. De hecho, cada metal dependía realmente de los otros metales para cumplir su propósito. Por ejemplo, el oro fue utilizado para construir el arca que albergaba la Torá, pero el arca necesitaba un patio a su alrededor que la protegía – y para construir ese patio se necesitaba la plata y el cobre.

Todos y cada uno de nosotros, en algún nivel, queremos cambiar el mundo. Sin embargo, a veces nos parece que en comparación a los demás, nuestras contribuciones no son tan importantes. ¡Pero lo contrario es cierto! El hecho de que una persona logre hacer su parte, casi siempre depende de que otras personas también hagan su parte. Por lo tanto, todos debemos contribuir de la manera en que Dios nos dio la oportunidad de hacerlo. Si no lo hacemos, literalmente, los demás no pueden hacer su parte.

A veces dudamos de si realmente tenemos lo que se necesita para marcar una diferencia, y cuestionamos aún más esto si comparamos nuestros talentos y recursos con otras personas que si están marcando una diferencia. Pero esto es sólo la mitad de la historia.

En cada proyecto que se termina hay muchas personas involucradas además de aquellos que están "al frente o al centro" del proyecto. Puede ser la persona que tuvo la visión inicial del proyecto, los que trabajaron en los detalles, o tal vez fue el que rescató el proyecto después de que el entusiasmo inicial se desvaneció. La conclusión es que todas estas personas hicieron que el proyecto tuviera éxito. Pero, de nuevo, todos dependían de que alguien más hiciera su parte, o si no, literalmente no habría lugar para su contribución.

Piensa en esto. ¿A quién le podría dar su dinero un filántropo si no hubiera alguien con ideas nuevas y emocionantes?

No cometas el error de pensar que tu contribución no va a marcar la diferencia. Al igual que en los días del tabernáculo, tu tienes la obligación de contribuir de acuerdo a tu capacidad. Ya sea que Dios te haya dado oro, plata o cobre, estás obligado a dar lo que puedas. Y recuerda, el que dona oro sólo puede hacerlo si el que tiene cobre dona también. Por lo tanto, no importa que metal tengas - si es tu dinero, tu tiempo, o tu ayuda - alégrate al saber que no sólo estás dando en la medida exacta en que Dios quiere que des, sino que estás sentando las bases para permitir que otros puedan dar también.