La noche de Tishá B’Av nos sentamos en el suelo y leemos el Libro de las Lamentaciones. Cantamos con una voz melancólica: “Ay, ella se sienta en soledad. La ciudad que estuvo tan llena de gente se ha vuelto como una viuda. Llora amargamente por la noche y sus lágrimas están en sus mejillas”.

Lloramos por nuestro Templo que fue destruido. Recordamos a la alguna vez dorada Jerusalem, que ahora se encuentra abandonada en la oscuridad. Las calles de la ciudad están rojas con ríos de sangre. El Libro de las Lamentaciones describe a una gloriosa nación que es exiliada mientras los fuegos de la destrucción llenan el aire. Lloramos “por el Monte Sión que se encuentra desolado, los zorros merodean sobre él”.

En Tishá B’Av se nos pide recordar la destrucción de nuestro Sagrado Templo, que ocurrió hace aproximadamente 2.000 años. Este es nuestro día de duelo nacional. Pero es difícil sentir la pérdida de un Templo que nunca vimos con nuestros propios ojos. ¿Podemos sentir el dolor del exilio hoy en día?

Cuando recuperamos el Kotel en la guerra del 67 —la Guerra de los Seis Días— los soldados israelíes abrazaron las piedras con lágrimas en sus mejillas. Fue un momento indescriptible. Pero dos soldados se quedaron atrás, sintiéndose distanciados en cierta forma. Ellos no habían crecido con una conexión o con un entendimiento de lo que representaba el Kotel. De repente, uno de los soldados comenzó a sollozar.

“¿Por qué lloras?”, le preguntó su amigo.

“Lloro por no sentir deseos de llorar”.

La aflicción nos ha eludido. Pero hoy es diferente.

Muchos de nosotros no sentimos la necesidad de llorar por la destrucción de nuestro Templo en Jerusalem. No nos relacionamos con la devastación, la tristeza y el dolor del exilio. A pesar de que hemos escuchado sobre las tragedias que han ocurrido en Tishá B’Av a lo largo de nuestra historia, la aflicción nos ha eludido.

Pero hoy es diferente.

Han sido tiempos difíciles para nuestra nación. Nos hemos enfrentado a misiles que caen sobre nuestros hermanos al tiempo que el sonido de la sirena perfora el ambiente. Hemos perdido valientes soldados que han sacrificado sus vidas, y sus madres, padres, hermanos y jóvenes viudas e hijos lloran sobre sus tumbas. Hemos visto secuestros y atentados. Hemos descubierto sofisticadas redes de túneles cavadas bajo el suelo para matar inocentes, mientras el mundo hace oídos sordos ante nuestro sufrimiento. El antisemitismo ha mostrado su fea cara alrededor del orbe. Fragmentos de cristales rotos cubren las calles de París, cánticos de “Yiddishe shvein”, “judíos cerdos”, son gritados nuevamente en Berlín, y recuerdo las historias de mi infancia que mis padres y abuelos me relataron tantos años atrás. “Judíos, el fin está cerca”, dice un graffiti en Roma. Somos amenazados, nos dicen que volvamos a los hornos, o que nos vayamos al mar. Y mientras el mundo nos llama nazis, luchamos por la supervivencia misma de la nación judía.

Ella no tiene consuelo de todos sus amantes; todos sus amigos la han traicionado, se han vuelto sus enemigos… y ellos dicen: ¡La hemos devorado! De hecho, este es el día por el que tanto esperamos, ¡realmente la hemos visto!” (Libro de las Lamentaciones).

La angustia del exilio

Estar de duelo por nuestro Templo significa que sentimos la soledad y el dolor de ser judíos en el mundo moderno. Hemos sido desparramados por las cuatro esquinas de la Tierra y hemos sido exiliados. Y a pesar de que nos hemos asentado en nuestros países, que hemos construido hogares y negocios, que hemos creado sinagogas y escuelas, todavía seguimos si tener un hogar espiritual. Nos falta el Beit Hamikdash, el ‘Templo Sagrado’ en el cual la presencia de Dios era vista y se manifestaba con claridad para que el mundo entero fuera testigo.

En la época del Templo, había profetas que caminaban por las calles de Israel. Experimentábamos milagros. Los judíos se reunían en Jerusalem, celebraban las festividades y se reconectaban espiritualmente. Las naciones del mundo reconocían nuestra clara relación con Dios. Cada vez que ingresábamos a aquel sagrado lugar, sabíamos que estábamos en el hogar de Dios. Cada piedra le hablaba a nuestras almas. Encontrábamos santidad. El Monte del Templo era el canal por medio del cual las plegarias de todos los rincones del mundo ascendían. Había una emoción tangible del cielo uniéndose a la tierra a pesar de las limitaciones físicas. Nos sentíamos protegidos; protegidos por nuestro padre.

Y a pesar de que hoy en día tenemos la bendición de tener nuestra tierra y de poder acariciar el Kotel, un remanente sagrado de nuestro Templo en Jerusalem, aún estamos experimentando el trauma del exilio judío. A menos que nos tomemos el tiempo para reflexionar en que no podemos percibir el obvio plan de Dios ni sentir su eterno amor. Nos falla la visión y no podemos ver con claridad. Tenemos miedo. Nos sentimos vulnerables. A pesar de que somos parte del mundo, hemos sido catalogados como “sionistas” y “judíos”, aislados y embargados.

Toma la tristeza y utilízala como un catalizador para construir.

En Tishá B’Av fuimos expulsados del hogar de nuestro Padre. No sólo estamos de duelo por el Templo Sagrado, sino que estamos de duelo por nosotros mismos, por nuestra gente, por nuestra poderosa conexión con todo lo que era sagrado y ahora se ha perdido. Si queremos experimentar un verdadero Tishá B’Av, debemos comenzar por comprender la tragedia del exilio que nos ha distanciado de Dios hasta hoy en día.

Restauración

Una vez que comprendemos el verdadero significado de Tishá B’Av podemos comenzar nuestro camino hacia la restauración. El objetivo del día no es revolcarnos en dolor sin sentido o melancolía. El judaísmo nos guía para vivir siempre con un sentido de propósito. Toma la tristeza y utilízala como un catalizador para construir. Reemplaza las emociones destructivas con emociones constructivas. Este día nos traerá la oportunidad de utilizar todo nuestro potencial espiritual.

¿Qué podemos hacer?

1. Amor sin límites

Durante la época del Segundo Templo, nuestra fortaleza radicaba en nuestra unidad. Cuando caímos en las disputas mezquinas, los chismes maliciosos y las animosidades, perdimos nuestra protección divina. El Jafetz Jaim escribe: “Si estos pecados tuvieron el poder de causar que un edificio fuera destruido, entonces claramente su continua presencia entre el pueblo judío va a evitar que el Templo sea reconstruido. No tenemos elección sino fortalecer nuestros esfuerzos para corregir este pecado… ¿cuánto tiempo más vamos a seguir en exilio?”.

No dejes que el tiempo pase. Si alguien que conoces está sufriendo, imagina cómo debe ser vivir en sus zapatos. Pregúntate: ¿qué puedo hacer para que esté mejor? Incluso una llamada diaria, una tarjeta para dar ánimo, una oferta de hacer un mandado por él podría aliviarle la carga. No subestimes el poder de uno. Tal como una palabra dolorosa puede destruir, todo lo que se requiere es una palabra amable para reconstruir. Deja de esparcir chismes, de ser sarcástico con la gente o de pelear sin razón. Siente el dolor de nuestros hermanos y hermanas en Israel. Reza diariamente por nuestros soldados. Pídele a Dios que cuide a nuestros pequeños. Debemos mostrarle a Dios que nuevamente somos Sus hijos unidos.

2. Conexión espiritual

A pesar de que nuestro Templo fue destruido, nuestra conexión con Dios ha sobrevivido el paso de los siglos por medio del estudio de la Torá. Hemos sobrevivido inquisiciones, pogromos, cruzadas y holocaustos porque nos mantuvimos siendo judíos fieles. Hoy en día, muchos de nosotros hemos crecido desconectados espiritualmente. E incluso si tenemos el conocimiento, por lo general la pasión por el judaísmo se ha perdido. Recupera la alegría de las mitzvot y comienza la reconstrucción espiritual que se requiere para que reconstruyamos nuestra nación. Dios nos ha dado el regalo de la Torá para que sin importar dónde estemos, podamos restaurar nuestras almas. Esta es nuestra esperanza para el futuro; la llave para terminar con nuestro exilio.

3. Estar de duelo por Jerusalem

¿Realmente sentimos el vacío que ha traído el exilio? ¿Alguna vez nos detenemos a pensar sobre la destrucción del hogar de Dios? Cuando nos paramos bajo la jupá, rompemos una copa de vidrio para recordar a Jerusalem. Cuando construimos o renovamos una casa, dejamos una pequeña área sin finalizar para recordar la destrucción del Templo. En nuestro mayores momentos de felicidad, tenemos la obligación de recordar que nuestra felicidad es incompleta. ¿Cómo podemos celebrar una casa cuando el hogar de Dios ha sido incendiado?

Tomémonos un momento y vivamos el duelo. Recordemos el Templo que alguna vez exhibió toda su gloria. Busca en lo profundo de ser y anhela la conexión divina que nos protegía. Derrama una lágrima por nuestra nación y por todo lo que hemos perdido.